La vida es algo más que una viuda

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Este jueves, en el Museo Guggenheim de Bilbao, se ha inaugurado la retrospectiva ‘Half a Wind Show’, que reúne más de doscientas piezas de la artista conceptual Yoko Ono, una mujer que perteneció al Grupo Fluxus y mantuvo un estrecho vínculo con artistas como John Cage. Se trata de instalaciones, objetos, filmes, audios, textos sobre sus performances, tratadas cronológicamente, de manera que se muestra la obra prácticamente completa de esta artista conceptual, desde 1960 hasta hoy. Es, pues, una muestra insólita de una de las artistas más valoradas en su campo pero cuyo interés mediático, por ser la mujer y viuda de John Lennon, ha oscurecido su labor como artista. La exposición trata de paliar ese desconocimiento.
Lo que el visitante va a encontrar, además, necesita una inmersión real en lo que significa lo conceptual. Yoko Ono es artista en la que la idea domina sobre el objeto material, de tal manera que esas ideas, teñidas de poesía, muchas veces utópicas, no se pueden llevar a cabo; otras sí, son realizables, y en ocasiones existen solo en la intención, nunca han logrado materializarse. De ahí que tengamos que vérnosla con partes que son casi pura interpretación de obras no existentes.

En cualquier caso, Yoko Ono basa su arte en las directrices que ofrece al espectador implicando a éste en un proceso activo que las artes convencionales no le prestarían. Si a esto añadimos que Yoko Ono posee una intencionalidad social muy aguda en todo lo que hace, podemos comprender que sea artista incómoda y poco visitada. En cierta manera la fama se ha vuelto contra ella: de ahí que sea necesaria una mirada sobre esta obra como la que el Guggenheim nos ofrece.

La exposición es una de las más esperadas de los últimos tiempos dentro de la programación de la institución bilbaína. Antes de la apertura Yoko Ono ofreció a un selecto grupo de cuatrocientas personas, amigos y componentes del Patronato que estaban expectantes por asistir a lo que se había programado como un acontecimiento social, tres performances ya antológicas, cuya presentación necesitaría, por aquello de narrar el ambiente que las rodeó, de la agudeza y mala leche de un Truman Capote al que podríamos añadir el consciente y solapado esnobismo de Tom Wolfe.

Como no somos anglosajones y el ambiente social de Nueva York y de Bilbao distan mucho de asemejarse, nos quedamos mudos y optamos por explicar el contenido de lo que vieron los cuatrocientos elegidos.

Estas tres performances fueron creadas de nuevo para la ocasión, así que la expectación entre los asistentes terminó convirtiéndose en la convicción de que estaban ante algo único, sin saber probablemente que cualquier performance lo es. En cualquier caso, Yoko Ono realizó dos de ellas ya legendarias, ‘Pieza cielo para Jesucristo’ (Sky Piece to Jesus Christ) y ‘Pieza Promesa’ (Promese Piece) y la más reciente, ‘Pintura de acción’ (Action Painting), creada para el Guggenheim.

En ‘Pieza cielo para Jesucristo’ un grupo de voluntarios van envolviendo con vendas a los músicos de una orquesta de cámara, mientras estos ejecutan una pieza musical. El resultado es obvio: al final no pueden seguir tocando. Algo, por otra parte, que el cine porno ha explotado con planteamientos similares pero resultados distintos, hasta la saciedad. Recuerdo una película que proyectaban en el cine más guarro de la calle 42 de Manhattan, eran los años setenta, en la que un violinista, sin dejar de tocar, desnudaba a la pianista y hacían el amor mientras la música no dejaba de sonar. Yoko Ono piensa de otra manera. La clave está en los vendajes.

‘Pintura de acción’ fue creada hace dos años. En esta ocasión, para Bilbao, se han colocado muchos más lienzos que en la primera versión, once, con unas medidas de dos metros por uno. Yoko Ono pintó en ellos con tinta ‘sumi’, es decir, la tinta china que iba elaborando, de tal manera que controlaba en todo momento la fluidez y textura de la misma.

‘Pieza Promesa’ se ejecutó por primera vez en Londres en 1966. En aquella ocasión Yoko Ono rompió un jarrón e instó al público asistente a que recogiera las piezas rotas y recompusieran de nuevo el jarrón pegando sus trozos, para una cita que abría que llevarse a cabo a los diez años. No tenemos noticia de si hubo lugar para ello, pero tampoco importa. En cualquier caso, para esta ocasión se han traído dos jarrones, uno de los cuales permanecerá intacto.

La retrospectiva, que ocupa la tercera planta del Museo, nos da una idea de lo que ha proyectado a lo largo de cincuenta años de profesión. Tiene ya ochenta y un años esta mujer dedicada a la crítica de los estamentos convencionales, esta mujer ligada a los movimientos feministas y pacifistas, esta mujer que embarcó en una campaña mediática a John Lennon consiguiendo que la canción que compuso (‘Give peace a chance’) se convirtiera en estandarte del movimiento por la Paz,

Habría que decir que hay en su obra muchos elementos tomados de la tradición oriental. Por ejemplo, en muchas de sus obras se encuentra la palabra ‘participa”, y si bien podemos asignar a esa palabra una orden para que el público se muestre activo y vigilante ante lo que se va a encontrar, también es cierto que esa actitud de obra abierta bebe directamente del espíritu del zen, incitando al espectador a reflexionar y a creer en el potencial de su propia mente.

Esa insistencia en la participación es primordial en la obra de la Ono, y tan esencial que ya en la entrada a la retrospectiva hay una pieza llamada ‘Entrada’, que es una instalación arquitectónica que consiste en una puerta giratoria de cristal y una cortina que da la bienvenida al espectador a la muestra.

Como curiosidad habría que decir que esta muestra incluye la obra ‘Pintura de techo’, que Yoko Ono presentó en la Galería Indica de Londres en 1966. En ella se invita a que el espectador suba mentalmente por una escalera en la que, al final, se encuentra una lupa con la instrucción “Yes”. Fue en aquella exposición donde Yoko Ono conoció a John Lennon.

Dentro de las performances, de las que Yoko Ono es considerada artista de excelente factura, se encuentra la legendaria ‘Pieza corte’, realizada en 1964 en Kioto: en una sala la artista en cuclillas invita al espectador a que suba al escenario y corte con unas tijeras partes de su vestido.

Hay que felicitarse por una retrospectiva como la que presenta el Guggenheim. Yoko Ono ha debido sentirse también muy feliz pues ha llegado a afirmar en la presentación que le gusta más la sede de Bilbao que la de Nueva York.

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