Doris Lessing

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Una abuela como usted, Doris Lessing

Me entero de la muerte de Doris Lessing, ayer, domingo, allá en su barrio de New Hampstead, donde decidió resguardarse del ruido, pero no dejar de seguir luchando. Ahora que se ha muerto me enfrento a sensaciones contradictorias pues es una escritora a la que admiré como persona, que me gustaron mucho sus primeros libros, llenos de enorme frescura pero que, creo, la abandonó según pasaba el tiempo. Pero sigo sin entender, como no las entendí en su momento, las reservas amargas que le han hecho críticos a los que admiro, como Marcel Reich Ranicki, aunque acepto la de otros por los que no siento especial fervor, como Harold Bloom, pero ambos, siendo tan distintos, criticaron con ferocidad que le otorgaran el Premio Nobel. Umberto Eco, que es más fino, sólo llegó a decir que le extrañaba que le hubieran dado el Premio  a un autor británico tan cerca del de Harold Pinter…En cualquier caso, cuando me enfrento a la obra de Doris Lessing, sobre todo a las últimas donde parece obsesionarse con la idea de la vuelta al primitivismo del hombre después de una catástrofe, cuando la veo en la televisión, por ejemplo, recibiendo el Premio Príncipe de Asturias, sigo recordando con placer los dos o tres encuentros en que estuve con ella, cuando era una escritora célebre y antes de convertirse en una figura celebérrima y, sobre todo, la especial relación que he tenido con ella como lector que lee la obra de un escritor a quien considera entre sus favoritos por razones que aún hoy todavía a uno se le escapan. No sé si la última vez que comí con ella por invitación de EDHASA, la editorial que la publicaba,  fue con motivo de la edición de El cuaderno dorado, lo que sí recuerdo con viveza fue la sensación próxima, fuerte, de encontrarme ante una mujer de una energía particular, con su pelo blanco, su manera de vestir aparentemente descuidada, muy de inglesa contestataria con el sistema, en definitiva, y de que la tarde se pasaba como volando, como en un instante de fugacidad que podría parecer una eternidad. Recuerdo que, coqueto uno, le dije que me hubiese gustado tener una abuela como ella, a lo que se prestó de inmediato pero “en otro mundo”, dijo, riéndose. Desde luego que la oculté la fascinación que siempre me había producido las fotografías que la retrataban la primera vez que topé con sus obras de la editorial Seix Barral, una mujer de rara belleza exótica, vestida con una elegancia casi glamourosa,  los tiempos eran otros, y no porque hubiese nacido en Persia, eso también,  sino porque poseía un halo de belleza que poco o nada tenía que ver con su presencia física, sino que iba más allá. Y ello se nota particularmente en sus primeros libros, donde se advierte la fuerza de las convicciones de una escritora dotada de una pasión sin tapujos, así, En busca de un inglés, o en su primera novela, Canta la hierba, e incluso con  Diario de una buena vecina o La buena terrorista: Es un magnetismo que le está reservado porque es una persona excepcional y no sólo como artista, y eso son cosas que se notan. Doris Lessing siempre me fascinó y no porque considere que su obra es particularmente excepcional, hay títulos como Memorias de una superviviente o Martha Quest que poseen una rara ejemplaridad, sino porque posee una coherencia tranquila que en estos tiempos es difícil de hallar, porque esa coherencia está alejada de fanatismos de toda clase, incluso de las adoraciones de sus correligionarios, porque es una mujer de una curiosidad intensa y de un arrojo nada común, recuerden aquella anécdota de haber mandado a la editorial británica que la publicaba una novela escrita por ella pero cuyo manuscrito hizo pasar por el de una escritora novel. Y el rechazo previsto, y lo ya no tan previsto, que la escritora hiciera pública la carta del rechazo donde la editorial explicaba los motivos, denunciando así algo más que la situación difícil de un escritor desconocido sino lo terrible del lugar común y de que, en realidad, no se atendiera a la calidad de la obra misma. Doris Lessing ha sido un símbolo de muchas de las tendencias que se originaron en los años sesenta en el Reino Unido, la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, fue expulsada de aquel país, el movimiento feminista, cierto acomodo hedonista que la puritana Inglaterra necesitaba a marchas forzadas… pero en Doris Lessing aquellas tendencias era, son, genuinas, por eso nunca quiso que se la confundiera con causas donde detectaba lo espurio, el aprovechamiento miserable o acomodaticio del asunto. Con el tiempo su obra se ha hecho más sabia, más abstracta, pero mantiene esa intensidad, por ejemplo, La hendidura, de sus primeros libros, cuando mantuvo cierto idilio con el Partido Comunista al que enseguida abandonó, no así su pasión por la vida y las cosas, donde en ellas aún anda. Lo dicho. Una abuela como ella

