La suntuosa luminosidad del Veronés, en Londres

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Al final no ha podido ser: ‘Las bodas de Caná’, debido a sus grandes dimensiones, que hacían inviable su traslado, se ha quedado en el Louvre, pero la National Gallery de Londres inaugura su magna exposición dedicada a Pablo Veronés con 50 de sus cuadros, realizando un recorrido por toda su producción. La muestra, titulada ‘Veronese. Magnificence in Renaissanse Venice’, se alojará en el Museo londinense hasta el 15 de junio. Los aires de Venecia, la ciudad que muchos concebían sólo a través de la pintura que esa atmósfera engendró, se encuentra con otro aire, el de Londres, mucho más tamizado pero igualmente deseoso de los colores brillantes. No olvidemos la manía que ha tenido la Tate por colocar en sus salas los colores enormes, chillones del último Matisse.
Pero bien puede decirse que salvo esa obra maestra, la mayor parte de la producción más excelente de Veronés se encuentra ahora en Londres. Tan expectante se ha mostrado el público ante el acontecimiento que el Museo ha habilitado siete de sus salas dedicadas a las colecciones permanentes en el primer piso con el fin de dar a conocer todos los aspectos de su obra: retratos, retablos, cuadros mitológicos, alegóricos… En estos 50 cuadros, por tanto, asistimos a los inicios del maestro, luego a sus cuadros de madurez hasta llegar al ocaso. Lo que no se hizo en otra gran retrospectiva del Veronés, esta vez en el palacio del Luxemburgo, en París: fue en 2004 y no se les ocurrió otra cosa que prescindir de los cuadros de tema religioso. Algo inexplicable pues no se concibe esa época sin ese tema, no sólo esencial, sino obligado. ¿Nos imaginamos una exposición de Zurbarán sin religión? ¿o de Rubens, incluso?

Desde luego una de las joyas expuestas es la ‘La familia de Darío frente a Alejandro’, que fue la primera obra adquirida por la National Gallery del pintor, la fecha, 1826, prueba la afición de los ingleses por esta pintura que ilumina de fulgor cualquier claroscuro, pasión que siempre tuvieron por este discípulo de Tiziano y rival del Tintoretto, nacido en 1528 y muerto sesenta años más tarde. Los cuadros expuestos dejan ver muchas cosas. Por ejemplo, la influencia sufrida por un padre que se dedicó a la talla en piedra. Así, la luz, que parece girar alrededor de las columnas corintias, hace restallar los mármoles de su Verona natal.

Y luego el tratamiento de los cuerpos, a lo Miguel Ángel, prueba inexcusable de su inmenso aprendizaje y de lo acertado del asunto, con sus movimientos complejos, teatrales… Y, claro, el tratamiento netamente veneciano de los vestidos: amarillo limón, amarillo brillante, verde manzana, rojo bermellón, rosa…

Veronés fue influido por la una familia que en su día ejercieron como marchantes de ropa, y es natural que el pintor brille en los terciopelos, en los brocados… hay un vestido que pasa por ser el más bello pintado por él, el de Santa Catalina, lleno de arabescos en azul y plata, del cuadro ‘Desposorios místicos’, que ha llegado de la Academia de Venecia. ¿Y la capa más bella? Nos arriesgaremos: quizá la que lleva Severo de tulipanes y amapolas…

Pero no sólo Veronés es plasmación de colores en vestidos, en el movimiento de los cuerpos tan acertados. Hay retratos de figuras enteras, como los de Livia da Porto, que está con sus hijos, que es una delicia: venido de Florencia, los hay procedentes de Baltimore, o de Paris, como ‘Los peregrinos de Emaús’, del Louvre, éste sí, que poseen otras rasgos, fijémonos para admirarlos, los colores oscuros y los negros que enmarcan a San Antonio, el cuadro llegado de Caen, uno de los mejores lienzos expuestos.

¿Y que decir de ‘La bella Nani’, esa rubia que parece era su mujer, o una cortesana, o las dos cosas, pero que el Louvre se siente orgulloso de poseer como el más preciado tema bíblico; al lado, un gentilhombre barbudo que viene de los Pitti, de Florencia, con un mantón de lince que es fascinante… parece Tiziano en su majestad y eso es mucho decir.

Luego los enormes frescos bíblicos: ‘El martirio de San Jorge’, un cuadro enorme y terrible de cuatro metros de altura donde en su cúspide aparecen la Virgen y el Niño por encima de las nubes. Este inmenso cuadro no había sido descolgado de la sala donde estaba desde hacia 200 años; también las dos ‘Adoraciones de los Magos’, ambos de 1573, uno perteneciente a la National Gallery y el otro proveniente de Santa Corona, en Vicenza. Ambos cuadros nunca se habían expuestos juntos por lo que bien podemos colegir que la última vez que se hallaban uno junto al otro fue antes de salir del taller del Veronés.

Hay cuadros, en este recorrido, que acentúan la sensación de lo que Rubens debe a Veronés; en ‘La Alegoría del amor respetuoso’, por ejemplo, o en ‘Venus, Marte y Cupido’, o incluso en ‘Perseo y Andrómeda’ … hay también un ‘Cristo y un centurión’, que viene de nuestro Museo del Prado, que se distingue por unos cielos verdes clamorosos.

En suma, una exposición que hace ver en todo su esplendor la obra de este pintor, una obra versátil que contribuyó como pocas en ese época a cierta autonomía de la obra de arte respecto a los temas impuestos por la religión. Veronés, pues, como origen de cierta Modernidad. No olvidemos sus verdes un tanto surreales, y tonos que recuerdan a Watteau, Tiepolo, Delacroix…


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