En la muerte del editor Jaume Valcorba, el pesimista atemperado

Juan Ángel Juristo

Jaume Vallcorba, el único de los grandes editores que quedaban en España, ha muerto este fin de semana a los 65 años debido a un tumor cerebral. Con él desaparece un editor legendario, haciendo trizas ese aserto de que la leyenda necesita una edad provecta, porque todo lo que tocó este hombre en el mundo de la edición se convirtió en excelente. A mí esta muerte me ha llegado muy dentro no porque le hubiera frecuentado mucho, he conocido a muchos otros editores de manera más íntima y extensa en años, sino porque al igual que cada generación debería tener sus traductores preferidos de clásicos, es una necesidad intelectual, asimismo suele poseer un editor, un hombre que establezca un canon de lo que debe leerse, o editarse, en ese inmenso revoltijo que es la literatura universal desde el ‘Gilgamesh’, y que sin gente como él estaría condenada a un perpetuo guirigay, o como diría su paisano Josep Pla, a un tremendo ‘cafarnaum’.
Pues bien, mi generación, los nacidos a finales de los cuarenta y en los primeros cincuenta, tuvimos a Jaume Vallcorba, no sólo a él pues hay editores de similar significación, como el desaparecido Nicanor Vélez en el mundo de la poesía, como el que nos representaba por edad, por poseer similares inquietudes espirituales, por haber ofrecido un canon literario con el que nos identificábamos en ediciones bellas precisas y con traducciones nuevas. La belleza aliada a la calidad. Era una especie de Roberto Calasso a la española. En cierta manera nos justificó.

Dotado de una sensibilidad exquisita, un hombre de clara conciencia pesimista, pero atemperada, como gustaba definirse, Jaume Vallcorba ha sido el editor heredero de aquellos catalanes de los años sesenta, Beatriz de Moura y Jordi Herralde, que conformaron el mundo de la edición barcelonesa en los años setenta y ochenta, como hermanos pequeños de los Carlos Barral y Jaime Salinas. Un inmenso lujo de nombres que se fueron pasando la antorcha a través de los años.

Ni Beatriz de Moura, o Esther Tusquets o Jordi Herralde son ya dueños absolutos de sus propios destinos editoriales. Sí lo era en cambio Jaume Valcorba hasta que la muerte se lo ha arrebatado. Ha muerto pocos días antes de que su editorial, Acantilado, sacara a la luz las novelas policíacas de Fernando Pessoa, uno de los muchos ejemplos de como este hombre era capaz de cambiar el modo de editar realizando un giro imperceptible a la obra canónica de un escritor, en este caso Pessoa. Sabiendo que la poesía está ya suficientemente representada y bellamente traducida en excelentes versiones, publica una joya como son los relatos detectivescos del portugués y en ediciones siempre excelentes, próximas al lujo estético. Esta característica es una de las tantas que poseyó Vallcorba como editor. No la única, pero si de las más significativas.

Los que fuimos educados de adolescentes en Austral, luego en El Libro de Bolsillo, de Alianza Editorial, accedimos a cierta literatura moderna con Seix Barral, Anagrama, Lumen y Tusquets. No estaba nada mal, pero en esto nos sentimos siempre deudores de nuestros hermanos mayores, a veces como buenos hermanos mayores algo antipáticos. Con Vallcorba la empatía fue más compacta, más íntima. Cada uno, a nuestra manera, sabíamos que, si no por un título, sí por otro, los libros de El Acantilado formaban parte del canon que nos tocaba impartir. De ahí que las novedades de esta editorial fuesen acompañadas siempre de cierta expectación, Nunca defraudaban.

Este hombre, hijo de un discípulo de Pompeu Fabra, fundó Quaderns Crema, donde nos descubrió a un jovencísimo Quim Monzó, y editó, por orden expresa del poeta, la obra de J.V. Foix. También hizo que nos fijáramos en Sergi Pámies. Quaderns Crema fue fundada en diciembre de 1979 en el restaurante La Balsa, de Barcelona, donde presentó las ‘Poesías’, de Ausias March, a cargo de Joan Ferraté, y ‘Preludi, de Antoni Marí, libros que atisbo en mis estantes mientras escribo estas líneas. Libros bellos, vestidos lo justo, con ese casi blanco Belgravia que definía a aquellos libros, y donde uno se topó con Josep Carner, Ferrant Torrent, Valentí Puig…

Luego, en 2004, se lanzó a la edición en español fundando El Acantilado. Sería absurdo desmenuzar ahora un catálogo imprescindible en tan sólo estos pocos años, pero en fin, puso de moda a un autor que le fascinaba, Stefan Zweig, cuando languidecía en olvidadas ediciones de Editorial Juventud, puso de moda a los centroeuropeos menos felices, como Joseph Roth, escritores del otro lado del Telón de Acero, en metáfora de Churchill, Slavomic Mrözek, Danilo Kis, Ossip Maldelstam… Discípulo de Martin de Riquer, Vallcorba se hizo su propio catálogo de libros, al modo del barbero y el cura cervantinos y de ahí surgió ese catálogo de 300 títulos, donde pocos autores de valía se le escapaban, desde luego no Julien Gracq, no desde luego Giorgio Bassani…

El catálogo se amplía, ahora sin él, pero bajo su voluntad: están por salir Christopher Isherwood, con ‘Adiós a Berlín’, Anthony Burgess, Simenon. En horas así es mejor silenciar la retórica del que escribe necrológicas para dar paso al legado. Ahí están sus libros. Jaume Vallcorba…

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