Teresa de Jesús, la santa doble

Juan Ángel Juristo / Madrid
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Este 28 de marzo se cumple el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Ahumada, Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, en Getarrendura. Ni que decir tiene que los actos que se están celebrando en su conmemoración son muchos, la mayoría obligadamente y justificadamente mediáticos: desde la magnífica exposición de la Biblioteca Nacional, con libros, cuadros y esculturas que van desde Zurbarán a Gregorio Fernández, Rubens o Alonso Cano, hasta la que se inauguró hace pocos días en el Palacio Pimentel de Valladolid donde veinte artistas feministas exponen veinte cuadros homenaje a la Santa recalcando su figura como adalid transgresora y feminista. Ni que decir tiene que cada institución, incluido el Prado, tiene previsto rendir homenaje a una de las grandes escritoras de la literatura española y patrona de los escritores del país, de los poetas los es San Juan de la Cruz, compañero de Orden y figura ligada a la Santa en más de un concepto, y ha sido sobre todo en el mundo de la edición donde se ha querido aprovechar este homenaje, desde el Premio Azorín a Fernando Delgado por una narración que tiene como protagonista a Teresa de Ávila y el monje Jerónimo Gracián, con el que tiene un amor platónico, a la reivindicación feminista de autoras como Care Santos, Espido Freire o Cristina Morales, una joven escritora de cierto talento, que ha escrito una novela muy curiosa sobre la Santa, ‘Malas palabras’ (Lumen), de bello título.
Los anacronismos son algo obligado en todas las épocas cuando miramos al pasado, ¿de verdad alguien piensa que un griego veía el Partenón con nuestros ojos?; por lo que la advertencia de André Malraux sobre el asunto justifica de hecho cualquier interpretación, y desde luego la insistente vertiente feminista de Teresa de Ávila. De ahí que en este artículo insista justo en lo contrario, en lo que de específicamente barroco y español posee su manera de enfrentarse a la vida, al mundo y su misterio. Pedro Salinas calificó a Teresa de criatura dual, por su vertiente mística en contraposición con la acción mundana, cosa que hoy día, por ejemplo, no terminamos de entender, y eso que nos separan poco menos de cuatro generaciones de los tiempos en que don Pedro ideó la cosa basándose en la vieja distinción entre vida activa y vida contemplativa, algo que a la Santa le venía estrecho, como en nuestros días. Y me refiero a esto porque con ello quiero mostrar que cualquier juicio sobre Teresa se basa en proyecciones muy de la época en la que son formuladas. A riesgo de caer en acusación de hacer juicios de estirpe junguiana, que tampoco estaría mal, creo que existe curiosamente un imaginario español, como lo hay británico, francés o alemán, que planea por encima de los siglos. Recuerdo que Antonio López dijo en cierta ocasión que supo lo que tenía que pintar después de pasar meses recorriendo museos e iglesias en Italia, de Génova hasta Nápoles, y que fue después, a la vuelta a casa, cuando se dio cuenta, por contraste, que lo que diferenciaba a ambas pinturas, la italiana y la española, era un carácter específico que se repetía a lo largo de muchos siglos.

Sucede con Teresa de Ávila lo mismo, y ese carácter específicamente español, que no eterno, basta que dure trescientos años para parecerlo, es lo que la diferencia de otras místicas europeas y, como ella, Doctoras de la Iglesia. Hay dos ejemplos comparativos con dos santas que pertenecen a lo más granado de la literatura y el arte europeos, Juliana de Norwich, venerada por luteranos, anglicanos y católicos, algo único, e Hildegard von Bingen, la visionaria escritora y música alemana, que la acercan de manera evidente a ellas para, inmediatamente, alejarla.

Y, desde luego, la época es algo determinante, de lo medieval al Barroco, época donde el imaginario es ya plenamente moderno, aunque no ilustrado, pero no sólo. Respecto al lado de la interpretación feminista las tres santas parecen ser protofiguras de la emancipación femenina, pero existe un aspecto de alegría, de optimismo filosófico y de pragmatismo en Juliana, por ejemplo, que la hace específicamente inglesa. Una frase suya, famosa, que T S Eliot fija en ‘Cuatro Cuartetos’, en ‘Little Giding’, en forma de cita, parece una prefiguración de Gertrude Stein, ‘All shall be well, and all shall be well and all manner of thing shall be well’ (Todo irá bien y todo irá bien y toda clase de cosas irán bien), que es central a su manera de enfocar la visión mística, hecha de alegría y nunca de deber. Por otro lado, en von Bingen, música de enorme talento, asistimos a visiones de claro sentido milenarista y una escritura donde se percibe que no existían las trabas eclesiásticas del Barroco cuando la Iglesia se había convertido ya en una excelente maquinaria de represión estatal. Escuchando, leyendo a von Bingen, incluso sabiendo de sus enormes andanzas, era fundadora como Teresa y mujer de enorme sentido práctico, lo que interesa destacar de ella, aquí y por lo que sufrió persecución, fue por defender el sentido teológico de la música, lo que la convierte en una santa de estirpe eminentemente alemana.

¿Y Teresa? Ya sabemos. Su lado trágico, la manera de vivir ese aspecto, es sentidamente barroco, por no hablar de su visión del éxtasis, esa carnalidad extrema, algo impensable en los tiempos de Juliana e Hildegarda. Aspectos que junto a su especial modo de enfrentarse a la autoridad del momento, que es algo muy moderno, la convierten en la gran mística de los últimos momentos de la Cristiandad. Pero en este centenario conviene destacar su lado especifico porque justo se enfrenta en dirección contraria a la tendencia actual, que es igualitaria, globalizadora: leyendo lo que se ha escrito de Juliana en Inglaterra, de von Bingen en Alemania y de Teresa, ahora en su aniversario, concluiríamos que las tres fueron unas adelantadas del feminismo en su tiempo. Las tres igualadas en un aspecto marcadamente anacrónico. De ahí este giro de tuerca que se considera necesario.

¿Qué, por otro lado, hizo que Cioran y Bataille se fascinaran por su figura?


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