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Josep Pla

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Josep Pla, el andarín despegado

Se publica por primera vez desde su única edición en Destino en 1949,  gracias al concurso de Josep Vergés, el ‘Viaje a pie’, un libro que Pla escribió en castellano en la posguerra y donde describe sus paseos por el Ampurdán del momento. Publicado casi al mismo tiempo que ‘Viaje a la Alcarria’, es un libro superior a éste pero preterido respecto a la fama del libro de Camilo José Cela. Traducido al catalán en 1981, cuando se editaron sus ‘Obras Completas’,  muchos creyeron que había sido escrito en esa lengua. Ediciones  98, pues, rescata una obra fundamental de la narrativa de viajes de la España del siglo pasado y, de paso, ayuda a conocer a literatura de Pla escrita en castellano.

Pues en realidad se calcula que la tercera parte de sus escritos, unos diez mil folios, fueron escritos en esta lengua y que abandonó esa costumbre cuando decidió con Vergés la publicación de sus ‘Obras Completas’. A partir de ese momento se dedica  a escribir todo en catalán, llevando así su destino como escritor por vericuetos diferentes a lo que la fama posterior, al modo de un curioso malentendido, le tenía preparado. Porque lo cierto es que en sus ‘Obras Completas’ los libros publicados en castellano se tradujeron al catalán, por lo que muchos pensaron que las ediciones de esos libros en castellano eran traducciones de un original catalán que nunca había existido. Es más, se ha dado el caso de libros escritos por Pla en castellano traducidos al catalán por Bardají que, posteriormente, fueron de nuevo traducidos al castellano. Un disparate.

Si  a eso sumamos que al mismo tiempo que se producían estas cosas  Josep Pla irrumpía en el panorama literario español gracias  a la traducción que el matrimonio Ridruejo realizó de ‘El Quadern gris’, un libro cuya versión era tan personal que hay que decir que en gran parte se veía hasta el estilo y el gesto anímico de Dionisio Ridruejo en esas páginas, el malentendido respecto a esa ingente obra y que dura hasta nuestros días estaba servido.  Josep Pla , por cierto, añadía más confusión si cabe a todos estos asuntos filológicos pero de cierta importancia porque se desatendía de ellos. Le importaba poco, por no decir nada. De hecho nunca corrigió pruebas. Así, los errores y las numerosas erratas de la edición de ‘Viaje a pie’, de Destino, era memorable: había incluso faltas de ortografía.

Tamaños malentendidos han salpicado la obra de Pla desde hace decenios y lo cierto es que poco a poco las aguas parecen volver a su cauce. De ‘El cuaderno gris’, Destino ha realizado una edición nueva de ese diario que, respetando la traducción de los Ridruejo, ha revisado más de tres mil términos mal empleados. ‘Viaje a pie’, por otra parte, se dirige justo en la dirección opuesta: dar a conocer una obra fundamental en la literatura de Pla, que es una literatura indiferente a la lengua ya que escribía indistintamente en los dos idiomas.

