Nueva York descubre a Rafael Guastavino

Juan Ángel Juristo
El Museo de la Ciudad de Nueva York rinde homenaje con una exposición titulada ‘Palacios para el pueblo: Guastavino y el arte del alicatado’, al hombre que hizo por la arquitectura interior de la ciudad más que ningún otro. Prácticamente no hay lugar emblemático de la misma que no cobije alguna bóveda hecha por él: desde la estación de metro City Hall, pasando por el Oyster Bar de la Estación Grand Central y por la cúpula que cubre la estación de acogida de emigrantes de la isla de Ellis, la entrada a América para millones de emigrantes de Europa durante decenios. Es la primera muestra dedicada a Guastavino, señal inequívoca de que en los Estados Unidos se están construyendo ya su propia historia, al modo europeo.
Y damos cuenta aquí de esta muestra porque Rafael Guastavino fue un arquitecto famoso, tan famoso que fue de los máximos responsables de que Nueva York se nos muestre tal y como la imaginamos. Pero no sólo por eso: Guastavino nació en Valencia en 1842 y se fue a Nueva York en 1881 como muchos emigrantes, lo que era una rareza ya que los españoles iban en masa a Buenos Aires pero dejaban a irlandeses e italianos el enfrentarse con los rigores de la América del Norte.

Cosas de haber tenido un Imperio, pero Guastavino era un rebelde, lo que ahora se diría un emprendedor, y fue a Nueva York porque se olió el negocio. Hay que decir que su mujer le fue infiel y que se fugó a Argentina con su amante, lo que a lo mejor propició el que Guasavino no se le ocurriera ni por lo más remoto ir a la capital argentina.

Para no caer en lo melodramático, hay que decir que Guastavino no llegó a la ciudad con una mano delante y otras detrás: en Barcelona había llegado a ser un arquitecto de cierto fuste y a él se deben obras como la fábrica textil Batlló o el teatro La Massa, en Vilassar de Dalt. Además conocía los Estados Unidos, porque había estado en la Exposición Universal de Filadelfia en 1876, cuando la ciudad conmemoró el centenario, entonces ya intentó encandilar a los americanos con las bondades de la bóveda ligera española, una bóveda ideada entre nosotros en la que se emplean materiales muy delgados pero de gran resistencia.

No sabía apenas inglés pero allí montó una fábrica de alicatados porque intuyó que todo estaba por construir. Como dato curioso conviene decir que cuando Guastavino llegó a Nueva York la estructura más alta de la ciudad era el puente de Brooklyn. Además, tuvo suerte porque el país estaba sumido en una gran depresión por el incendio de Chicago en 1871 y querían construir con materiales resistentes al fuego. Como además estaba de moda el estilo Modernista, floral, donde los colores combinaban a la perfección con los alicatados, para Guastavino fue coser y cantar: la fábrica le rindió unos ingresos considerables y entre él y su hijo, llamado también Rafael, se dedicaron, esto es literal, a alicatar la ciudad, a construir sus bóvedas, y de paso, realizar unas escaleras de caracol, las escaleras catalanas, que fueron novedad absoluta en una ciudad donde la novedad misma era novedosa.

Pero en estas cuitas siempre tiene que haber una mano protectora: Gaustavino construyó la bóveda de la Biblioteca Pública de Boston de la mano de la mejor firma de Arquitectura de la ciudad, la McKim, Med & White, y fue tal el éxito que fundaron al poco tiempo la Guastavino Fireproof Construction Company. A partir de aquí, doce oficinas de la empresa a lo largo de todo el país, encargos de más de cien obras, hasta tal punto que los mejores arquitectos de la ciudad construían edificios y en el lugar en el que querían que colaborase Guastavino con sus alicatados y bóvedas, escribían en los planos: ‘Guastavino here’, y punto. No se necesitaba más.

De ahí salieron maravillas: la estación City Hall, llamada “La catedral subterránea”, la cúpula de la iglesia de San Juan El Divino, las casas particulares de Rockefeller, Astor o Vanderbilt, que comenzaban ya ser los dueños del mundo, la maravillosa Pennsilvania Station, destruida desgraciadamente, así como algunas galerías del Metropolitan. Da igual: en Nueva York hay gente que va a la caza de Guastavinos: basta con mirar hacia arriba dentro de un edificio y a veces se encuentra alguna bóveda no catalogada… seguro que firmada por él.

La moda de Guastavino, que pasó al olvido cuando los colores del Modernismo dieron paso a la geometría del Art Decó, la otra fantasmagoría arquitectónica de Nueva York, comenzó el día en que George Collins, profesor de arte en Columbia, descubrió una escalera ante la Universidad que, decía, le recordaba a Gaudí. A partir de ahí tiró del hilo de la madeja y cayó en la cuenta de las decenas de bóvedas y alicatados del tal Guastavino. Eran los años sesenta y Collins descubrió a este hombre del que nadie recordaba nada porque el hormigón armado y el acero habían acabado con el alicatado y la memoria de los americanos en aquellos años, como mucho, estaba fiada en la Independencia y la Guerra Civil. Poco más.

Aun y así, Nueva York sigue siendo en gran parte obra de Guastavino: el zoo del Bronx, bellísimo, Prospect Park, Osyter Bar en Grand Central, el Carnegie Hall, el restaurante Wolfsgang, que perteneció al Hotel Vanderbilt, y escaleras, muchas escaleras, como las de la Universidad de Columbia.

Yo, sin ir más lejos, supe de Guastavino en 1990, cuando fui a dar una charla a Nueva York. Allí me enseñaron una escalera catalana y me dijeron que era de Guastavino. A partir de ahí me convertí en uno de los pocos españoles que supo de él, salvo los profesionales, claro. Guastavino… vayan a comerse una docena de ostras al Oyster Bar y miren al techo sin rebozo alguno. Se quedarán sin aliento.


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