Londres y la escandimanía. De nuevo, los vikingos

Juan Ángel Juristo / Madrid
Londres está que lo tira con la moda escandinava, a la que han bautizado como “escandimanía”. Tampoco es que dejaran de estarlo nunca, al fin y al cabo su origen literario es el ‘Beowulf’, pero las series de thriller escandinavo, ‘Borgen’, ‘The Killing’, han llevado a que los ‘cool’ coman galletitas de mantequilla con canela, al modo de las escocesas, y que sea de buen tono visitar en el British Museum la exposición ‘Vikingos: Vida y Leyenda’, que estará abierta en el museo londinense desde el 6 de marzo hasta el 22 de junio. Escandinavia vuelve a asolar las tierras del Támesis, pero esta vez no con barcos ni feroces guerreros con casco sin alas, sino con un legado cultural bastante impresionante. Londres, de nuevo, se ha dejado seducir.
 
Y en esa seducción, no cabe la menor duda, entra un componente anacrónico de puro imaginario moderno, donde el rock más heavy se combina con gestos tomados de la mitología nórdica. De hecho, el diario The Times, que ya no es lo que fue, tituló la muestra como “Los ángeles del Infierno de la Edad Oscura”. El título me parece impropio de tan famoso rotativo, aunque es bueno, pero acierta en una cosa: si quieres movilizar a los ingleses de hoy para que vean una exposición muy seria sobre arte vikingo, mete referencias actuales de violencia que les recuerden, de paso, escenas de ‘El Señor de los anillos’. Picarán como truchas ante una buena mosca. Así ha sido.

Porque la muestra no desmerece de la sacrosanta institución. Por lo pronto no hay un solo elemento audiovisual, toda una tentación, y lo que se exhibe, con ser enorme, es propio de arqueólogos, ya que la mayoría de las piezas consisten en objetos de artesanía y monedas, muchas monedas. Lo más espectacular: la armazón aerodinámica, que parece sacada de un estudio de diseño de Copenhague, de un barco vikingo hallado en 1996 en el fiordo de Roskilde, en Dinamarca. De hecho es el barco vikingo más largo que se ha encontrado hasta el día de hoy: una sola vela, como buen barco vikingo, 37 metros de eslora y una cabida para 37 remeros. Contemplando la maravilla es lícito pensar que llegaran a Groenlandia y, de ahí, en un pequeño salto, llegaran a Vinlandia, que es ahora Canadá.

El resto, digo, objetos decorativos. Algunos maravillosos, y nunca mejor dicho: un collar de oro que pesa casi cuatro libras, unos dos kilos, broches, muchos, monedas, las más, armas, como debe ser tratándose de un pueblo guerrero, y la sorpresa, un cofre vikingo del siglo X proveniente de York, que estaba lleno de monedas islámicas, rusas, irlandesas… de una rapiña en toda regla, que no empece el que contemplemos también una mandíbula de un guerrero vikingo. Si el exponer una mandíbula es sólo asunto de azar, lo dejamos al albur de cada uno, pero lo cierto es que sobrecoge. Da a entender que eran un pueblo hecho para morder.

Hay también muchos amuletos porque los vikingos era un pueblo que se drogaba con sustancias alucinógenas, en especial hongos de todo tipo. Son objetos que utilizaban las Völur, o brujas, y que han sido famosas a lo largo y ancho de toda la historia europea. De hecho en el primer episodio de ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’, nuestro Cervantes nos describe al protagonista llevado por los aires por una bruja transformada en lobo hasta Noruega. El realismo mágico recogido por nuestro escritor. Y el imaginario nórdico, extraño, maravilloso, atrayente, ya por medio, en pleno Barroco.

La muestra, por tanto, es estupenda y honesta, sobre todo honesta, lo que parece molestar sobremanera en el mundo de hoy. Sabido es que el arzobispo de Canterbury fue despellejado vivo con huesos de buey, el rey anglosajón Aelle fue desventrado y sus pulmones fueron colocados como alas por mano del vikingo Ivar, sabido es que cometieron tantas tropelías que horror y vikingo eran sinónimo hasta antes de ayer mismo, y no sólo en Inglaterra e Irlanda, que los sufrieron en grado sumo, sino en España, Francia, Italia y el Imperio Bizantino, pero nada de esto nos habría sido legado sino fuera por las crónicas anglosajonas. El British por tanto, con inteligencia muy británica, ha ofrecido aquello que ha sobrevivido de ese pueblo que el esnobismo de Borges quería se llamasen vikings, lo que ha sido criticado por colegas de los diarios británicos. Para Rachel Campbell Johnston, de The Times (ese diario ya no es lo que fue), la muestra es demasiado intelectual, mientras para The Guardian es sencillamente adormecedora.

Pero los responsables del Museo saben defenderse. La última de las salas, la recién inaugurada Sainsbury, está dedicada a demostrar que los vikingos, bien es cierto que eran un poco salvajes, abrieron rutas comerciales impensables en aquellos años y que esas rutas ayudaron a globalizar la economía gracias al comercio que generaron. Y con ello los convierten en un poco más británicos, pueblo marítimo y comercial donde los haya, después de los atenienses, claro. Aquí el imaginario actual ha funcionado a todo trapo: salvajes, sí, como los hooligans de los domingos de las ciudades británicas, pero, luego, gentes a los que gracias a sus incursiones la cultura, el intercambio comercial, se incrementó hasta límites insospechados.

El que los vikingos realizasen hazañas descomunales en sus búsquedas les semeja a los hacedores del Imperio. ¿Qué pensar de unos tipos que se topan con Bizancio y fundan Kiev, era la tribu de los Russ, para comerciar con pieles teniendo como ruta el río y de paso, dar origen a Rusia? Lo de Ucrania vino después.

Convendría hacer una comparación entre la exposición inaugurada en Londres y la que tuvo lugar en Venecia hace unos años. No por lo que contienen, sino en lo referente al imaginario. No olvidemos que Venecia fue ciudad de marinos y comerciantes. También.

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