El hombre que cambió de sentido a los sofás

Consiguió que la burguesía latinoamericana, que tenía indefectiblemente los sofás de espaldas al paisaje, cambiaran e sentido de éstos después de que ‘Cien años de soledad’ se convirtiera  en un libro que descubrió América a los americanos. Nada menos.

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Cumplió como pocos, para eso hay que tener un don y no sólo cocina, como creen estudiosos y críticos, orgullosos del alma, el aserto de Walter Benjamin en su famosos ensayo ‘El narrador’: García Márquez era un narrador, no un novelista, en el sentido que el narrador es fabulador que atiende a una reconciliación entre el inconsciente colectivo de un pueblo y las historias que se le acomodan.
Gabriel García Márquez ha muerto de una enfermedad que tenía mucho que ver con el carácter de muchos personajes suyos, allí donde se reúnen destino y soledad, como la del famoso coronel. García Márquez, el Gabo, como le llaman sobre todo aquellos que nunca le conocieron, ha muerto después de muchos años de silencio y una última obra, la de las putas tristes, que sonaba a lo peor que le puede pasar a un escritor, la despedida literaria. Detrás nos ha dejado un ramillete de obras maestras, lo que no sólo no es inusual, sino que es cosa de pocos en un siglo.

Lo escribo ahora porque es la única oportunidad que tengo: me estrené en la crítica literaria con dos novelas, una de Virginia Wolf. ‘La señora Dalloway’, y una novela que era novedad en aquel año 1975, pasaban esas cosas por aquellas fechas extrañas, ‘El otoño del patriarca’, de Gabriel García Márquez. Me quedé fascinado con esa narración, de igual modo que me había sucedido con ‘Cien años de soledad’, ‘La hojarasca’ y ‘El coronel no tiene quién le escriba’. Yo era joven pero aún sigo pensando que es una de las obras grandes de García Márquez: todavía recuerdo la foto de la contraportada, una silla, una mesa, una jarrita con rosas y el escritor con la máquina de escribir: nada más. Una metáfora de su vida, la real, no la anecdótica, la del famoso, la del Premio Nobel, la del hombre público.

Podría escribir sobre García Márquez sin medida, pero eso no tiene sentido. Creo que lo que habría que resaltar de este escritor es que cumplió como pocos, para eso hay que tener un don y no sólo cocina, como creen estudiosos y críticos, orgullosos del alma, el aserto de Walter Benjamin en su famosos ensayo ‘El narrador’: García Márquez era un narrador, no un novelista, en el sentido que el narrador es fabulador que atiende a una reconciliación entre el inconsciente colectivo de un pueblo y las historias que se le acomodan. Es el encanto irresistible que tenía como escritor. Leyéndole parecía que el mundo se levantaba de nuevo, que el sol volvía a nacer y las cosas con él en una nueva inocencia. Gracias a ello consiguió que la burguesía latinoamericana, que tenía indefectiblemente los sofás de espaldas al paisaje, cambiaran e sentido de éstos después de que ‘Cien años de soledad’ se convirtiera durante algunos años en un libro que descubrió el continente americano a los americanos. Nada menos.

Algunos llamaron a eso realismo mágico, pero es afirmación académica. García Márquez no poseía el rasgo de lo mágico, sino es en la manera de escribir, es puro realismo, y además, puro reportaje, por eso les gusta tanto a los periodistas, que deberían hacerle su santo protector. No hay periodista con ínfulas de escritor que no piense emular a García Márquez, que tuvo, otro don, el no distinguir entre literatura y periodismo. Ese don, además, es una trampa. Solamente les es concedido a unos pocos.

Dije un buen ramillete de obras de macada excelencia. No hace falta volver a ‘Cien años de soledad’, libro tan importante que ya no se le cita, se le ha fagocitado en su significado, pero si recordar libros como ‘El amor en los tiempos del cólera’, otra crónica periodística, ‘El general en su laberinto’, sobre Bolívar, tema obligado y que resolvió con brillantez, convirtiéndole en un personaje de García Márquez, ‘Crónica de una muerte anunciada’, donde el final está al comienzo, como en la intuición del verso de Eliot, y eso porque su madre le enseñó a narrar contando las cosas desde su final y luego desarrollándolas, y, también, ‘Vivir para contarla’, sus memorias, que son crónica, novela, autobiografía, mito, vale decir, fábula, que es lo que en realidad hizo toda su vida literaria, incidir en esa cualidad porque supo desde el primer momento que en eso radicaba el secreto de explicar el mundo a través de las palabras.

No conviene explicar más. Gabriel García Márquez es uno de los grandes del siglo, como Virginia Woolf, a la que debe intuiciones únicas, como William Faulkner, que animó a los latinoamericanos a saber de ellos y saber del mito y la tragedia, que es lo que visitó García Márquez con asiduidad, es hombre capaz de codearse con ellos, en cierto sentido, y desde luego fue el alma del boom en el sentido de que este movimiento debe su popularidad a ‘Cien años de soledad’.

Ha sido galardonado con todos los premios por haber, incluido el Nobel, pero el haber logrado cambiar el sentido de lo los sofás de todo un continente, es tarea hercúlea destinada sólo a los grandes: cambiar los sofás es cambiar el sentido mítico de las cosas. Nada menos.


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