Roma, el Imperio es ahora virtual

Juan Ángel Juristo / Madrid
Roma, la ciudad imperial, celebra el bimilenario de la muerte de Augusto, su primer Emperador y artífice de la grandeza monumental de la ciudad, con el espectáculo ‘Foro de Augusto. 2000 años después‘, patrocinado por el Ayuntamiento de la ciudad, que consiste en proyectar sobre las ruinas del Foro la reconstrucción del mismo. Así, a partir del 21 de abril, y hasta el 18 de septiembre, se podrá asistir a este espectáculo de luz y sondo en tres sesiones de una duración de cuarenta minutos, a las nueve, diez y once de la noche, y escoger entre seis idiomas, italiano, español, inglés, francés, ruso y japonés, la explicación de lo que está proyectando. La entrada cuesta 15 euros.
Recreación de una de las proyecciones previstas
Recreación de una de las proyecciones previstas
La ciudad que engrandeció hasta límites insospechados en su tiempo, llegó a tener bajo sus sesenta años de reinado 800.000 habitantes, sólo superado por el millón de la época de Trajano, apuesta, dentro de los eventos para conmemorar el bimilenario, por un espectáculo de luz y sonido en el propio Foro que lleva su nombre, el más grandioso de los llamados Foros Imperiales, algo que contrasta con la muestra que se ha inaugurado en París sobre Augusto donde se intenta resaltar, bajo el aspecto de la piedra, la majestad y el concepto de poder que transmitió a las épocas futuras. Dos modos de concebir la majestad muy distintas en dos ciudades de la que una de ellas, París, se concibió como la lógica continuación de Roma. No es casual que el bimilenario del Emperador se celebre en estas capitales.

Es probable que en estas diferencias se hallen concepciones muy profundas respecto al papel jugado por ambas ciudades respecto a la construcción de Europa, legado directo de la época imperial. París jugó desde el Renacimiento a emular la grandeza del Imperio; Roma, sede de los antiguos fastos, estaba volcada a ser la magnificencia de la Santa Iglesia y la idea de Imperio se dejaba a Césares, como el Emperador Carlos, que la saqueó, o, luego, los Luises franceses, que la emularon. No es de extrañar, por tanto, que bajo ese espectáculo de luz y sonido se esconda cierto menosprecio ante el hijo emulador. Como si el hecho de empeñarse aun en sembrar de piedras los caminos del poder revelaran que esas piedras no son genuinas, que las de verdad se encuentran diseminadas por Roma, aun sea en ruinas, en trocitos a veces incongruentes, como los fragmentos de los dedos del pie correspondientes a la estatua de Augusto de once metros que se ubicaba cerca del Templo de Marte. De la estatua, impresionante, no queda nada, sólo los tres fragmentos de dedos, pero la proyección audiovisual realiza el milagro de hacer revivir al público algo que es imposible pueda reconstruir en su mente: la visión de un Foro vivo a través de ruinas que las más de las veces no sólo no ayuda a formarse una idea cabal de como fue el lugar, sino que despistan los ojos profanos.

Bien es cierto que Mussolini, antes de la guerra, conmemoró el bimilenario del nacimiento de Augusto con un espectáculo realmente imperial… de aspecto fascista, es decir, pura querencia y reconstrucción anacrónica para justificar la propaganda de la conquista de Abisinia. En el fondo era puro cartón piedra, propio de los tiempos en que se construyó Cinecittá. Ahora al peplum, que era en el fondo la estética romana de Mussolini, le ha sustituido un espectáculo cambiante, que no dura siquiera lo que el cartón. Un espectáculo digno de tiempos líquidos.

Por lo pronto lo único que se mantiene incólume en todo ese recito es el muro de treinta metros de altura que Augusto hizo construir para aislar la Suburra, barrio popular, del Foro que lleva su nombre. De la Suburra no queda nada, del Foro poco, pero el muro está ahí: ideado como cortafuegos, de hecho preservó el Foro del famoso incendio de la ciudad, en tiempos de Nerón, y sirvió de refugio, curiosamente, a los habitantes de ese barrio de quemarse vivos. Ahí sigue, testigo inquietante de lo que nos reserva el futuro respecto a la conservación de las cosas. Hay que imaginarse que al lado de este muro había un recinto donde se ubicaba la estatua de Augusto de once metros que estaba rodeada de mármol revestido de azul y decorado con elementos rosas, dando la sensación de que el mármol era una cortina que ondulaba con el viento, prueba palpable de que lo que se salva es lo que siempre tiene menos valor crematístico. Algo que justifica de hecho este espectáculo concebido como algo especialmente didáctico, como si los responsables supieran que el público cada vez sabe menos de historia, porque ya no se enseña en los colegios y esto actúa como complemento del cine y la televisión que es el único acceso que tiene el público para imaginar la Roma imperial. El peplum, reinventando de otra manera.

Todo lo que sube, baja. El espectáculo no se limita a contar las excelencias del Foro de Augusto cuando el Emperador mandó construirlo y que se tardó más de treinta años en finalizarlo, lo que da idea de la magnitud del proyecto, sino también su decadencia. Pasamos entonces de una Roma que de los 800.000 habitantes de la Pax de Augusto se nos queda en unos 40.000, y mal distribuidos. El Foro de Augusto fue prácticamente enterrado entre sedimentos detritus, plantas, lo que contribuyó a su degradación desde el siglo VI, aunque su destrucción más terrible se produjo cuando se construyó un convento de monjas en el siglo XVI. Pueden consolarse los franceses: en París eso no hubiese sucedido.

Mientras, queda el muro, que no lo tiró ningún evento, por terrible que fuera: en 1703 hubo un terremoto que hizo caer parte del Coliseo. El muro no sufrió merma alguna. Ahí está, metáfora de no se sabe bien qué.

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