Henry James, nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea

Juan Ángel Juristo / Madrid
La publicación por parte de Lumen de ‘La locura del arte’, de Henry James, que recoge una buena selección de sus prefacios y ensayos, y que ha prologado Andreu Jaume, en traducción de Olivia de Miguel, es uno de los acercamientos sobre la autoconsciencia del creador más sutiles que ha dado la literatura de finales del XIX y principios del XX. Escritos en su etapa de madurez, cuando estaba inmerso en su estilo tardío, estos prefacios a su obra reflejan algo más que una obsesiva conciencia ante las narraciones que había publicado años antes, sino que atienden, de manera a veces al modo de la impresión de una huella, a las relaciones que el escritor mantuvo con la sociedad de su tiempo, una sociedad inmersa ya en los cambios brutales de la I Guerra Mundial, una sociedad nueva que no quiso saber nada del mundo al que perteneció Henry James y que antes había aplaudido, alborozada, las ocurrencias de un Oscar Wilde, algo que detestaba el autor de ‘La copa dorada’. El resultado es uno de los libros sobre la meditación ante la literatura a través de su propia obra más interesantes de la narrativa moderna.
 
Y si bien Henry James se sirvió de los ejemplos franceses, Gustave Flaubert, sobre todo, aunque por ahí andaba George Eliot, lo cierto es que representó en las letras inglesas y norteamericanas de su tiempo lo que escritores como Mallarmé supuso para la poesía moderna. No es Valéry, porque este hombre abarcaba otros varios mundos, y Henry James, como buen anglosajón, era disciplinado en un tema aunque su extravagancia se agotara en otras, pero el caso es que hay pocos escritores donde notemos una intensidad tan obsesiva, tan circular, tan incisiva sobre su propia obra. No hay en ello, a pesar de la amargura que le supuso el poco caso que le hicieron sus contemporáneos a la salida del libro, el dramatismo casi de señorita de provincias de Flaubert, quizá porque a James le gustaba ese modo de actuar, de vieja cotilla con modales de los propios de Belgravia y Pimlico, y porque, además, pocos escritores hay tan llenos de su propia personalidad laberíntica como él. La provincia preterida a favor del barrio exclusivo de una capital del mundo.

Andreu Jaume, que es sutil estudioso de la literatura anglosajona y a quien se debe una bonita edición de la ‘Obra Completa’ de Shakespeare, afirma que estos ensayos, donde James se inventa un crítico sobre su propia obra, un crítico, todo hay que decirlo, felizmente complacido con aquello que contempla, que hay en esta actitud un cierto reconocimiento a Spencer Brydon, el personaje de ‘El rincón feliz’, clamorosa nouvelle, género que bordó como pocos, en que un norteamericano, después de muchos años en Inglaterra, regresa a Nueva York, a la casa que posee en la ciudad, a la que no reconoce, por otra parte, en sus cambios vertiginosos y que se tiene que enfrentar al fantasma creado por él mismo. Una premonición que llevó a su maestría en otra nouvelle, ‘Una vuelta de tuerca’, o quizás de manera más explícita, en ‘La lección del maestro’ o ‘Los papeles de Aspern’, nouvelles que forman una de las formas más bellas y sutiles de abordar lo literario como personaje central.

En realidad fue Cervantes el que iluminó genialmente esa relación cuando Alonso Quijano contempla una edición espuria de sus andanzas en Barcelona. Ese atisbo que aún ayuda a comprender las relaciones entre el autor y su obra de ficción, y que llega con ramilletes de renovada energía a nuestros días en los ejemplos de ciertos autores posmodernos y en un autor tan denostado como Stephen King que en ‘El resplandor’ introduce esa relación en un relato de terror, atisbo que es el que recoge Henry James pero jugando él mismo a crítico y autor consciente de sus creaciones.

Estos prefacios fueron escritos cuando publicó su ‘Obra Completa’ por mediación de Scribner´s entre 1907 y 1909, veinticuatro volúmenes a lo que en 1918, recién acabada la guerra, se añadió otro donde se incluían ‘La torre de marfil’ y ‘El sentido del pasado’, títulos que parecen una metáfora un tanto burlesca y siniestra de lo extemporáneo en que se había quedado su legado en esos momentos con la irrupción de una nueva preocupación social en la que tenían poca cabida las alusiones certeras y el sentido de la elipsis propia de una sociedad asentada en valores firmes y una libra esterlina enormemente fuerte.

Pero la edición incluye inteligentemente, algunos ensayos sobre literatura que Henry James publicó en revistas como Atlantic Monthly o en libros como ‘Notas sobre novelistas’, que apareció en 1914, cuando comenzó la Guerra. Se encuentran textos, ahí, de los más certeros e inteligentes escritos por Henry James sobre escritores amados por él, como el espléndido ‘La lección de Balzac’ o el de ‘Gustave Flaubert’, que escribió como prólogo a la edición de ‘Madame Bovary’ de Heinemann de 1902. Hay, además en estos ensayos de Henry James una retórica de inmensa habilidad, que suponemos similar a su educada conversación; es el susurro aliado a una inteligencia sin par pero donde se evita, propio de viejas cotillas educadas, lo directo a no ser en una declaración de principios colocada al efecto para producir un puñetazo, un ‘upper cut’ en toda regla.

Así, de pronto: “Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y damos lo que poseemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte”. Siempre creí que la hermosa retórica de Churchill que le hizo tan superior a sus políticos contemporáneos, radicaba en su estilo que a veces recuerda a Henry James, incluso no sólo cuando prometió a los británicos sangre, sudor y lágrimas sino cuando se refería al telón de acero que se había cernido sobre media Europa.

Un libro esclarecedor sobre el oficio. Raro, precioso, inteligente, brillante, medido… otra lección de literatura.


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