Romain Gary, el centenario del dandy de la rue du Bac

uan Ángel Juristo / Madrid
 
Nacido el 8 de mayo de 1914, Romain Gary dejó, tras suicidarse a los 76 años, un reguero de extraña fascinación a un público cautivo ante quien se presentó como el último dandy. Francia, que es país que mima a sus escritores y artistas en general, tiene preparado inaugurar un Museo Picasso en París el año que viene, en el Hotel Salé, que lo menos que puede decirse de él es que es espectacular, no sabe sin embargo muy bien qué hacer con este hombre que escapaba a todas las reglas, de modo distinto pero con la misma efectividad que Albert Camus por los mismos años. Roger Grenier, quien fue editor de Gallimard, la casa de Romain Gary, ha publicado recientemente ‘Instantáneas’, una especie de memorias donde evoca los años en que conoció a Gary. Es uno de los modos en que el país rinde homenaje a Gary pero no el único: las reediciones de su obra se suceden junto a las de la Duras. Los centenarios producen extraños compañeros de viaje.
Grenier recuerda la impresión que este hombre producía: “Romain Gary habitaba en la rue du Bac, muy cerca de mi casa. Yo estaba encargado de ocuparme de su obra en Gallimard. Nos hicimos conocidos. Coincidía con él a las siete y media de la mañana todos los días, yo porque sacaba de paseo a mi perro Ulises; él, porque era insomne, aunque siempre salía vestido con elegancia extrema. Vivíamos cerca del Hotel Matignon y los guardias del CRS le miraban con ánimo divertido. Le quise mucho”.

Imagen de dandy que está por encima de las cosas pero que ocultaba una fragilidad extrema. Su extremado amor por los animales. De nuevo Roger Grenier: “Hay que decir que él convivía diariamente con el drama. Muchas veces conoció situaciones verdaderamente dolorosas. Algunas veces eran inventadas. Se hacía el duro, mientras que en realidad era completamente vulnerable con un fondo inmenso de bondad. Recuerdo que cuando mi perro murió, se echó a llorar y se ocultó para que nadie le viera”.

En fin, hechos que muchos conocían aunque nadie llegó a saber nunca de su alcance. Lo interesante, sin embargo, del libro de Grenier en lo referente a Gary es la depresión en que le sumió el asunto Émile Ajar. Se presentó al Premio Goncourt, que ya había ganado anteriormente, con ese nombre y lo ganó de nuevo. Robert Gallimard, que había leído antes el manuscrito, sabía que era él pero no dijo nada durante años, y Gary además, se empeñó en decir que Émile Ajar era su sobrino, Paul Pavlowitch, que jugó el juego hasta el punto de ir al programa ‘Apostrophes’, de Bernard Pivot, en 1981, donde confesó su falsa identidad seis años después del Premio y siete meses después de que su tío se suicidara. Aquel asunto, según Grenier, le dejó tocado y pudo influir en la determinación final. No me lo creo porque si algo se permitió Gary como broma suprema antes de despedirse del mundo era ésta porque el dandy siempre estuvo por encima del rumor mediático: ganado el Goncourt con el pseudónimo de Ajar, Romain Gary se burló de la crítica y de la alta cultura francesa que siempre le trató como escritor romántico y durante años le contrastaba con Émile Ajar, al que alababa por su estilo ajustado, realista, sin florituras. La burla era demasiado grande y sutil, para que el sistema literario pudiera aguantarlo con cierta elegancia. Pero no hubo venganza: el propio Gary no se lo permitió. Se fue antes.

Personaje curioso hasta la exasperación. Mantuve una charla con Alexandre Diego Gary Seberg, con motivo de la publicación de sus memorias. Hijo de Romain Gary y de Jean Seberg, esa maravillosa actriz que le dio por ser de los Panteras Negras y que bordó el mito en ‘À bout du souffle’, la película de Godard, con un Jean Paul Belmondo en estado de gracia, Alexander me confesó que el suicidio de sus dos padres sólo llegó a superarlo en tiempos muy recientes ya que él era un adolescente entonces, pero, luego, después de hablar de esos negros nubarrones, describía maravillado el modo en que Gary podía recibirte en casa: vestido con salacot y dispuesto a ir a África, con batín de seda, de dandy del XIX, en fin, un atrezzo con el que adornaba su salón mientras escribía con un rimero de diez plumas Mont Blanc sus novelas, donde el dolor y el amor hacia las mujeres, sobre todo éste, le dominaba por completo.

Gaullista de corazón, Gary mantuvo siempre una leyenda que, en sus casos más tremendos, era realidad. En su etapa californiana, donde conoció a Marilyn Monroe, a Veronica Lake, a la que conoció aún más, a Katherine Hepburn, a Frank Sinatra, a Fred Astaire, llegó a retar en duelo a Clint Eastwood por haberse acostado con Jean Seberg. Hay que decir que Eastwood se rajó en un alarde de sentido común al no confundir realidad y personaje de ficción y, de paso, porque pensaba que este europeo loco, cónsul y dandy, era capaz de verdad de sacar una pistola de una caja forrada de terciopelo y descerrajarle un tiro. De Gaulle ganándole la partida a Harry el Sucio. Como metáfora no está nada mal.

París, que nunca le perdonó lo del asunto Ajar, le edita ahora sus obras, tanto las firmadas como Gary como las que firmó como Ajar: ‘La promesa del alba’, ‘Perro blanco’, ‘Los tesoros del Mar Rojo’, ‘Pseudo’, ‘Vida y muerte de Émile Ajar’, novela póstuma que fue publicada bajo el nombre de Romain Gary… en fin, un bello homenaje en un centenario marcado por otros grandes. En España siempre tuvimos cierta debilidad por Gary y su obra está bien representada. He llegado a contar hasta nueve novelas, desde luego las que le hicieron famoso, ‘Las raíces del cielo’, en 1958, y ‘La promesa del alba’, en 1960. Luego, el resto, repartidas sobre todo en los setenta pero que llegan hasta ahora, que han vuelto a ser reeditadas. Romain Gary, Romain Kacew, su verdadero nombre, Fosco Sinibaldi, Shatan Bogat, Émile Ajar… con todos estos nombres publicó su obra, extensa y escrita poco a poco pero sin intervalos largos. ¿Se extraña alguien, entonces, de lo que contó Alexander Diego respecto a los disfraces de su padre con el que gustaba recibir en su apartamento? Las correspondencias son las mismas.

Romain Gary, el dandy que ocultó el rostro presentando mil distintos, Romain Gary, el lituano de origen que nunca supo ser lituano, Romain Gary, hijo de padre que nunca le reconoció y al que su madre le añadió uno falso, el de la estrella del cine ruso Iván Mozzhuin; Romain Gary, el marido de Jean Seberg, Romain Gary, el amigo de André Malraux y Albert Camus; Roman Gary, el que puso en solfa el sistema cultural francés y no le dio tregua suicidándose antes, triunfando de sus enemigos… Romain Gary, su centenario.


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