Quaresma, la pasión descifradora de FernandoPessoa

Juan Ángel Juristo / Madrid
Dentro de unos días (primeros de septiembre) publicará Acantilado la totalidad de la obra policíaca de Fernando Pessoa, reunida bajo el título de ‘Quaresma descifrador’ por Ana María Freitas para la edición portuguesa que apareció en 2008 editada por Assirio & Alvim. Se trata de novelas al más puro estilo detectivesco, inéditas muchas de ellas en España, que Pessoa, que adoraba el género, escribió a lo largo de su vida y dejó sin finalizar, su destino fue quedar acomodadas en la famosa maleta de la que salen cada cierto tiempo manuscritos preciosos hasta conformar ya una vasta obra de variada índole. No olvidemos, por ejemplo, el cambio sufrido por las nuevas versiones encontradas de ‘El libro del desasosiego’.
 
Pessoa adoraba a Edgar Alan Poe, lo que es absolutamente coherente con su modo de tratar la ciudad moderna y el gesto matemático hacia la concentración requerida para escribir una obra literaria. En Poe se encuentra cierto origen de la Modernidad, como nos hizo ver Baudelaire, y Pessoa, atento siempre como un sismógrafo a los movimientos que generaba ese modo de percibir el mundo, halló en el detective Quaresma, la excusa para imbuirse de lleno en el frenesí metropolitano con las claves de un género literario que le ofreció muchos goces como lector, género del que opinaba era el idóneo para entender la sociedad de su tiempo. En su ensayo ‘Influencias’ llega a decir que la novela policial es uno de los pocos placeres que le queda aún al intelectual, cosa que hubiera aplaudido Juan Carlos Onetti. Pero, fiel a su tendencia a no acabar sus muchos proyectos, dejó inconclusas las obras y eso que en carta a Casais Monteiro, en enero de 1935, le confesó que nunca quiso que su primera publicación hubiera sido ‘Mensagem’, sino que dudaba entre una recopilación de poemas de Pessoa firmados con su nombre, “ele mesmo”, o una novela policiaca que, por desgracia, no había concluido.

En otro ensayo, ‘Erostratus’, se refiere al genio, clasificando a figuras como Shakespeare, Milton o Dryden, y les otorga diversas cualidades, sobre todo ingenio y talento, pero cuando llega a Poe resalta su poder razonador y lo coloca junto a Edgar Wallace, autor británico muy popular de novelas policíacas de los años veinte, lo que no deja de ser sorprendente. Ni que decir tiene que ‘Los crímenes de la calle Morgue’ es obra que le fascina sobremanera por ese poder de razonamiento, y conviene añadir que la novela policial, tal como la concibe Pessoa, nada tiene que ver con el thriller, aparecido en aquel tiempo, y sí con la novela de corte policial británico, a la que se aficionó siendo estudiante en Durban, Sudáfrica, escribiendo en inglés, en aquellos años escribía en ese idioma, algunos relatos policiales. Pessoa, que se quería razonador del universo, ve en el detective creado por Poe un correlato de sí mismo y quiso llevarlo a una práctica de aire eminentemente portugués.

Y para ello, no hay más que leer ‘Prefacio’, que sirve de introducción a la obra del detective Quaresma, para darnos cuenta de que en ese enorme catálogo de cualidades que el narrador otorga a la figura de su desaparecido amigo Quaresma, muerto en Nueva York, en realidad lo que está realizando es un catálogo detallado de su aspecto, del modo de vestir, de sus cualidades intelectuales, en un cuadro descriptivo que parece no acabar nunca. Es el cuadro descriptivo del mismo Pessoa.

Casi sería superfluo añadir que los avatares de Quaresma no se presentan en orden cronológico sino que Pessoa los va presentando en orden a las solicitudes que el propio Quaresma va recibiendo, lo que permite al autor retomar el personaje un poco a su antojo, sin imposiciones de ningún tipo. Así, dice: “Interesan las manifestaciones del espíritu de Quaresma, no la formación de dicho espíritu”.

Abilio Quaresma fallece en 1930 en Nueva York, a los 65 años. El narrador es amigo de Quaresma, su único amigo, diríamos, es el testigo del Otro, por tanto, y como tal testigo quiere sacar a su amigo de la injusticia tremenda del anonimato y por eso escribe sus hazañas como investigador, “razonador”, y en el retrato que realiza de él nos encontramos una mente un tanto dispersa, con unos razonamientos de distinta calidad, un alcohólico impenitente y que, a la vez es médico: casi se diría una mezcla interesantísima de un Sherlock Holmes exento de cocaína pero no de alcohol, embutido en un doctor Watson que le sirve de apoyatura terrenal a sus muchos desvaríos: “un médico sin clínica y un descifrador de charadas”.

Pessoa define las andanzas de Quaresma como “aventuras intelectuales” porque al escritor portugués, que ganó varios concursos de acertijos, le encantaban los enigmas. “El raciocinio aplicado era su placer abstracto”, dice de Quaresma, con lo que exhibe a lo largo de estas páginas un catálogo de acertijos, problemas de ajedrez, rompecabezas de toda índole, incluso matemáticos, lo que le cuadra con su carácter, triste, paciente, de nulo sentido estético y que vive en un cuartucho destartalado de la Rua dos Franqueiros. Es un perdedor, por tanto, único rasgo que le emparenta con los antihéroes tan presentes en la novela negra, pero es capaz, como un niño, cuando resuelve un enigma, de “ver la realidad en absoluto”, lo que convierte a Quaresma, aquí el sentido del humor de Pessoa es variado, enorme, en lo que quiere conseguir a toda costa el hacedor de los heterónimos en sus poemas.

El otro Pessoa, no el de sus múltiples heterónimos, sino el de un personaje novelesco, Quaresma, es lo que nos es dado a leer esta vez como novedad del escritor portugués. En realidad, el verdadero enigma es Pessoa, pero este aún está por resolver.


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