Pla fue amigo de Jaume Vicens Vives, con el que le unió un destino común en dar a conocer la cultura catalana desde la inmediata posguerra, “para levantar la autoestima de la gente”, como le diría Vicens Vives. Fruto de esa amistad, y por encargo del historiador, que le sugirió que la autoestima empezaba por la buena comida y que Pla debería escribir un libro de cocina ampurdanesa, es este ‘Lo que hemos comido’, que reedita ahora Austral justo al mismo tiempo que ‘Viaje a pie’. Así, en un corto espacio tenemos publicado en castellano dos clásicos de Pla referidos al Ampurdán: su visión de la comarca a pie y, de paso, un tratado sobre la cocina tradicional de la zona. Impagable.

Pla nos regaló una mirada deliciosa de la zona en sus años de juventud en ‘El cuaderno gris’ y allí aparece el Ampurdán del noucentisme, no muy diferente del Ampurdán ancestral, pero donde se apreciaba ya una incipiente industria del corcho e incluso un aleteo de lo que sería luego el Dorado del turismo. En ‘Viaje a pie’ el Ampurdán que refleja es ese mismo país pero cubierto con más miseria. Pla es hombre que parece rechazar la lírica, pero sólo rechaza la retórica. Se consideró siempre un realista y cuando decía esa palabra hay que suponer que miraba a la literatura del estilo eficaz de los años treinta, la de Hemingway, la de los Simenon, no en vano era periodista, fundamentalmente articulista. En el libro esa eficacia es esencial.

De ahí que este libro, como gran parte de los suyos, se apoyen en los pareceres salpicados de frases metafóricas que actúan al modo de aquellos cohetes tan queridos por Baudelaire y alimentados por José Bergamín: el aforismo como arma punzante sin necesidad de recurrir a la metáfora. Pla es sarcástico con sus paisanos, nunca hiriente, pero avisa en el libro de que no se deja engañar respecto a  la naturaleza de sus habitantes, “una clase antigua, estática, inconmovible” frente al hombre moderno, el de Barcelona, el que estaba instalándose ya en la comarca, “ un material humano standard”, en fin, una clase ensimismada en los placeres de la avaricia desde tiempos inmemoriales por lo que no tiene más remedio que cantar las virtudes del cura rural, la mayor parte de las veces el único humano dotado de sentido común en leguas a la redonda.

Merece la pena leer los dos libros. Nos vuelve, una vez más,  a descubrir el alto valor literario del patriarca de las letras catalanas.

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Tiara de San Genaro

tiara de san genaro

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San Genaro le gana la partida a la Corona británica

Encerrados hasta ahora en mudos compartimentos en un banco napolitano, se expone en la Fundación de Roma, en el Palacio Sciarria,  hasta el 16 de febrero próximo una de las colecciones de joyas más importantes del mundo, tan importante que, a su lado, las pertenecientes a la Corona británica y que son objeto de éxtasis por los turistas que contemplan estos brillantes objetos desde las vitrinas de la Torre, palidecen. Se trata de las joyas de San Genaro, patrón de Nápoles, obispo de Benevento, mártir, que vivió en la Roma de Diocleciano y fue decapitado en el año 305. La colección consta de 70 piezas de orfebrería de una rara belleza, todas muy barrocas, algo propio de las donaciones privadas de las que la colección se ha nutrido durante siglos.

Cruces finamente esculpidas, llenas de piedras preciosas hasta rebosar, candelabros, bustos, relicarios en oro, una estatua de San Miguel alanceando al dragón, en plata… por primera vez estas piezas han salido del Banco di Napoli, , de sus cajas fuertes, para ser expuestos al público. Y aunque el público romano no tiende tanto al recargado barroco como el napolitano, hay que decir que la exposición está siendo un éxito. El título de la muestra, ‘El tesoro de Nápoles: obras maestras del Museo de San Genaro’, contribuye  a ello, pues pese a su escueto modelo, sólo con citar Nápoles y San Genaro la imaginación popular se desborda: estamos ante uno  de los santos lugares de culto de Occidente. Lo que sucede es que últimamente se nos ha olvidado.

