La Bienal de Sao Paulo, el viaje como transformación

Juan Ángel Juristo / Madrid
Sheela Gowda
Sheela Gowda
En septiembre se inaugura la 31ª edición de la Bienal de Sao Paulo, después de Venecia la más importante del mundo, algo que aún se tiene en cuenta en un tiempo en que se contabilizan más de sesenta bienales y trienales esparcidas por doquier cada año, desde Lyon a Berlín, desde Kiev a Sydney, de La Habana a Gwanjyu, ciudad que se halla en Corea del Sur. Este año la Bienal acoge trabajos de artistas plásticos, arquitectos, coreógrafos, compañías de teatro, hasta sociólogos, bajo un tema común, el viaje como modo de transformación del mundo. Es tema idóneo para la Bienal de un país que fue descubierto en 1500 por Pedro Álvares Cabral, y que cuya identidad se ha debatido entre la supremacía europea, la idea de mezcolanza y un indigenismo marginal, como se vio en la ‘Mostra del Redescubrimiento’, realizada en 2000 en 13 exposiciones que pusieron en solfa la idea de la supremacía de los valores occidentales.
Y es que Sao Paulo sigue siendo Sao Paulo desde que en 1951 el industrial italo-brasileño Ciccillo Matarazzo la crease copiando el modelo de la Bienal de Venecia, que data de 1895, y la celebrase cada otoño de un año par. Es una Bienal modélica, a lo que contribuye su estética futurista, su calidad y ser referencia esencial en el arte que abarca todo el continente latinoamericano. En 1957, La Bienal de Sao Paulo adquirió sus señas de identidad como paisaje al inaugurar el Pabellón Ciccillo Matarazzo, en el corazón del Parque de Ibirapuera, una construcción que consta en los anales de la arquitectura del siglo XX y que realizaron Oscar Niemeyer y Helio Uchôa. El contenido estaba claro: mostrar y crear las tendencias del arte contemporáneo, tendiendo un hilo a lo monográfico, tal y como se realiza en la Documenta de Kassel, otra referencia obligada en el mundo del arte, pero también abierto a cierta improvisación, tal y como se espera de un continente tan variado como en el que sienta plaza.

El visitante podrá, pues, desde el 6 de septiembre, después de lograr superar la sensación de contraste proveniente del Arsenal y de los Giardini venecianos, claramente de otra época, imbuirse de modernidad utópica, y, de paso, enfrentarse a la idea del cambio gracias al tema, el viaje a través del mundo del arte y a ese imaginario popular que quiere otorgar al artista el poder de lo visionario, cómo no.

El programa de este año promete: hay, por ejemplo, unas secuencias de video hechas por el artista chileno Juan Downey que en los años ochenta filmó toda una travesía por América y sus pueblos indígenas. Esos videos pueden confrontarse, y sería de un interés enorme, con las investigaciones de la Ruta Transamazónica que ha realizado Romy Pocztaruk, nacido en el año 83 en Porto Alegre, y que frecuenta la fotografía, es un ‘videoasta’ muy famoso y un artista de la performance consagrado, como se vio en la obra que expuso en la Galería Sim en la Feria ARCO de Madrid de este año.

Hay retratos móviles hechos por la artista bosnia Danica Dakic, de Sarajevo, que se plantean la cuestión de la identidad en un mundo hecho de guerra, violencia, destrucción y posterior exilio. Un video, ‘Cité’, que realizó en la Cité radieuse de Le Corbusier, fue un éxito en el Festival de Marsella el año pasado, y parece ser que estos retratos no le van a la zaga respecto a excelencia y espectacularidad. Por otra parte, Armando Queiroz, un joven artista de Belém do Pará, experimenta con el cuerpo, algo que parece recurrente en estos tiempos: la obra que presenta se perfila en un espacio muy sutil que roza el ‘performing’ y la fotografía. Estaremos atentos.

Y lo estaremos porque esto del cuerpo posee sus artistas indiscutibles. Uno de ellos es Lygia Clark, la reina brasileña de esta temática, que fue alumna aventajada en los años 50 de Fernand Léger, y que es ahora la artista que mejor sabe utilizar las máscaras y los vestidos, dentro de lo que ella denomina un nuevo equilibrio cuerpo-espíritu realizando ejercicios colectivos que conducen siempre a la exploración del psiquismo. El Museo Reina Sofía, primero, y más tarde, la Serpentine de Londres, rindieron homenaje en 2011 a esta artista mostrando su obra ‘Túnel’, de 1973: un vídeo donde se presentaba a una joven metida en un túnel revestido de tela de 50 metros de largo.

Lo ‘Trans…’, es decir, la transexualidad, la transgresión, la trascendencia, será tema de búsqueda en las películas de Virginia de Medeiros, nacida en Bahía. También de los israelíes Nuritt Sharett y Yael Bartana, y nuestro José Val de Omar, una de estas figuras, algo tan propio de nuestro país, preteridas hasta la exasperación y rehabilitadas casi siempre fuera de nuestras fronteras.

Una Bienal que no olvida el legado más volcado a lo poético: la instalación de Cildo Meireles, las coreografías de Lia Rodrigues, del libanés Walid Raad y de la india Sheela Gowda. Una Bienal que desde hace sesenta años no ha perdido su lugar de referencia en el mundo del arte. De ella nos separa el verano.


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