Octavio Paz, las múltiples caras del ensayo

JUAN ÁNGEL JURISTO
 
No hay lugar aquí para ocuparse de su poesía, pero sólo por una cuestión de delimitación de géneros, pues la obra poética de Paz y su obra ensayística están tan inextricablemente unidas, se iluminan de tal modo, que es tarea de impostura intelectual intentar deslindarlas. Aun y así…
Ahora que se celebra el centenario de Octavio Paz convendría reflexionar sobre un aspecto de índole de educación intelectual, también sentimental, que con los años se engrandece y muestra su enorme carga solar. Hace muchos años aprendí con Walter Benjamin que un escrito adquiría, no sólo cierta categoría moral, sino también intelectual, cuando en él aparecía lo menos posible la palabra YO. Aun y así…

No me resisto a referirme a la importancia de la obra de Octavio Paz para las gentes de mi generación, sabiendo, por otro lado, que a las nuevas no les mueve el mismo fervor, y que no hay que dolerse por ello. A nosotros Ortega y Gasset nos pilló un poco a trasmano porque ayudó en gran medida a modernizar, bien es verdad que desde una óptica del Neoconservadurismo, algo que en España se entendió mal, su país en la década de los años veinte. La cuestión es que Ortega perteneció a una generación, la llamada del 14, que por si sola, de Marañón a Azaña pasando por Besteiro o Ramón, tuvo como meta esa modernización que impuso la obsoleta política de la Restauración pero sobre todo, la convulsión social y cultural de la Europa previa a la Gran Guerra. Ortega fue uno más, pero originó un modo de mirar a España que impregnó la política y cultura de su tiempo, desde Manuel Chaves Nogales, periodista de Izquierda Republicana y Corpus Barga a José Antonio Primo de Rivera. El espectro fue amplio.

A nosotros Ortega nos parecía ajeno, con una retórica muy similar a las que nos impregnaba todos los días la cultura oficial del franquismo, y la oímos igual sin darnos cuenta que era moda de la época y que los republicanos sonaban del mismo modo, pero más racionales. Y entonces nos llegó Octavio Paz, con la misma intensidad y del mismo modo que Borges o Lezama u Onetti, todos en el lote del boom, y ello gracias a gentes que estaban enteradas, los Carlos Barral, Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Jaime Salinas, y entonamos por primera vez la letanía de la modernidad en español gracias a ellos. Pero de todos aquellos latinoamericanos, salvando los espejeantes laberintos de Borges, fue Octavio Paz el que nos metió de lleno en la Modernidad, y una Modernidad que poco o nada tenía que ver con la de nuestros hermanos mayores, esa que pasaba por Alemania, Italia, París, la Escuela de Frankfurt, sino una Modernidad moderna, vale decir, abierta a todos, y cuando he puesto todos me refiero a todos, los aspectos de la curiosidad del hombre. Octavio Paz concibió la Modernidad como un sumergirse en la corriente constante de la vida a solas. Pocas veces se ha dado una definición más bella de la libertad, pero es ese a solas lo que le define. En verdad.

Sigo diciendo… leímos entonces ‘El laberinto de la soledad’, claro, donde no llegamos a entender la enorme carga de profundidad que en su país, México, ese libro representaba; leímos El arco y la lira y supimos lo que era definir la poesía desde armas justas; leímos ‘El mono gramático’ y se nos quedó una India tan intensa como la de Kipling y muy distinta, lo que es mucho decir, nada menos que la visión de la formación del lenguaje; leímos ‘Claude Lévi Strauss y el nuevo festín de Esopo’ y supimos del concepto de Otredad en los restos dejados por la Historia; leímos ‘Marcel Duchamp o el castillo de la Pureza’, en fin, el fin del arte moderno; leímos ‘El ogro filantrópico’ y supimos de los peligros del tutelaje del Estado pero sobre todo nos sobrecogimos con la belleza del título y lo ajustado del mismo; leímos ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe’ y contemplamos como la consecuencia del Barroco español podía ser causa de ciertas deficiencias latinoamericanas, entre otras cosas relacionadas con la Colonia; leímos ‘Hombres en su siglo’, y supimos lo que había en Octavio Paz del legado de Juan Ramón y de Ramón Gómez de la Serna, nuestros modernos más modernos de la Generación del 14; en fin, leímos ‘La llama doble’, libro sobre el amor, ¿para qué decir más?; leímos, ‘Vislumbres de la India’, donde ese inmenso país se adentra en la conciencia de un poeta, texto bello y sagaz donde los haya. Y, en medio, una antología que nos hizo descubrir un continente como Fernando Pessoa, amén de la versión de ‘Sendas de Oku’, del poeta Basho.

¿Se puede decir más? Se puede. No es poco decir que lo que para la generación de los treinta supuso Ortega, lo fe para nosotros Octavio Paz, porque la labor de divulgador del poeta mexicano es enorme, grande, inmensa. Y lo es porque su lenguaje es tan extraño, tan bello en su estilo, tan justo que no hay diferencia entre lenguaje culto y popular, los imbrica sin problema alguno, y esa retórica es la de nuestro tiempo, no la de Ortega. Y divulgador debe entenderse en este contexto pues leyéndole se aprendía porque su lenguaje era transparente, sencillo, con tendencia a la exactitud.

Dije antes que las nuevas generaciones no se fascinan, sí, esa es la palabra, con el legado de Paz. Y dije también que eso no es motivo de lamento. Y no debe serlo porque Paz consiguió lo que quiso, que aquello que pretendía darnos a entender pasase a formar parte de nuestro imaginario. Tengo para mí que los jóvenes no atisban la modernidad de Paz porque viven en ella, de una u otra manera. La India no les es ajena porque hasta las fruterías del barrio están llenas de indios y bengalíes que se las venden, ¿que decir, por otro lado, de la imbricación entre erotismo y amor, tan presente en su obra y ahora algo aceptado casi de antemano?

Creo que ese diluirse en la conciencia de los demás, haber aportado un poco a ese imaginario de ahora, es tarea reservada a pocos. Nosotros sabemos de ese nombre pero el nombre no es lo importante, sino su aportación. Cien años… Octavio Paz se nos ha convertido en un clásico. Uf.

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