El otoño romano del señor Reverte

Juan Ángel Juristo / Madrid
El otoño romano del señor Reverte
En 1950 Tennessee Williams escribió ‘La primavera romana de la señorita Stone’, que José Quintero llevó al cine en 1961, con Warren Beauty y Vivien Leight en los papeles principales, también se dejaba caer por allí una Lotte Lenya de la que muy pocos sabían que en su juventud había cantado, quizá la mejor intérprete que hubo, las canciones de cabaret de Bertolt Brecht y Kurt Weill, en especial ‘La Ópera de dos centavos’. La narración trata de los meses que transcurre en Roma Karen Stone, rica y famosa, decadente ya, que busca en la Ciudad por antonomasia una correspondencia entre ruinas de piedra y su propia decadencia física mientras pasa el tiempo cayendo en brazos de gigolós de toda laya y condición. Luchino Visconti, que sabía mucho de ciertos temas, llamaba a Tennesee Williams, Blanche, identificando a la neurótica protagonista de ‘Un tranvía llamado deseo’ con el escritor mismo. Ni que decir tiene que la señorita Stone es más Williams aún si cabe que la vieja dama de Nueva Orleáns, y las ruinas romanas saben mucho de las andanzas de Williams por la ciudad de brazo del joven, entonces, Gore Vidal, mientras justificaban su ansia cultural visitando al filósofo George Santayana, que vivía retirado esperando la muerte en un recóndito convento romano.
Javier Reverte se ha enfrentado a la decadencia romana desde el otoño, lo que le otorga un deje de tranquila melancolía. Y si bien es cierto que la referencia a la señorita Stone es amplia en este libro, ‘Un otoño romano’, que ha publicado Plaza Janés, por lo menos en cierto aire, no lo es menos que la sombra de grandes viajeros, desde Goethe, claro, pero antes que él Michel de Montaigne y Francisco de Quevedo, que inmortalizó una versión de un poema de Du Bellay dedicado a Roma en un soneto, “A Roma sepultada en sus ruinas”, de una hermosura sin parangón, a Stendhal o Chateaubriand, dejemos por ahora a los innumerables del siglo XX, planea sobre este bello libro de viajes que está estructurado en forma de diario, al modo como lo hizo Goethe cuando se enfrentó a la Ciudad por antonomasia.

Javier Reverte es autor del que gusto con cierta fruición porque considero que es nuestro mejor escritor de libros de viajes y que le ha cogido el truco con mucha habilidad a esa especial forma de contar que tienen los anglosajones, maestros indiscutibles del género escrito y también rodado para la televisión. No tienen parangón y los libros, ya bastantes, que Reverte ha dedicado a amplias zonas del mundo, en especial las que rodean los grandes ríos, se acercan mucho a los libros de viajes más famosos escritos por británicos y norteamericanos.

Me referí, en su momento, a una espléndida novela que Javier Reverte escribió sobre el general Modesto, ‘Tiempo de héroes’. Un bello homenaje a una figura legendaria en su momento pero curiosamente olvidada hoy día. Es, también, un libro mayor dentro de su bibliografía. Luego, después de esa incursión en la historia, volvió a los viajes, a Irlanda, y ahora, Roma, nuestra Madre Nutricia.

Es probable que el secreto que poseen los libros de viajes de Javier Reverte, esa fascinación que despiertan, se halle en una combinación que cuando se hace bien no tiene parangón: amenidad, prosa libre, sin artificios, información sobre el lugar dando la máxima importancia al legado cultural. Cuando esa combinación se equilibra en dosis adecuadas, el libro se lee como una aventura que se “entraña”, en bella metáfora de Fernando Pessoa dedicada a la Coca Cola, es decir, haces ese viaje tuyo y en cierto modo lo experimentas a través de lo que cuenta el narrador. Creo que la forma de diario que ha escogido Javier Reverte para escribir este libro habla de su sutil habilidad para situarse siempre por debajo de una línea de flotación que de no ser así le haría caer en postura falsa. Tiene razón Reverte al elegir el diario porque los grandes escritos sobre Roma se han plasmado en ese género, Goethe, en cierto modo Stendhal, que no anotaba días, pero los narraba como si los tuviese presentes, Chateaubriand… aunque también existe otra forma, la de la señorita Stone, pero de eso también se ocupa nuestro autor cuando contempla desde la Academia Española, en pleno Gianicolo, la ruina espléndida que se extiende allá abajo.

El libro sabe a vino, a terrazas, a contemplación de ruinas tan famosas que no merece la pena ni citarlas, desde el Coliseo al cuadro de ‘Inocencio X’, de Velázquez o la visitadísima tumba de John Keats, la Roma romántica por excelencia. Sabe también a jazz, que Reverte descubre de modo idóneo en Roma y que le parece música más adecuada para esta ciudad que para la misma Nueva York. Sabe sobre todo, a paseos, que es lo único sensato que se puede hacer en esa ciudad… por el Trastevere, por el Pincio, por Piazza Navona, por el Vaticano, por los Campi… pero Reverte sabe bordear el tópico sin caer en él, lo que demuestra su sabiduría en el modo de realizar libros de este género.

Este libro me ha recordado a la obra de Tennessse Williams pero ni se me ha pasado por la cabeza, mientras lo leía, notar la mas mínima referencia a la película de Federico Fellini, que existe en el libro pero sin darle mucha importancia. Creo que Reverte, en esa buscada ausencia ha hecho un ejercicio de obligada lucidez porque el problema de Fellini es que su personalidad fagocita todo y Roma y ‘La Dolce vita’ se asocian ahora con demasiada frecuencia en detrimento de otros referentes.

Que las bandadas de estorninos adquieran más importancia en el libro que otras obligadas legendarias mistificaciones culturales me parece, asimismo, un acierto. Roma es, también, sus estorninos que hasta oscurecen el cielo. Ciudad Madre, a Reverte debió parecerle un reto cantarla. No lo ha hecho nada mal. No es Quevedo, desde luego, pero si ha sabido transmitir con talento ese aire quevediano, tremendo, de la circularidad del tiempo en las ruinas. Es de agradecer.


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