Sangre de mis huesos

Juan Ángel Juristo – MIÉRCOLES, 18 DE MARZO DE 2015

La noticia saltó ayer con unas soterradas, a veces manifiestas, pero las menos, sonrisas entre escépticas y resignadas. Es cierto que hubo entusiastas que aprovecharon la ocasión para comparar la desidia y la crítica inherente a nuestra idiosincrasia con la de otros pueblos europeos, en especial el británico, donde un caso como el de Cervantes hubiese otorgado portadas durante semanas. Se les olvidó hacer una salvedad: todo ello sería cierto si hubiesen descubierto los restos de Cervantes, no algún huesecilllo inmerso entre una veintena de otros. Se les olvidó hacer otra, pero para ello hay que saber un poquito, sólo un poquito: los soldados pobres, viejos, como era el caso de nuestro escritor, morían enterrados en el camposanto y bien acompañados. Sólo la realeza, la aristocracia, los notables, podría colarse algún que otro artista pero por motivos espurios a su grandeza como artista, y los prelados tenían derecho a ser enterrados respetando su individualidad. Cervantes era caso imposible desde el comienzo. No había más que preguntar por las costumbres de la Iglesia.

No voy entrar en debates sobre si el espectáculo tecnológico que se ha vivido en las últimas semanas en el Convento de las Trinitarias, sabido en sus resultados desde el comienzo salvo milagro, siempre el milagro, es cuestión electoral o no, pero el título de un diario al dar la noticia, rueda de prensa con parafernalia internacional, ese “casi, casi, casi”, lo dice todo: nos quedamos en el casi y todo por dar lustre a unos años de malhadado gobierno municipal porque el argumento de que acudirán en masa al Convento los turistas que pasean por el barrio en busca de cañas y tapas no aguanta el mínimo atisbo de sentido común. Además de argumento de engaño, de penoso autoengaño, el estilo, que lo es todo, valía por toda una metáfora: parecía un argumento sacado de la miseria de nuestra picaresca o, mejor, una ocurrencia de los tiempos retratados por Valle Inclán de las gestiones de nuestra gloriosa Restauración.

He asistido con cierto animo resignado al espectáculo entre cutre y altamente desarrollado tecnológicamente de la exhumación de los casi restos de Cervantes, y por ahora no nos hemos salido del guión previsto: si nunca tuvimos un concepto claro de nación, ¿cómo vamos a integrar a los emigrantes si la cuarta parte de los españoles, vascos, catalanes, gallegos cuestionan la sola idea de ella misma? Si nunca tratamos a nuestros escritores, científicos y artistas como hijos de la Patria, sino que eran sujetos como los demás a ojos de nuestra Iglesia, es decir, cuestión de camposanto, esa falsa democracia que a todos iguala en la muerte, ¿cómo vamos a suponer que nos íbamos a encontrar el esqueleto de nuestro escritor intacto, al modo en que los británicos se han encontrado en las obras de un aparcamiento a su rey jorobado inmortalizado por Shakespeare?

Francia puede ser o no católica, la República no. Por eso un Presidente de la República gestionó que los restos de Albert Camus fueran trasladados al Panteón de Hombres Ilustres, algo a lo que se negó la familia del escritor porque traicionaba su espíritu, la esencia de su alma, aquello por lo que siempre se rebeló. Este tipo de actitudes, desde un punto de vista institucional son envidiables, y bien es cierto que fui de los que pensó que Sarkozy quiso apuntarse un tanto electoral, y, por supuesto, fui de los que aplaudí el gesto de la hija de Camus, pero el hecho, la imagen misma de Hombre Ilustre de la Nación es concepto, y realidad, que en España nunca atisbamos y que hubo de hacerse en su momento, los siglos XVIII XIX, y ese concepto mismo es, en cierto modo, envidiable porque es justo de lo que carecimos en nuestra historia reciente, nuestra principal carencia como nación.

Ahora es tarde. En plena globalización, cuando los continentes se unen en aras de la supervivencia pura y dura, es muy difícil que el español identifique institucionalmente a Cervantes con el ánimo que un británico realiza con Shakespeare o Eliot o un francés con Victor Hugo o…. con Malraux. Es probable que en un futuro Cervantes nos parezca un escritor del mismo interés que Goethe o Ronsard, es decir, ninguno… De hecho no nos engañemos, salvo en nuestro imaginario formado en la escuela, Cervantes tiene poca importancia entre nosotros, comenzando porque sigue explicándose mal su obra.

Ya pocos años después de la muerte de Cervantes los franceses se extrañaban de que hubiese muerto pobre y olvidado, como un soldado más. La cosa, en realidad, no ha cambiado mucho. Los primeros en saberlo son los comerciantes del Barrio de las Letras, nunca se han engañado al respecto: los turistas vienen a comer y beber. Y es lo que se les da.


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