París, el mapa de los tesoros

Juan Ángel Juristo / Madrid
La exposición que se hizo en Roma del Tesoro de San Genaro en Nápoles, capaz de hacer palidecer a los de la Corona británica, hizo que se pusiera de moda en Europa lo de mostrar joyas de tiempos idos. París, que en eso de las modas fue siempre pionera, es la ciudad donde tiene lugar dos muestras cuyo tema es el Tesoro: el Museo Maillol expone las joyas de Nápoles, claro, pero el Louvre, en el ala Richelieu, institución de la República donde las haya, ha sido el encargado de mostrar el Tesoro de Saint Maurice, el monasterio aún en activo más antiguo de Occidente. La ciudad quiere, de esta manera, rendir homenaje a un arte que cimentó la sociedad europea desde la Edad Media, y el modo en que ese legado se ha ido enriqueciendo con los años.
Los títulos de las exposiciones mantienen un estilo despojado, ‘El Tesoro de Nápoles’, ‘El Tesoro de la Abadía de Saint Maurice d´Agaune’, que son una rareza en nuestro vecino país, que suele dotarse de instrumentos abstractos en cuanto la ocasión lo requiere. Esta vez se ha optado por lo concreto porque con la palabra Tesoro nada hay que decir: la imaginación se dispara hacia algo muy concreto, oro, plata y joyas. Y poco más.

Además, no hay más que ofrecer, salvo lo que haya de arte y artesanía y las leyendas que sustentan a la comunidad, lo que no es poco. Así, la historia de San Genaro, cuya sangre se licua tres veces al año en dos ampollas, es el mayor tesoro que posee la ciudad ya que es el resultado de un pacto entre ésta y su patrón, que de esta manera les hace saber a los ciudadanos que están protegidos de las guerras, las epidemias y las erupciones del Vesubio, sobre todo de éste. El terror del volcán, presente en Nápoles desde su fundación, es lo que ha cimentado ese pacto, el mayor tesoro de San Genaro, el más preciado, pero no el más pinturero: la sangre se licua en dos ampollas que están cubiertas por una custodia de plata dorada, una pieza de orfebrería del siglo XIV, que es pieza admirada en París por su barroquismo, y que a finales de abril será llevada a Nápoles a resultas de la ceremonia anual del traslado de los restos de San Genaro, de Pozzuoli a Nápoles, donde fue decapitado. Después de la ceremonia volverá a París, a custodiar las 90 obras maestras, así las ha denominado la crítica parisina, que alberga el Tesoro de Nápoles expuesto.

Hay, por ejemplo, quince bustos de santos y dos estatuas en plata maciza, de un barroco subido, que rivalizan con las cruces y cálices expuestos. Pero de todos estos objetos, lo que conmueve a los parisinos es el collar de San Genaro, prestado por la Banca de Nápoles, un collar que fue realizado entre los siglos XVII y XIX con las aportaciones de Carlos V de Borbón, José Bonaparte, María Carolina, hermana de María Antonieta. Pero, ya saben, al lado de la tiara no hay nada que hacer: 3.326 diamantes, 168 rubíes y 198 esmeraldas colombianas. Atrae con la fascinación de lo ancestral. Ali Babá.

En cuanto a Saint Maurice, hay que decir que es el monasterio más antiguo de Occidente, se halla en Agaune, en el Valois suizo, cumplirá los 1500 años el próximo 22 de septiembre, quizá con la asistencia del Papa, , y como está en obras, el Abad ha aceptado que sus más bellas y antiguas ‘joyas’ se expongan. De los 380 monjes de antaño sólo quedan una cuarentena, pero siguen consagrándose a la oración continua.

Estos cuarenta monjes son los vigilantes de este tesoro. Así, los dos sarcófagos provenientes de la Alta Edad Media y de la época romana, donde se hallan los restos del santo. Mauricio era un oficial romano del Bajo Egipto y fue martirizado porque se negó, estamos en el siglo III, a masacrar a un grupo de cristianos con su legión.

Desde el siglo VI, Mauricio es, representado con rasgos negroides, el patrón del Sacro Imperio Romano Germánico, invento de los de Borgoña. Los restos de Mauricio, sin embargo, no se exponen en el sarcófago porque son demasiado preciosos: en su lugar se hallan los de Segismundo, príncipe borgoñés, fundador de la Abadía. Al lado, en la muestra, luce el relicario de Teodorico, y un poco más allá, en forma de busto, el de Cándido, compañero de Mauricio. Está, también, el aguamanil de Carlomagno, que donó Carlos el Calvo a la Abadía en el siglo XI. Y, un relicario, cómo no, conteniendo una Espina donada por San Luis, copas de plata realizadas por los mongoles, esmaltes, sedas orientales, manuscritos…

Dos exposiciones que muestran que la Cristiandad, durante siglos fue un organismo que se mantuvo por encima de fronteras nacionales, constituyendo la idea más genuina de Europa. Los tesoros de San Genaro y de San Mauricio son intercambiables en lo cultural, pertenecen al mismo ámbito, al mismo hálito.

Y así han debido de entenderlo los parisinos que siguen fascinados por las pedrerías, como antaño, pero que, sobre todo, ha entendido el legado cultural que se expone en las dos muestras. No es baladí: realizando dos exposiciones muy distintas en apariencia se ha querido mostrar, y demostrar, el legado común europeo. No sé si eso se ha debido a cálculo de las autoridades, pero para el caso es lo mismo.

 

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