Irving Penn, el perfeccionista insensato

Juan Ángel Juristo / Madrid
Alfred Hitchcock
RightLeft
En el Palazzo Grassi, en Venecia, se expone por primera vez desde la muerte de Irving Penn, el 7 de octubre de 2012, a los 92 años, una gran muestra de su obra, ‘Irving Penn. Resonance’. La exposición abrió a mediados de abril y permanecerá todo el año. No es para menos. Es la primera vez que se podrá contemplar una retrospectiva semejante por nuestro continente: Ciento treinta instantáneas en un marco espectacular que contrasta con la discreción de este fotógrafo que se escondía tras una leyenda altanera de artista perfeccionista: ¿cómo si no entender la mosca que transforma ‘Still Life with Watermelon’, un homenaje sentido a la pintura holandesa del XVII?, un detalle que le lleva todo lo lejos posible del Blow Up, aquel fotógrafo inglés, espontáneo y profesional a medias que se inspiró en David Bailey. Nada que ver, pues, con la improvisación que consigue el hallazgo. Siempre en su estudio, encerrado, hasta que se le otorgó ver en Cuzco, Perú, y transformar esa visión ya tópica a una pareja convertida en mito de la fotografía; también los cuerpos casi etéreos del New York City Ballet; también las flores, tomadas como si estuvieran vestidas de seda o esas manos de Miles Davis, las manos que sólo puede tener un jazz men… hasta la eternidad.
Irving Penn rechazaba el ‘flou’. El objetivo de su cámara parece pasearse por las líneas que perfilan el objeto fotografiado. Por ejemplo, sus famosas fotografías realizadas para las revistas de moda: hay en ellas una pasión estatuaria, una oda a lo artificial, a la frialdad del mármol. Pura línea. Casa a la perfección con las modelos vestidas por Balenciaga. Yo siempre lo quise ver así. Pero en realidad no lo fue, por lo menos en exclusiva. Pero queda esa claridad que refleja una época, un modo de entender el glamour que asociamos con cierta justeza a los años cincuenta. El Palacio Grassi nos lo recuerda con deje melancólico.

Así, la exposición se abre con retratos realizados a su mujer, la sueca Lisa Fonssagrives Penn, una espectacular dama, altiva, con un porte lejano y una delgadez muy chic, como dicen los franceses. Palabra que elijo aposta porque las fotos son de los años cincuenta, cuando la moda era chic y no glamurosa. Eso se dejaba para el cine.

Luego, los retratos que le han hecho famoso hasta decir basta. No hay más que contemplar el retrato que parece un personaje del Purgatorio de Dante, de Alfred Hitchcock; las cejas llenas de polvos de arroz de la coqueta Colette; el ojo de Picasso, siempre ese ojo; Cecil Beaton, fotógrafo fotografiado por Penn y que eleva ese esnobismo de clase alta británica que afectaba al inglés, como no podía ser menos, en objeto glamuroso hollywoodense, hallazgo creado para redimirlo de su clasismo innato; ese Woody Allen al que mira como un Charles Chaplin más triste que de costumbre.

De Truman Capote es preferible decir poco, pues la foto es ya legendaria… un dandy que quiere ser asesino y es de una fragilidad apabullante. En fin, Barnett Newman, con un monóculo que quiere imitar a los grandes estrafalarios de ese modo de adornar el ojo que sólo se producía ya entre extravagantes europeos.

Es la primera vez que el Palacio Grassi, cuyo dueño es François Pinault, dueño también de Christie´s, acoge una muestra fotográfica de este tipo. Pinault siente pasión por el arte contemporáneo, pero con esta muestra ha sorprendido a los que creían que el arte fotográfico le era ajeno. Dijimos, se exponen 130 instantáneas pero el fondo de las que han sido escogidas oscilan entre las 200 y las 220. La colección se ha formado muy recientemente, data del 2007, y una gran parte de la misma es la constituida por Kiniko Nomura, reunida en los años 80 en Tokio y comprada en conjunto, lo que otorga una cierta coherencia a todo lo expuesto. Todo ello en una sala, en la segunda planta, en blanco y negro, la sala de los best, donde se encuentra el desnudo de Kate Moss, pero también la pareja maravillosa fotografiada en Cuzco.

En resumen, una esplendorosa muestra de 82 tiradas en platino, de 29 en gelatina de plata, 5 de las llamadas transferencias, muy raras, de maravillosos colores y 17 internegativos que ilustran el modo en que Irving Penn lograba transmitir esa sensación única que poseen sus instantáneas, gracias a la sabia dosificación de los contrastes acentuados con maestría y rigor. Alguien habló, creo que Doug Wheeler, que eso era la ilusión que otorgan las luces. El artista neoyorquino, ducho en instalaciones, sabe de esos efectos. Pero antes estuvo Irving Penn.

‘Irving Penn. Resonance’, estará abierta hasta diciembre. Una muestra que tiene su réplica, en todos los sentidos, en la de Robert Mapplethorpe en el Grand Palais parisino, que se inauguró en marzo y sólo permanecerá hasta julio. Dos modos de concebir la fotografía radicalmente opuestos, por lo menos en apariencia. La que media entre falos enhiestos, estética sadomaso, cultura pop… fragilidad e impudicia frente al clasicismo puro de Penn, pero ambos con una vocación escultórica apenas confesada. Ambos geómetras de la composición.

Hay un ejercicio de comparación entre estos fotógrafos muy elocuente. Sus retratos. Miremos los de Penn, de Capote, de Hitchcock, de la Moss y vayamos a los de William Borrughs, de Anne Leibovitz, de Susan Sontag, de Yoko Ono, de Philip Glass, realizados por Mapplethorpe. Son dos maneras de mirar el rostro de la fotografía norteamericana que fascina ahora en Europa. New York, New York…


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