San Genaro, que pertenecía a una familia patricia dedicada a Jano, de ahí el nombre, goza de un culto fervoroso en Nápoles, del que es su santo protector. Para hacerse una idea de lo que significa ser objeto de fervor en Nápoles aconsejo darse una vuelta por sus calles guarras y fascinantes y toparse en una callejuela con una hornacina donde, junto  a una vela, se alza una fotografía de Diego Armando Maradona, también protector de la ciudad, al modo de un gladiador moderno, y venerado hasta la histeria. Si de un futbolista, aún vivo, suceden estas cosas, hay que imaginarse lo que se esconde detrás de un patrón protector desde hace siglos, un mártir que protege a sus habitantes de los seísmos y de las epidemias y las guerras, y donde, encima, dos veces al año, el 19 de septiembre, aniversario de su muerte,  y diciembre, aniversario de la fecha en que fue elegido patrón, la sangre del santo, contenida en ampollas, se licua ante una multitud entregada. Hay 25 millones de fieles que le veneran en el mundo. En Madrid poseemos una versión un poco más modesta de esta tradición, la de la sangre de San Pantaleón en el Convento de la Encarnación.

Me extiendo en esta disertación porque es la manera de entender la magnificencia del tesoro que se expone. Durante siete siglos el tesoro se ha enriquecido con objetos que Papas, Emperadores, reyes a secas, grandes familias de la aristocracia, pero también el pueblo de Nápoles han donado para que el protector siguiera ofreciéndoles su beneficio, reconocido no sólo en la tradición católica sino también en la ortodoxa. Para hacerse una idea de la devoción rayana en el paroxismo ofrezco un dato incontrovertible: nunca, a pesar de las guerras habidas durante los últimos setecientos años, se ha expoliado el tesoro. Habida cuenta que como relata Curzio Malaparte en ‘La piel’,  en Nápoles, en los años cuarenta,  se desguazaban, casi delante de las tropas aliadas, tanques norteamericanos para vender luego sus piezas en el mercado negro, el que no se haya perdido pieza alguna es significativo. Robar el tesoro es sencillamente un sacrilegio.

Hay estudios que sugieren que esta colección tiene un valor superior al de los objetos de la Corona británica o la colección del Zar, lo que es mucho decir. Emmanuele F. M. Emanuele, presidente de la Fundación Roma, cree que la colección posee un valor estratégico para Italia.  Por ejemplo, el hecho de que cuando José Bonaparte es proclamado Rey de Nápoles y Sicilia, en 1806, sí, nuestro posterior Pepe Botella, su hermano menor, Napoleón, le aconsejó que ofreciera al santo una espléndida cruz forrada de diamantes y esmeraldas, Más tarde, Joachin Murat, el cuñado de Napoleón, que sucede a José en 1808 y que reinará hasta 1815, regaló al Tesoro un relicario de oro, plata y rubíes por la buen acogida que le hizo la ciudad cuando fue proclamado monarca.

La joya entre las joyas de esta exposición es una mitra incrustada de piedras preciosas ofrecida hace trescientos años, en 1713, para adornar la cabeza del santo cuando se le pasea por las calles de Nápoles. Realizada en plata dorada por Matteo Treglia, cuenta con 3326 diamantes, 164 rubíes, 198 gruesas esmeraldas de Colombia y dos granates que la hacen brillar especialmente con las luces de los focos. Ciro Paolillo, comisario de  la exposición e ilustre gemólogo, atribuye a las joyas significados simbólicos obvios pero ahora olvidados, como que los rubíes representan la sangre de los mártires y las esmeraldas el emblema de la eternidad, mientras que los diamantes representan la fe.  Así, terminamos finalmente por entender la belleza refulgente, siempre refulgentes, de las piezas expuestas, incluso las menos beatas: el collar de San Genaro, que hizo Michele Dato en 1679, o el anillo real de María José de Saboya, esposa de Humberto II, que lo donó al santo porque en una visita que hizo a Nápoles, pillada por sorpresa y al no llevar regalo alguno, optó por desprenderse de su propio anillo. Esto sucedió en 1933. El mundo ya no era el mismo.

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Luís Cernuda y Rosa Chacel

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