La previsible y miserable reivindicación de Antonio Machado

Por previsible no deja de ser noticia plena de aburrimiento y proclive al bostezo. Desde que en Colliure, con motivo del 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado, se le rindieran homenajes varios, desde lecturas de poemas a conferencias, visitas a los archivos de la Fundación que lleva el nombre del ilustre muerto, conciertos… En España, como siempre, el homenaje ha sido raquítico, desde una RTVE que emitió un programa tan abstracto que se omitieron todas las referencias concretas a su muerte, hasta un comunicado bastante sutil del consejero de Educación, Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, en el mismo Colliure, pidiendo que sus restos vuelvan a Sevilla aunque matizando que “antes deberían recuperar su recuerdo, ya que se necesita que no sea un ilustre extraño entre los vericuetos que llevan hasta la calle de Dueñas, sino uno de los referentes indudables del patrimonio literario sevillano”.

El caso es que el consejero Luciano Alonso ha citado los ejemplos de Gustavo Adolfo Bécquer y de Luís Cernuda y ha llegado a decir que el padre de los Machado llegó a ver delfines en las aguas del Guadalquivir para reivindicar su petición de que los restos del ilustre poeta descansen en Sevilla, pero sobre todo, y esto es importante, ha cargado las tintas, es lo único interesante que se deduce de su discurso, por otro lado plagado de retórica oficial, contra la ciudad de Baeza, en Jaén, es decir, Andalucía, es decir, la comunidad autónoma que representa, porque han convertido a Machado en un emblema local por el hecho de que estuvo impartiendo clases y reivindican lo mismo que Sevilla, llevarse los restos del muerto a su localidad con ánimo escondido de que el turista, con necrológico afán, incremente las visitas a esas localidades y, de paso, tener la excusa para arrebatar a Colliure los fastos de las conmemoraciones.

Puestos, si Sevilla demanda los restos porque allí nació, y Baeza porque allí impartió clases, se me ocurre, por aquello de incrementar el caos y la pachanga nacional, que Segovia haga lo mismo, lo mismo Madrid, porque estuvo una temporada viviendo en la calle Fuencarral y, desde luego, lo mismo Soria, tan importante en la conformación del paisaje en sus poemas.

Pero ese hilo conductor del sentido común no ha arredrado al consejero que junto a Machado ha citado a otros ilustres andaluces que de una manera u otra fueron perseguidos por alzar su voz a favor de las libertades: María Zambrano, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Manuel de Falla, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Francisco Ayala, Juan Rejano, Adolfo Sánchez Vázquez… se nota que el consejero iba pertrechado de nombres, por aquello de arropar a don Antonio en tan ilustre tierra. También arremetió contra el Gobierno de don Mariano Rajoy porque no había mandado representación institucional alguna a Colliure, algo por otra parte también previsible porque el muerto aún no tiene categoría de padre de la patria oficial porque, y esto es lo increíble, aún sigue siendo personaje incómodo. La verdad es que ni falta que le hace.

Michel Moly, que es alcalde de Colliure y presidente de las Ciudades Machadianas, entre las que están incluidas Baeza y Sevilla, ha matado dos pájaros de un tiro, ‘savoir faire’, y se ha limitado a elogiar el papel que ha jugado Andalucía en la memoria viva del poeta, sabiendo que el consejero ha afirmado que antes habría que desbrozar el camino del poeta en su ciudad natal, lo que equivale a decir que Colliure puede estar tranquila, que cumplirán los fastos del centenario de Machado y que él ha venido allí a dejar constancia institucional. Los dos depositaron un ramo de flores ante la tumba del poeta y de su madre, Ana Ruiz.

Una vez más, Machado, no es el único, es la excusa para que los políticos aireen sus pequeñas mezquindades. Resulta, sin embargo, amargo que sea en la tumba de aquel que mejor describió y criticó tales comportamientos patrios. Ay, Juan de Mairena.

Colliure se prepara para celebrar el centenario como deber ser y pretende comprar el edificio de la pensión Quintana, donde el poeta murió, y que los posmodernos llaman Hotel Quintana, por aquello de la categoría, para instalar allí la Fundación Antonio Machado. Ni se les pasa por la cabeza dejar que los restos del poeta se trasladen a otro lugar. Al fin y al cabo no tuvieron en toda su historia un visitante más ilustre y, ya se sabe, los franceses son maestros en eso de sacar rendimiento a la cultura. Pero saben defenderla.

Añoramos aquellos tiempos en que se acercaban los poetas y los lectores apasionados de don Antonio a rendirle homenaje. En aquellos tiempos, doy fe, Alfonso Guerra era un cautivo de la palabra de don Antonio. Era una relación entre un creador y su admirador. Hoy solamente nos sería dado pensar que era cosa del paisanaje y la oportunidad. Miseria.

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