Félix Grande, la querencia de un libro de familia

Me llama Andrés Sorel a primera hora de la mañana para informarme de que Félix Grande, nuestro Presidente de la Asociación Colegial de Escritores, acababa de morir , que rogaba que no molestásemos a Paca Aguirre su viuda, con llamadas , ya que debían estar sobrepasados. Me decía también que con toda probabilidad sería trasladado a Tomelloso, su geografía y lugar inspirador de su poesía. Aunque sabíamos que padecía una pancreatitis, algo fulminante, lo cierto es que el dolor y la sorpresa se han unido cuando Andrés me ha dado la noticia. Lo de la sorpresa puede ser chocante ante hecho tan incontrovertible pero es lo que nos hace humanos: es la esperanza encarnada en un sentimiento. Aun sea fugaz e irremediable.

Conocí a Félix Grande hace muchos años, cuando era director de Cuadernos Hispanoamericanos, que dirigió entre 1986 y 1993, después de trabajar largas temporadas al lado de Luis Rosales, uno de sus grandes compañeros en la vida. Luego, le vi a menudo como presidente de la ACE y siempre lució ese gesto elegante de hombre de campo junto a una prolongada preocupación por enfermedades reales e imaginarias que producían una mezcla de hombre acomodado a una rebeldía ante la vida que le hacía atractivo, pero que en realidad era mucho más que eso.

Félix fue hombre nacido en Mérida, ciudad pequeña pero ciudad desde los romanos, por avatares de la guerra, pero a los dos años, donde vivió hasta los veinte, se fue a vivir a Tomelloso, paisaje manchego que conformó su vivencia y memoria hasta el día de muerte. Su abuelo, el famoso Palancas, era cabrero y Félix, desde pequeño, aprendió a vivir junto a sentimientos intensos y encontrados, contradictorios. Por un lado el goce virtual y enormemente físico del campo; por otro, el lado opaco,brutal de la miseria y la represión. Ello le conformó para varias cosas, entre ellas el recurso inalienable a la memoria; otra, al sentimiento familiar; otra, no menos, a estar presente en cualquier manifestación de rebeldía ante lo establecido.

Féliz fue poeta tardío, de escasa producción y de clara raigambre independiente. Su primer libro, ‘Las piedras’, fue Premio Adonais en el 64, y salió en un momento en que la generación del 50 ya no era lo que había sido y los novísimos ya apuntaban maneras. Félix, hombre formado en los ejemplos de César Vallejo y Antonio Machado, propendía a la generación del 50 pero no pertenecía a ella incluso porque su voz era distinta, sobe todo porque su voz era distinta, y con los novísimos le separaban varios abismos. Félix, que era independiente, se quedó independiente. Luego con los años, publicó varios libros, pocos, y desde que editó ‘Las rubaiyatas de Horacio Martín’, su mejor libro,y por el que fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía, hay que decir que su voz le dejó durante muchos años, “quizá por que me lo merecía”, decía. El caso es que, años después, muchos años después, a raíz de una visita a Auschwitz, publicó ‘La cabellera de la Shoah’, luego, ‘Libro de familia’, su última entrega. Todo recopilado en ‘Biografía’, que reúne su poesía. En realidad, toda una apelación a la memoria.

Félix no sólo fue poeta sino un reputado flamencólogo que cambió su pasión por tocar la guitarra flamenca por la poesía,lo que dio como resultado que se convirtiese en estimable estudioso del flamenco, pasión que le llevó en alguna ocasión a alguna controversia con otro poeta como José Manuel Caballero Bonald por cosas relacionadas con esa música. Jerez y Tomelloso: el origen y la expansión de la música por la llanura que se quiere infinita… Metáfora de dos maneras de entender el cante.

Era muy amigo de sus amigos y muchos le deben mucho porque siempre estaba enzarzado en esto de la cosa pública. Pero Félix, a pesar de esa imagen combativa, siempre tenía un rincón, un refugio en que podía dar rienda suelta a la conformación de su paisaje, Tomelloso, a la evocación de figuras que quiso ancestrales, como el abuelo Palancas, y, sobre todo, la memoria como lugar en que se aposenta la creación. Félix era hombre de raigambre familiar, íntima. No en vano su poesía reunida se titula ‘Biografía’ y su último poemario, ‘Libro de familia’. El hecho de que Paca Aguirre, su viuda, sea poeta y también Guadalupe, su hija, nos hace más que otorgar carnalidad a una querencia.

Era hombre cercano y gustaba de las sentencias porque el hombre de campo, a lo que le gustaba jugar, estaba conformado en ese imaginario, de frases claras, sabias, resolutivas. Imagino que Félix gustaba de lo sentencioso porque su carácter se acomodaba a ello, pero bueno es introducirlo en el paisaje de la memoria familiar. Es a lo que siempre propendió, al Libro de familia. Grande, Félix.

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