Virginia Woolf en la National Portrait Gallery

Juan Ángel Juristo / Madrid
Comisariada por el historiador de arte Frances Spalding, la National Portrait Gallery tiene previsto inaugurar una exposición consagrada a Virginia Woolf. El título, ‘Virginia Woolf: Art ,Life and Vision, dice exactamente lo que el visitante se encontrará: raro material en ocasiones de retratos de la Woolf, realizados por sus amigos de Bloomsbury, su hermana Vanessa Bell y Roger Fry, fotografías de Beresford y Man Ray, fotos con amigos, como esa impagable con un no ya tan joven Eliot, cartas, como la última que dirigió a su hermana antes de suicidarse, en fin, diarios, primeras ediciones de sus libros. Hay también un dibujo de Picasso, ‘Mujer que llora’, en homenaje a la Guerra Civil española. La muestra se abrirá al público el próximo 10 de julio y se supone que será uno de los atractivos veraniegos de la capital británica.
 
Permanecerá abierta hasta octubre y entre los objetos más destacados, parece que el suicidio de Virginia Woolf sigue causando cierta expectación en el Reino Unido se halla la misiva a Vanessa Bell pocos días antes de que se arrojara al río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Fue el 28 de marzo de 1941. Al parecer tenía un miedo monstruoso a ser apresada por los nazis, su casa de Londres fue destruida en un bombardeo y su biografía sobre Roger Fry pasó sin pena ni gloria, y esa ansiedad fue el detonante de que su enfermedad depresiva, que padecía desde los 13 años, se enseñoreara de ella. El relato que Leonard Woolf hace en sus memorias de aquellos días es conmovedor, así como la carta que Virginia le dirigió antes de suicidarse: una de las más bellas y medidas y justas declaraciones de amor que me haya sido dado leer. Esta carta no se exhibe. El final, no me resisto a transcribirlo en parte. Dice así: “ Quiero decirlo, todo el mundo lo sabe. Si alguien podría haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido salvo la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas hayan sido tan felices que lo que hemos sido tú y yo”.

En realidad el material que la National Portrait Gallery muestra no es sorprendente, pues la obra y la figura de Virginia Woolf son tan emblemáticas de la literatura inglesa desde los años setenta, en que comenzó a ponerse de moda, debido a la publicación de ‘Una habitación propia’, emblema feminista, han sido tan estudiadas en miles de volúmenes que lo que el espectador a ver adquiere todo el aire de lo déja vu sin que verdaderamente lo haya visto expuesto como ahora, pero sí en imágenes repetidas en libros y libros, fotos contempladas hasta el marasmo, primeras ediciones que pocos pueden permitirse el lujo de comprar. Da igual, no hay público más fiel con sus gentes famosas que los británicos, quizá porque mantienen un loco equilibrio, y mezcla, entre excentricidad y convencionalismo.

No es sorprendente, desde luego, pero sí el que se haya tardado tanto en que una institución así rinda homenaje a una figura tan emblemática, a no ser que sobre todo mire de soslayo al turista porque saben que Virginia Woolf es famosa tanto en las islas como en el resto del mundo, ese que tiene tierra firme y continentes. Por tanto el visitante reconocerá, con eso se juega, los retratos del escocés Duncan Grant, también los de su hermana Vanessa, desde luego Roger Fry, los de Bloomsbury, y también las fotografías que hemos visto reproducidas una y otra vez, aunque algunas sorprendan en su excelencia, como esa en que posan un T.S.Eliot, dueño ya de la fama que le otorgó ‘The Waste Land’, y factotum ya de Faber & Faber y la Virginia Woolf de ‘La señora Dalloway’, todavía no de ‘Las olas’ y dueña de la Hogarth Press. Serian los años en que Eliot defendió el ‘Ulises’ de Joyce ante el rechazo de la Woolf, a quien la obra le parecía grosera, lo que en realidad debería traducirse por “de clase baja”.

Hay que decir que la correspondencia, algo que gusta mucho a los británicos, ocupa lugar preferente en la muestra, y hay muchas cartas dirigidas a sus amigos, que eran casi todos los que eran alguien en aquella época, por lo que puede un emocionarse leyendo trocitos de misivas escritos con esa letra tan frágil, delicada y nerviosa, la misma, es obvio, que empleó en su despedida. Emociona.

Pero, ¿qué hace un Picasso en una exposición sobre la obra y vida de Virginia Woolf ?
Para exponer un Picasso no se necesita excusa alguna. Vale por sí mismo. Pero sí un motivo, por muy traído por los pelos que sea, como en este caso. Y como era algo obligado para alguien decente en aquellos años, la Guerra Civil española preocupó sobremanera a la escritora, un sobrino suyo murió en nuestro país, y de ello dio buena muestra en su libro ‘Tres guineas’, donde reflexiona en la manera en que se pueden evitarse este tipo de conflictos. Hay que decir que las soluciones son muy propias de una actitud civilizada que poco o nada tenía que ver con la realidad de esos momentos, que la sobrepasaba. También, suponemos, por influencia de su sobrino, llego a recaudar fondos para ayudar a los afectados por la guerra.

Así, la incongruencia del Picasso se explica porque ese dibujo representa el horror, el sufrimiento de la guerra civil. Incongruencia que se palia por esa razón ya que suponemos que a Virginia Wolf debía conmoverle más un Cézanne.

Una muestra que muestra lo que todos hemos visto, pero en libros. No es lo mismo. Cuestión de aura.


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