Philip Larkin, a la poesía le nacen alas

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Esta edición de la ‘Poesía reunida’ de Philip Larkin, que publica la colección de poesía de Lumen, está llamada a ser un referente respecto a las ediciones extranjeras del poeta británico. Recoge, por ejemplo, los tres grandes libros esenciales de Larkin, ‘Engaños’, ‘Las bodas de Pentecostés’ y ‘Ventanas altas’, este último un hito de la poesía británica del siglo… pasado, lo que convierte a este libro en un volumen de una coherencia extrema y, por si fuera poco dotado de una excelencia literaria poco común. La edición ha estado a cargo de Damián Alou, autor de una pertinente introducción, y las versiones de los poemas han estado a cargo del mismo Damián Alou y de Marcelo Cohen.
Leer a Larkin puede causar conmoción. Un poema como ‘Ventanas altas’ comienza así, “Cuando veo una parejita e imagino/que él se la folla y ella toma/píldoras o usa un diafragma/ sé que ese es el paraíso/ que todo viejo soñó la vida entera”, porque a pesar de ese supuesto crudo realismo, que no es más que la cruda verdad, el poema remonta a tal altura que hace extrañamente cierto aquel dicho de Joubert, “todo lo que tiene alas está fuera del alcance de las leyes”. De ahí el título del artículo, que en cierta manera quiere justificar una de las carreras poéticas más grandes de la poesía británica del siglo… pasado, lo que es mucho decir, como queriendo estar al quite de ciertos prejuicios que pueden darse al leer su obra.

Larkin ha pasado por ser el padre de la poesía de la experiencia, lo que podría ser válido siempre que no confundamos esa categoría con un modo relajado de andar por casa, se entiende, que por casa poética que, como quería Valéry en frase fundacional, debería tener la exactitud de la prosa. Pero ello es válido si atendemos a la escuela contra la que Larkin fijó el modo de construir su obra. Frente a la implicación metafísica de la poesía de Thomas Stearn Eliot, incontestable en su tiempo hasta el extremo de constituir casi una pequeña dictadura, frente al sentido conceptual de un W. H. Auden, de brillantez extrema, algo que el primer Larkin sufrió en su seguimiento de la musicalidad de Yeats, de pronto el poeta se sumerge en la lectura de Thomas Hardy, no de sus novelas sino de sus poemas y descubre el comienzo de su andadura como poeta, es decir, como artista adulto, sabe ya donde debe enraizar. Y es enraizamiento no es otra que hablar de lo que le sucede, en el sentido que dan Wittgenstein a esa palabra cuando decía que en el mundo acaecen cosas, y nada más. Y nada menos… nos replicaría Larkin y es aquí donde comienza el misterio insondable de una poesía alada anclada en las cosas que le suceden a uno en la vida, o en la calle, como quería Juan de Mairena. Es el misterio de su poesía, casi me atrevería a decir de su excelencia. A este respecto lean un poema, ‘El siguiente, por favor’. Ilustra la cosa sobremanera.

Philip Larkin perteneció a lo que se ha llamado The Movement, ‘El Movimiento’, que vendría a ser la correspondencia poética de los Angry Young Men (Los jóvenes airados), donde se agruparían poetas como Dennis Joseph Enright, Tom Gunn y, sobre todo, Kingsley Amis, un autor muy estimable al que lo esnobs citan ahora como “el padre de Martin Amis” cuando lo cierto es que dudo mucho de que el hijo haya alcanzado en sus obras la categoría que alcanzó su padre en libros como ‘Lucky Jim’ o ‘Me gusta estar aquí’. Este movimiento, que no era tal, como suele suceder en Francia, sino una sensibilidad compartida por un grupo de amigos, tal como suele suceder en el Reino Unido, fue la rebelión en los años sesenta de la dictadura del canon poético constituida por poetas como Yeats, Pound, Eliot y W.H Auden en estricto orden generacional, vale decir, la poesía británica, casi anglosajona, de la primera mitad del siglo XX.

Poeta muy fino, de una ironía sutil, como los aspectos de la erudición en la poesía que plasma en su poema ‘Posteridad’, Philip Larkin fue un lobo solitario, refugiado en lugares donde sólo se debía conceder paz, silencio y un clima no demasiado frío, y que acabó sus días como bibliotecario de Hull, en Belfast, el paisaje que le acompañó de manera más persistente en su vida, solterón empedernido y alérgico a los niños, a los que calificaba de egoístas, crueles y ruidosos, en fin, acompañado de su correspondiente ración de alcohol tabernario, refugio y base de gran parte de su única experiencia, tan buscada, pero que, a través de las ventanas altas, le era dado contemplar, mientras le picaba una pierna, pongamos por caso, ese “hondo aire azul que nada muestra/ y no está en ninguna parte, y es interminable”.

Un dato que avala que la poesía de Larkin es cabal y que el autoengaño estaba muy alejado de su modo de percibir el mundo: el poeta se convirtió en un fenómeno popular en la década de los sesenta, los setenta y principios de los ochenta. En 1964 se publicó ‘Las bodas de Pentecostés’, el libro que le hizo famoso, y el editor, nada menos que Faber & Faber (la casa de Eliot), le adelantó la suma de 75 libras , la suma más grande pagada jamás en Inglaterra hasta entonces por un libro de poemas. Larkin no se inmutó… sabía lo que le esperaba, es decir, no tener que dar charlas para sobrevivir y dedicarse con los contratos de royalties a ganarse la vida como oscuro bibliotecario, sí, pero a ser posible en un lugar muy alejado donde se dedicaría a lo que le interesaba, escribir poemas. Dicho y hecho.

Bueno, también escribió dos novelas y un libro sobre jazz, su otra gran pasión.


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