El arte de la correspondencia

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Ahora que la correspondencia ha desaparecido, por mucho que nos empeñemos ni los SMS ni el correo electrónico dan el tono porque de entrada se ofrecen como elemento precario, es dichoso toparse con un libro, que es en realidad una antología, de cartas que abarcan varios siglos, entre ellas se encuentran la que Catalina de Aragón dirige a Enrique VIII o la que Felipe II manda al rey de la China, y que ha seleccionado con suma habilidad e inteligencia, Valentí Puig. El libro se titula ‘A la carta’ y se subtitula, ‘Cuando la correspondencia era un arte’, esto es, un título conciso, bello, con guiño cultural incluido y un subtítulo que lo dice casi todo. Y digo casi todo porque todas las cartas mantienen una calidad literaria notable, sí, pero hay algo más, y eso le compete descubrirlo al lector. El volumen ha sido editado por Elba.
Valentí Puig, asimismo, es el autor del prólogo, ‘Antes del SMS’, donde atina, muy alejado de posturas apocalípticas, integradas, optimistas, terribles, airadas, fantasiosas… sobre lo que significó la carta a lo largo de los siglos y lo que subsiste bajo ese nombre: “Lo que vivimos es la apariencia de una sustitución digital de lo que significó escribir cartas, porque el correo electrónico, más equiparable a la expresión epistolar que el SMS o el Twitter, es de comunicación inmediata, no necesita de sellos ni de carteros, de buzones y sobres perfumados”, lo que parecería en principio la nostalgia del tiempo pretérito, pero el autor continúa, “en el fondo, la cuestión no es si escribimos las cartas sobre papel o no, lo que ocurre es que ya llevamos mucho tiempo sin escribirlas, incluso antes del ‘big bang’ digital”. Esta afirmación da el tono del modo en que debe uno enfrentarse al nuevo cachivache.

Lo que hace entonces el correo electrónico, como creo que le sucede al libro electrónico, es agilizar ese eclipse que ya se había producido antes a la vez que constriñe la extensión, al igual que en los artículos o ‘post’ digitales, porque la extensión es motivo de culpabilidad en este campo, algo que era recurso retórico en las cartas de papel, es real en las electrónicas.

Valentí Puig afirma que esta antología no tiene intención canónica, sino que es recurrencia personal, casi caprichosa. Se lo agradecemos. Escribe que como mucho, es una macedonia con unas lágrimas añadidas de marraschino. Y la metáfora es cierta, cabal, pues en la elaboración de esta macedonia ha huido incluso de lo cronológico, que es lo primero que se le ocurre a alguien menos versado que Valentí Puig al hacer una antología que abarca varios siglos, y ha recurrido al orden alfabético, que parece más democrático, pero en realidad es más demoledor. Se mezclan así una carta de Yashunari Kawabata a Yushio Mishima con una de Vladimir Ilich Lenin dirigida a Jiosif Stalin, cosas de las letras del alfabeto, aunque hay vecindades más felices, como la carta que Madame de Sevigné dirige a Madame de Grignan, que precede a la de Santa Teresa enviada a las Carmelitas Descalzas de Sevilla.

Una nota de buen gusto y elegancia intelectual estriba en haber elegido todas las cartas de la antología con un criterio de gusto personal, con afinado y afilado tino, pero sobre todo el haberlas ofrecido enteras. No hay, por tanto, extractos ni párrafos traicioneros, que a veces cambian el sentido de lo escrito. Y, así, se nos ofrece una carta deliciosa de Ortega y Gasset a su padre, junto a otra apasionada, dentro de la aristocrática postura de doña Emilia Pardo Bazán, a Pérez Galdós, u otra también amorosa, pero de otro tono, de Josep Pla a Lilian Hirsch. Por no hablar de la de Plinio a Tácito, la de Lao Zi a Yüan Chen, o la de Elvis Presley a Richard Nixon ofreciéndose como delator de panteras negras, gentes del mundo hippy y elementos que tomaban drogas…

El libro no es voluminoso, apenas 200 páginas, pero contiene cartas de toda condición y para todos los gustos. Hay, una, de Gandhi a Adolfo Hitler donde el futuro Matjatma insta al dictador a urdir una paz entre los pueblos de Europa… en diciembre de 1940… es decir, Valentí Puig, que mantiene cierto gesto intelectual a lo Samuel Johnson, es el único responsable de lo que nos encontramos en el libro, y, ya digo, las cartas son todas atinadas, por un motivo u otro, pero lo que hace al libro una precisa miscelánea es que refleja la condición de los hombres sin retóricas acogedoras. En este sentido es abrumador y entre todas ellas, por este motivo destacaría una anónima, fechada en Limoges en 1944 y dirigida al prefecto de Vichy, donde se acusa a unos vecinos de un pueblo, más de una docena, de no haber entregado todo el grano y los huevos a la requisa de las autoridades. La carta, objetiva, sin adorno alguno, perfecta muestra de eficacia delatora, es inquietante por lo que tiene de verdad.

Es en cartas así donde brilla el especial talento de Valentí Puig. Talento inasible, múltiple… cuando uno cree que le puede perder un gesto a lo doctor Johnson, nos introduce esta carta, metáfora idónea de un síncope moral.

Pura dinamita.


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