Edith Piaf, la mujer que vivió buscando el amor

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
El 19 de diciembre de 1915 nació Edith Piaf, una de las cantantes más célebres de la música francesa del siglo XX y justa sucesora de la Mistinguet. Este año, pues, estamos de centenario de uno de los pocos monstruos sagrados del pasado siglo que le faltaba a Francia por rendirle homenaje. Ni que decir tiene que ya han empezado a tirar la casa por la ventana. Es país único para homenajear a sus vacas sagradas de la cultura. Lo llevan haciendo casi doscientos años, enterrando a algunos en el Panteón y a otros ofreciéndoles el rédito (con más pedigrí) de no convertirlos en figuras institucionales pero ofreciendo todo el apoyo del Estado.
¿Que hacer con la Piaf, por ejemplo, que era mujer nada virtuosa, según los cánones burgueses, y ello hasta el punto de que en Estados Unidos, en la gira que ofreció en aquel país en los cincuenta, se la criticó porque sus canciones eran demasiado tristes, desgarradas, desmoralizantes, vamos? Francia no tiene ningún problema pues mantiene una buena nómina de casquivanas en su imaginario social, no en balde las cortesanas se encargaron de establecer el canon. Lo primero ha sido realizar una exposición, inaugurada la pasada semana, ya veremos lo que nos aguarda este otoño, y que finalizará el 23 de agosto, en la Biblioteca Pública de Francia François Mitterrand. Una muestra de objetos personales de la Môme, como se la conocía, la Chica, el Gorrioncillo, medía 1,47 metros: fotos, correspondencia íntima e inédita, discos… una colección donada por Danielle Bonet que es el reflejo perfecto del despliegue de una biografía buscada desde el punto de vista del espectáculo, que fue refugio, trampolín y meta para esta mujer, trágica como pocas, con una vida personal tremenda y una infancia digna de ser contada por un narrador social del XIX; mezcla de miseria, melodrama y abandono, sobre todo abandono, que es el pilar sobre el que se construyó la leyenda de la Chica, del Gorrioncillo, esa mujercita que cantaba la miseria en la posguerra, lo que hizo que un país entero se identificara con ella.

Son 400 objetos que nos dicen poca cosa de la vida sórdida que la Piaf soportó y que la acompañó como a otros les acompaña el dolor, pero que sirven de soporte, aun sea como alfileres, para imaginar su trayectoria vital a través de los ‘efectos personales’, lo que siempre nos coloca al borde del escepticismo: partituras, grabaciones inéditas, manuscritos, que llegan hasta la contemplación del Óscar y del César que Marion Cotillard ganó en 2008 interpretando a la Piaf en la película ‘La Môme’, que aquí se tradujo por ‘La vida en rosa’, y que dirigió Olivier Dahan. Aún y así conmueven porque todo lo que concierne a esta mujer está tan lleno de emotividad que incluso hoy un resorte de identificación hacia ella es algo natural cuando se trata de recordarla. No hay crítica, por mínima que sea, como si la sociedad se sintiera en deuda con una mujer que en vida sufrió ostracismo, miseria y desamor, sobre todo desamor. Aquí debe radicar la clave. Pero hay que ver lo que ayudó a la leyenda.

Por lo pronto el nacimiento. Hay una placa en la rue de Belleville, empinada en una ciudad llana, en el número 72, donde se dice que en este lugar nació el 19 de diciembre de 1915, en plena guerra, Édith Giovanna Gassión, llamada Édith Piaf, hija de un acróbata y de una cantante que trinaba por horas. Lo que se oculta es que no nació en el edificio sino en la calle, como ella siempre se encargó de proclamar. En honor a la verdad: ni la plaza conmemorativa ni lo contado por ella se ajustan a la realidad. La Piaf nació en el Hospital Thenôn. Lo demuestra su acta de nacimiento.

¿Importa todo esto? Sí, es cierto que siendo niña estuvo rodeada de proxenetismo y prostitución y ganándose la vida cantando a los 14 años en los cafés de Pigalle, abandonada por su padre. Fue madre por aquellos días de una niña, Marcelle, que murió de meningitis a los dos años. Melodrama puro y duro sino fuera verdad, pero el horror en este caso quedó atemperado por el talento y la sagacidad. Talento de la Piaf, que es lo único que poseía, y sagacidad por parte de Louis Leplée, que la llamó La Môme y la hizo grabar su primer disco, ‘Les Mômes de la cloche’. Disco que conoció cierta fama entre el público, pero, reveses de la fortuna, el mentor fue asesinado y la Piaf se encontró de nuevo en la calle, en el arroyo, como se decía.

Pero cuando uno se precipita en la nada suele haber un ángel custodio, por lo menos en los casos que podemos narrar. Ese ángel fueron dos, el compositor Raymond Asso y la pianista Marguerite Monnot, que escribirían para ella partituras como ‘Milord’. Luego vino la guerra y la Piaf se convirtió, con lo poca cosa que era, o precisamente por eso, en metáfora de un país, en un símbolo de la Liberación. Cantó ‘La vie en rose’, la canción que le dio fama, éxito y leyenda.

Marcel Cerdan, un boxeador, fue el gran amor de su vida pero murió en un accidente de avión. Para aguantar el dolor se convirtió en morfinómana y tuvo amores conocidos, como los que mantuvo con Charles Aznavour, al que lanzó en su carrera, o con Georges Moustaki, al que ayudó en sus comienzos.

Comenzó a agonizar en 1960 porque los opiáceos no perdonan, pero logró dar su último concierto en la sala Olympia en 1961, acompañada de gentes que la querían, Louis Amstrong, Paul Newman, Alain Delon, Georges Brassens, Duke Ellington, Jean Paul Belmondo… murió en 1963, a los 47 años y su féretro fue acompañado por las calles de París por medio millón de personas. La gente.

Y ahora el centenario de su nacimiento. Bendita Piaf.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s