Setenta años de la desaparición de Saint Exupéry

Juan Ángel Juristo / Madrid
Setenta años de la desaparición de Saint-Exupéry
El 31 de julio de 1944, en un vuelo de reconocimiento, el aviador Antoine de Saint-Exupéry desapareció a bordo de su avión, un Lockheed Lightning P-38, a la altura de Marsella. Faltaban unos pocos meses para que finalizara la guerra más sangrienta que había conocido la humanidad. Incluso en aquellas duras circunstancias la desaparición de Saint-Exupéry dejó un gusto amargo porque siempre fue figura solar, y cierta incredulidad inicial dio paso, con los años, al estupor y, luego, a la leyenda. Los héroes siempre mueren jóvenes. Este jueves se recuerdan esos setenta años que nos separan de su desaparición.
La leyenda fue tan propensa a creer en su propia medicina que rizó el rizo en lo legendario: se llegó a creer que el aviador, el autor de ‘Vol de nuit’, el escritor maravilloso y maravillado de ‘El Principito’, libro solar donde los haya, se había suicidado, quizá porque tanto rasgo apolíneo necesitaba de una sombra, de una actitud tormentosa, y ese saber redime al héroe, lo hace más humano. De ahí que las conjeturas más diversas se estrellasen siempre con el sentido común que nos decía que sencillamente el avión se habría estrellado en el mar. Pero demostrarlo cuesta voluntad y dinero, y dio la casualidad que en 1998, un pescador encontró una pulsera de oro prendida en su red -parece un regalo de Apolo- en la que estaba inscrito el nombre de Saint- Exupéry. Aquello animó la búsqueda y pocos años después un submarino rescató del fondo del mar el Lockheed de Saint-Exupéry, avión que se encuentra ahora en el Museo del Aire de Le Bourget, en París.

En 2008, Horst Ripper, que había sido piloto de la Luftwafe, declaró a los medios de comunicación que él era el autor de los disparos que había derribado al avión y llegó a decir algo que en realidad parece increíble, “si hubiera sabido que el piloto era Saint-Exupéry no hubiera derribado el avión”. Misterio aclarado: fue un derribo en toda regla, como hubo tantos en la época.

A los setenta años de la muerte de Saint-Exupéry, los actos habidos en su memoria no han sido los esperados para escritor tan querido y tan famoso, tanto que ‘El Principito’ es novela traducida a más de 250 idiomas, y ha sido en Nueva York, ciudad donde Saint-Exupéry escribió el libro, donde se ha expuesto el manuscrito, en un acto de fetichismo literario inusual por esas tierras, más dadas a otro tipo de cultos más proclives al mundo de la moda, del cine o de las figuras de la Cultura Popular. Pero sucede que Saint-Exupéry se ha convertido en figura emblemática de la cultura pop y es hombre adorado por gente de todo tipo, incluso aquellos decididos a no abrir un libro en años.

Pero a pesar de ‘El Principito’ Antoine de Saint-Exupéry es escritor de variados libros con un fondo temático común, la aviación, que en aquellos años era un oficio que poseía el aura otorgado en tiempos antiguos a los centauros o a los caballeros encorcelados de la Edad Media. Fue la épica del artilugio mecánico, y los aviadores llegaron a ser sus últimos héroes: a partir de esa experiencia hasta los astronautas no han podido recuperar ese aura. Lo técnico se ha enseñoreado de la máquina y ha quitado misterio, es decir, autonomía, a quien lo maneja. Saint-Exupéry, como Lindbergh, como nuestros aviadores de la Plus Ultra, como Italo Balbo, como Snoopy y como el Barón Rojo en la Guerra anterior, se convirtió en una figura del caballero andante moderno, y la ventaja que Saint-Exupéry tuvo sobre sus compañeros es que era escritor y se refería con palabras justas y exactas sobre el bello oficio. Sus páginas son inolvidables.
Se estrenó con una novela llamada ‘El aviador’, que publicó en 1926, cuando tenía 26 años, pues había nacido con el siglo y aprendió el oficio de aviador en el servicio militar. Fue en ese año cuando comenzó a trabajar como piloto de línea para una compañía de aviación civil y entró en la leyenda porque todas sus obras se referían a un oficio de héroes, pero los temas que trataba estaban basadas en experiencias personales, como el accidente que sufrió en el Sahara, que fue historiada en ‘Tierra de hombres’ , como luego, cuando publicó ‘Piloto de guerra’ en 1942, o ‘Carta a un rehén’.

Un año antes de que se incorporara a las fuerzas francesas de África del Norte se tomó unos meses de descanso en Nueva York y allí escribió su obra más inspirada, ‘El Principito’ donde no hay aviones porque su nave es ya un planeta, y su camino el cosmos entero. En cierto modo esa obra creó una metáfora del hombre, de su aspecto solar y, como era de esperar, mirando a las estrellas, de las que aprendió su misterio contemplándolas en las horas perdidas en la soledad de la carlinga del avión, en medio de la nada.

De hecho ‘El Principito’ sigue dando que hablar: el último idioma al que ha sido incorporado fue al braille, pero ahora, coincidiendo con el setenta aniversario de la muerte del escritor, ha sido al otomí, una lengua indígena del valle del Mezquital, en México. Saint-Exupéry como santo patrón de lenguas que están a punto de desaparecer.

Tengo por seguro que este hombre, de haber nacido en épocas de más fe, hubiese sido proclamado santo, pero los tiempos actuales son ambiguos. Por un lado se traduce su obra al otomí y, por otro, se inaugura un parque temático en Alsacia, ‘Le Parc du Petit Prince’. Es la doble vertiente en que ahora honramos la memoria de un desaparecido. Saint-Exupéry como metáfora de nuestro tiempo.


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