Julián Marías, el maestro sin cátedra

Juan Ángel Juristo
El miércoles 17 de enero, día de la abdicación de Juan Carlos I, se cumplió el centenario del nacimiento de Julián Marías, uno de los ensayistas españoles más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y un auténtico faro de cierta luminosidad en la noche de la posguerra española. Esa misma luminosidad, que era luz heredada del pensamiento español de la primera mitad del siglo, bastante fecundo en personajes e influencias foráneas, no se le perdonó por algunos y la gente de mi generación, por ejemplo, una generación que ronda la sesentena, aprendimos entre otras paradojas que, por un lado supimos lo que dio de sí la filosofía occidental en su libro ‘Historia de la filosofía’ y, por otro, pertenecimos a esos grupos que acostumbrados a oír la eterna cantinela de que Ortega le había dicho en un aparte, ya en el lecho de muerte, “Julianito, no pienses”, y preocupados por la ensayística anglosajona y francesa, eran los tiempos de los situacionistas, de Roland Barthes, Foucault y demás, ni siquiera nos detuvimos a pensar de donde provenía aquel ninguneo tan extendido a la figura del filósofo y, desde luego, lo ignoramos.
Y eso que, en versión reducida, supimos de ciertos rudimentos del rigor en ‘Historia de la filosofía y de la ciencia’, que escribieron Julián Marías y Pedro Laín Entralgo y que era libro de obligada lectura para aprobar el PREU. Otros tiempos, sí, pero injustos por el devenir histórico del país, y es de tal manera que parece un milagro que celebremos en la prensa de hoy día el centenario del nacimiento del ensayista. Tantos años fue reducido al silencio.

Por una derecha, desde luego, que no perdonó su adscripción liberal, él, que era hombre religioso y de los que acudía a misa hasta el punto de que fue atacado a la salida de la iglesia del barrio de Chamberí, donde vivía, cuando tenía casi noventa años, y que fuera discípulo fiel de Ortega y Gasset, un demonio conservador para un país tradicionalista, y, no podía ser de otra manera, por una izquierda que hizo borrón y cuenta nueva de todo lo que no perteneciese a su onda o les interesara como compañeros de viaje. Julián Marías, en este sentido, como tantos otros, como Manuel Azaña, como Besteiro, como Negrín, como el mismo Ortega que ingenuamente apoyó a Franco pensando que se encontraría a salvo y fue utilizado por un Régimen que necesitan apoyos como el que representaba su nombre para ser luego abandonado con cierta inquina, fue víctima insoslayable de su propio país.

De ahí que sea ocasión propicia para resaltar su figura, la vastedad de su obra, he contabilizado unas setenta obras de variada fortuna y condición pero ninguna que no mantuviera una dignidad intelectual que les ha sido otorgadas a obras menores en mucha mayor medida que las que Julián Marías escribió, su magisterio, él, que fue maestro de liberalismo cuando esta palabra no significaba lo que significa ahora, en una sociedad que rechazaba ese magisterio y del que él se adelantó cuando rechazó la cátedra oficial y fundó el Instituto de Humanidades con Ortega y Gasset en 1949, de corta duración, pero origen del Seminario de Humanidades, por donde pasaron Carmen Martín Gaite, Miguel Artola, Gonzalo Anes…

Julián Marías, a los que nuestra generación ubica en el ABC, se estrenó en el ABC republicano defendiendo a Julián Bestriro, que había sido maestro suyo, y la postura del Consejo Nacional de la Defensa, del General Miaja. Después de la guerra fue denunciado por ello por Carlos Alonso del Real, un íntimo amigo suyo, y que apoyó Julio Martínez Santa Olalla, arqueólogo orteguiano y defensor de las tesis nazis sobre arqueología celta, que fue profesor mío de arte y humillado delante de mí por Billy el Niño por querer defender a sus alumnos, cuando un Régimen se olvida de sus excelentes defensores es que está a punto se sucumbir, y por Darío Fernández Flórez, un oscuro novelista que escribió una narración espesa, ‘Lola, espejo oscuro’. Julián Marías fue detenido y estuvo a punto de ser fusilado si no hubiera sido por la intervención de Mindán Manero, los Ortega y Camilo José Cela. Del talante de Marías cabe decir que jamás pronunció una palabra sobre quién le había denunciado y que afeó a su hijo Javier Marías el que hubiera hecho público el nombre de Alonso del Real.

En este centenario cabría destacar el coraje moral que supone aguantar la delación sin delatar él mismo y, por si fuera poco, luchar contra viento y marea en unos años de plomo en que con tres hijos escribía como un poseso porque de él dependía una familia. De cosas así está lleno nuestro país, pero conviene, llegados momentos como éste, no olvidarlos por lo que supone de lección, en esto Julián Marías ha sido un maestro sin serlo oficialmente: ¿cabe mayor desprecio a la legitimación de un Régimen que negarle el pan y la sal profesoral a lo largo de medio siglo?

Julián Marías conoció cierto reconocimiento en los años sesenta y conservador, fue valorado cada vez más en su conservadurismo, muy alejado de la caterva fascistoide de la posguerra. Fueron los años en que se le hizo miembro de la Real Academia y luego, ya en la Transición, senador por designación real.

Autor de casi setenta títulos, Julián Marías se estrenó como ensayista en 1934 cuando publicó ‘Juventud en el mundo antiguo. Crucero universitario por el Mediterráneo’, narrando uno de esos viajes que propició la Residencia de Estudiantes y que escribió con Manuel Granell y Alonso del Real, su amigo y posterior delator. Quede constancia de este libro escrito a tres manos como exorcismo de un destino que nunca sabremos qué termina deparándonos. Julián Marías podía haberse quedado casi en ese título por culpa de un amigo que lo escribió a medias con él pero, gracias a otros, se le permitió escribir setenta más y llegar a los 91 años dejando libros esenciales en la época, siendo uno de los primeros que incorporó el cine, que adoraba, a la alta cultura.

Fue claro y transparente, en su obra y en su vida.

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