Llegó el comandante y mandó a parar

Juan Ángel Juristo – VIERNES, 19 DE DICIEMBRE DE 2014

El reciente anuncio del comienzo del final del bloqueo económico a Cuba que decretó Eisenhower va a tener una enorme trascendencia para la cultura cubana, pues la isla, que fue siempre país de enorme producción musical, artística y literaria, miró siempre a los Estados Unidos con semejante avidez que a Francia. Esto en el terreno de las élites culturales, pues lo popular se reflejó siempre en el ejemplo de una tierra que se halla a escasas millas de donde ellos se encontraban. El ejemplo, el lenguaje. Key West-Cayo Hueso. ¿Hay caso más pertinente, hermoso?

Pero la Revolución cubana se metió de lleno en el Gran Juego de la Guerra Fría, y aunque el comienzo fue clamoroso, prácticamente la izquierda occidental en bloque hizo de la Revolución el símbolo moderno de la renovación cultural, los años fueron decantando un proceso de anquilosamiento que merecería la pena revisar, proceso de decadencia que ha llevado en los últimos años a cotas donde la presencia de la cultura cubana en el exterior ha sido casi inexistente.
Y si bien es cierto que la cosa tiene mucho que ver con avatares en los que Cuba no ha estado involucrada, desde luego no como actor principal, como son la caída del Muro o procesos como el posmodernismo o el auge de las tecnologías de la información, la verdad es que ese anquilosamiento tiene mucho que ver con procesos inherentes al régimen cubano y que poco o nada tienen que ver con el exterior.

Digo. Los comienzos fueron clamorosos, y fenómenos como el boom y el Premio Casa de las Américas propiciaron un ambiente casi eufórico para la cultura cubana en los años sesenta, el regreso, sin ir más lejos, de Alicia Alonso y la fundación del Ballet Nacional de Cuba, el paso por la isla de cuanto intelectual europeo de izquierdas se preciara, incluyendo a la pareja Sartre – Beauvoir… pero llegó el caso Padilla y el gigante de al lado reaccionó llevándose, poco a poco, cualquier recuerdo de lo mejor de la cultura literaria de aquellos años, porque no podemos olvidar que aunque gentes como Lezama Lima o Eliseo Diego o Alejo Carpentier no se fueron, las razones eran íntimas y en íntimas se quedaron. Salvo en el caso de Carpentier, lo cierto es que cualquier atisbo de renovación de las letras cubanas se daba ya en el exilio, donde se encontraba casi la mitad del país. Así sucedió con Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas o Jesús Díaz. Pero, además, los archivos de buena parte de los escritores del boom que saludaron con pasión a la Revolución se encuentran en Texas y Iowa: Gabo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso… la táctica de Carlos Barral, que había leído con delectación a Gramsci, se quedó en agua de borrajas.

Y si bien la música tuvo mejor suerte, aunque los grandes -Paquito de Rivera, Cachao, Bebo Valdés, Celia Cruz, Arturo Sandoval- se largaron como pudieron, sobre todo por cuestiones de supervivencia. Castro cerró los garitos donde actuaban gentes como Nat King Cole o Sarah Vaughan. Más tarde, los Miami Sound Machine, capitaneados por dos genios del marketing, Emilio y Gloria Estefan, intentaron una especie de renovación de la cantautoría con la invención de la Nova Trova, que dio dos o tres buenas canciones y poco más, y por cuestiones de mera presencia, tuvieron que dar cancha a los viejos troveros, los de Santiago. Pero, entonces, ya estamos en los años en que Fernando Trueba los descubre y quiere consagrarlos, auge que dura hasta que se mueren la mayoría por edad avanzada en poco tiempo. Mientras, los jóvenes esperan épocas mejores y realizan un hip hop interesante por el que ninguna empresa extranjera se interesa, ya que los turistas siguen prefiriendo el tópico de las bailarinas del Tropicana. Y eso hasta hoy.
En cuanto a las artes plásticas, hace tiempo que pasaron a Miami, porque el mercado del arte está condicionado por los vaivenes del capitalismo puro y duro. El cine es lo único que, gracias a Gutiérrez Alea, tiene cierta entidad en el país. Pero el cine necesita dinero y espectadores. Durante un tiempo, por lo menos en España, logramos ver los dibujos animados de vampiros que hicieron los cubanos. Magníficos.

Sólo subsiste el Ballet Nacional, con un elenco masculino de lo mejor del mundo, y tiene gracia que los regímenes marxistas pasen a la historia en el terreno artístico por ser grandes mecenas de ballets: caso de los rusos, de los chinos y su Ópera de Pekín, y, también, de Cuba.

Y, sin embargo, la isla es un hervidero. Estoy expectante por ver que depara el futuro a la isla en un océano de banalidad calculada. Con los cubanos nunca se sabe: al fin y al cabo son de la patria de Martí, de Lezama, de Ángel Gaztelu y de tantos artistas innumerables. Esperanza. La palabra de moda ahora con este anuncio de comienzo del final del bloqueo.


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