Los fetiches de Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar

Juan Ángel Juristo / Madrid
Foto Onetti: Dolly Onetti / Casa América
Foto Onetti: Dolly Onetti / Casa América
‘Reencuentro con Onetti. Veinte años después’ , en Casa de América, en la sala Frida Kahlo, hasta el 16 de noviembre y ‘Cortázar Lector del mundo’ en la Casa del Lector, hasta el 11 de enero de 2015, son dos exposiciones sobre cachivaches de escritores que coinciden en Madrid, algo inusual ya que las muestras sobre objetos pertenecientes a escritores suelen ser cosa rara en Europa. De hecho, la coincidencia de estas exposiciones rebasa el ámbito de lo previsible para convertirse en acontecimiento, por lo que tiene de extraño. El visitante podrá, así, entre muchas otras cosas, contemplar la cama donde Onetti pasó los once últimos años de su vida y escribió, si no sus mejores narraciones, sí algunas de las más inquietantes, amén de ver en una vitrina ad hoc unas gafas pertenecientes a Cortázar y una pipa, muy corriente, lo que le otorga un aire de curiosa autenticidad, en la que el autor de ‘Rayuela’ gustaba fumar cuando no le daba a los Gauloises. Ya sabemos que a los degustadores de jazz de la generación de Cortázar les fascinaba fumar en pipa.
Visité las dos exposiciones por diversos motivos, pero unidas por la curiosidad si no de contemplar los objetos expuestos, si lo que ellos podían desprender de sus dueños. La cosa tenía todas las trazas de un experimento sobre el pensamiento mágico pero con sus razones ocultas. Durante años visité a Onetti varias veces en su casa de Avenida de América, alguna vez con motivo de la aparición de una novela suya, ‘Dejemos hablar al viento’, sin ir más lejos, pero otras porque quería verlo y me inventaba excusas piadosas porque este hombre inspiraba cierto respeto. Siempre abrió su casa, me refiero a Dolly, su mujer, y pasé momentos agradables donde primaba la admiración ante uno de los escritores que sigo considerando de los grandes del siglo pasado. Allí, frente a la cama y haciendo ángulo con un Gautama, uno fumaba, se tomaba un obligado whisky, qué si no, y departía, es un decir, con un hombre de pocas pero definitivas palabras. Estar con Onetti era cuestión de atmósfera. La exposición dedicada a él lo demostró con creces.

A Cortázar sólo le vi un par de veces y en saraos literarios. Admiré su figura rara y su mirada, sobre todo su mirada, amén de sus libros, sus cuentos, ‘Rayuela’, que prefiero no releer, ni creo que lo haga, sus ensayos, sus traducciones, su bonhomía… y fui a la exposición de Casa del Lector justo por lo contrario que a la de Onetti: porque nunca contemplé objetos suyos y sentía curiosidad… ya saben, pensamiento mágico.

Tengo que decir que las dos exposiciones son excelentes y que cualquier admirador de la obra de estos dos escritores haría muy bien en visitarlas porque es probable que nunca vuelva ver objetos personales de ellos. Primeras ediciones de sus libros, cuadros que colgaban de las paredes de su casa, el pasaporte, el diploma en que se le otorga a Onetti la dirección de la Biblioteca Nacional de Uruguay, la cama, ay, la cama, la máquina de escribir, donde metió tantas veces folios de los que salían palabras aladas, terribles, cartas, a Cortázar, precisamente, a Octavio Paz, a Gabriel García Márquez, a Mario Vargas Llosa, ya digo, las gafas de pasta, bellas, de Cortázar, sus libros de juventud, así, entre otros, ‘Ficciones’ de Borges, sus libros, ‘Los premios’, ‘Rayuela’, ‘Ceremonias’ que uno contemplaba con cariño mientras se decía: “Lo tengo, lo tengo”

Llevo todo el rato escribiendo sobre fetichismo y no me importa. Mientras, experimentaba esa melancolía de saber que estos objetos, sacados de una vida, dicen poco o nada y están más inertes que sus dueños. La cama de Onetti, por ejemplo, era una cama vieja, desvencijada, que con el escritor dentro adquiría aura, para emplear términos de Walter Benjamin que considero exactos, pero que sin su asiduo no dejaba de ser un trasto de segunda mano. Y los libros de su biblioteca, que podía ser la biblioteca de cualquiera de nosotros, incluso había desaparecido ese aire de casa de estudiante que tenía ese piso de Avenida de América…

Esto no es demérito de las exposiciones. Es la realidad del mundo y del juego de las apariencias. Sin embargo, salí reconfortado de estas muestras porque comprendí que pertenecían a un ámbito muy antiguo, al de las religiones paganas y del catolicismo, que se hallaba al mismo nivel que las exposiciones de relicarios, que me encantan, de las catedrales europeas, donde uno puede contemplar un hueso de San Mateo o una sandalia de San Pedro. Goce que les está negado a los protestantes porque realizaron una revolución moral, se atuvieron a lo escrito y de ahí a lo que unía a la sociedad, el himno y el Libro. Nada más. Pura desnudez.

De ahí que se me ocurre que si usted posee cierto espíritu protestante no visite estas exposiciones y se dedique sólo a leer las obras de estos dos escritores mientras averigua qué música les gustaba, en el caso de Cortázar la cosa es fácil y trate de escuchar esas piezas.Si, por el contrario, es usted afecto a la tradición cristiana católica, islámica e incluso hinduísta, vaya porque se encontrará con maravillas tan genuinas como en la tradición budista puede ser hallarse ante un dedo del pie del Maestro.

Un inciso: en las dos exposiciones no hay alusión alguna a la música salvo una foto de Cortázar dándole a un instrumento de viento.

Protestantismo: libros y música. Solo esto.

Usted elige.

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