Dylan Thomas cumple cien años

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Estos primeros días de agosto se ha abierto al público la casa donde nació, hace cien años, Dylan Thomas, el poeta maldito de la poesía británica del pasado siglo, muerto a los 37 años y convertido en una leyenda que va mucho más allá de la que puede producir el alcohol y todo ello a pesar de que cuando le trasladaban al hospital del que no salió vivo repetía de continuo, “me he tomado dieciocho güisquis . Creo que es un récord”.
La casa de Swansea, donde nació y pasó la mitad de su vida, 18 años, en Cwmdonkin Drive, se ha salvado gracias a la aportación de un vecino suyo, un ingeniero de nombre Geogg Haden, que vivía al otro lado del parque Cwmdonkin, y que ha aportado 250.000 euros para su mantenimiento y echado muchas horas para que la casa se conserve en su detalle más nimio tal y como estaba cuando la habitó el poeta.

Todo lo que rodeaba a Dylan Thmas parecía mágico, desde luego sorprendente, no olvidemos que su mujer, esforzada donde las hubiere, Caitlin Macnamara, era una bailarina que conoció al poeta en un pub londinnese, el Wheatsheaf, y que se enamoró perdidamente de él. Hasta entonces la única frase que se le conoció referida al género opuesto era: “Todos los hombres son unos hijos de puta”.

Pues bien ese lado solar, luminoso de Thomas, aún da para hablar. ¿Como entender, si no, que un vecino suyo haya aportado un cuarto de millón de euros ayudado por Emily Simpson, que fue ama de llaves de la familia Thomas y que entre los dos, indignados por la indiferencia de las autoridades locales hacia la memoria del poeta, hayan levantado de la ruina la casa natal de éste?

En cualquier caso se ha salvado del deterioro la casa donde nació uno de los grandes del siglo XX, como hace poco se intentó con la casa que habitaron Rimbaud y Verlaine en Londres, pero el centenario debería servir para dar a conocer de nuevo a esta gran figura que fue adorado en los años cincuenta por los norteamericanos como sólo ellos saben adorar, hasta el punto de que un joven cantautor judío de nombre Robert Zimmerman, se puso el de Bob Dylan en memoria de su poeta preferido. La fama de Thomas le vino desde Nueva York, donde se implantó su leyenda de santo bebedor. Fue, a su manera, un precursor de los beat y así se le endilgó sin quererlo a este poeta porque se respiraba ya en el ambiente un cambio y el bardo venido de Gales les inspiraba un mundo muy alejado de las imposiciones de la poesía social de la década anterior y poseedor de una obra que era, en el peor de los casos, un torrente brutal, hermoso, continuo de imágenes impactantes, trabadas como si surgieran de las entrañas del mito. Yo, por ejemplo, aún recuerdo una sesión en un cine de barrio, en Quevedo, sería mediados los setenta, donde proyectaron ‘Bajo el Bosque Lácteo’, una película bella donde las haya, en la que Richard Burton, galés él, recitaba la enorme poesía de Thomas. Ayudado por Elisabeth Taylor y Peter O ´Toole. Dylan Thomas podía permitirse esos lujos, aún después de muerto. Nadie se levantó de la butaca para irse antes de que acabara la proyección. Creo que fue el último gran triunfo de la poesía en el ágora.

Poseo desde hace años la edición de las ‘Poesías Completas’ que, en edición bilingüe y traducida por Margarita Ardanaz publicó Visor en el año 2005 pero estoy tentado de relacionar como encuentro nada casual el que me aconteció hace dos días en que hallé al lado de un alcorque en una calle madrileña, junto a una introducción a la ‘Poética’ de Aristóteles, una edición clásica, la de la editorial argentina Corregidor, de las ‘Poesías Completas’ de Thomas que tradujo por intromisión de Aldo Pellegrini, Elisabeth Azcona Cramwell. Ni que decir tiene que estoy acostumbrado a la traducción de Ardanaz pero esta edición argentina, que nunca pude conseguir antes de la publicación de Visor, es espléndida a su manera. Es otro modo, también mágico, de celebrar el centenario.

Dylan Thomas pertenece a la generación de los Forties, junto a David Gascoigne, preterida por los componentes de la generación de los treinta, a la que pertenecían Auden, Mac Neice, Stephen Spender, mucho más dados en aquellos tiempos a la poesía de densidad intelectual y de clara vocación social, entendida ésta no como una continuación de la política, sino como una reivindicación de lo público, del ágora, del compromiso con la res publica. Eliot le admitió en Criterion cuando Thomas era casi un adolescente, pero en el fondo no entendió y despreció en cierta manera el gesto de la poesía de Thomas, su extraña oscuridad romántica y Eliot se escocía cuando oía esa palabra. Tanto es así que uno de los retratos más crueles de una sesión de poesía de Eliot la describe Elías Canetti, exiliado en aquel entonces en Inglaterra, que realizó en justa venganza a la indiferencia que se sentía en Gran Bretaña hacia la obra de Dylan Thomas. Hay que decir en descarga de cierta objetividad y en alabanza de la amistad, que Canetti era un apasionado lector del bardo galés.

Thomas nunca se sintió cómodo fuera de Gales y a su modo se encontró extraño en Londres o en Florencia hasta el punto de que en esta ciudad italiana, no sé si por influencia del síndrome de Stendhal, sólo concibió un poema en dos meses mientras que en Swansea las palabras se le escapaban por los lados. Curiosamente en Nueva York, donde fue a ganarse la vida como guionista, no olvidemos que ‘Bajo el Bosque Lácteo’ es un guión radiofónico, consiguió fama y leyenda. Murió de un coma etílico en el hospital St Vincents de Nueva York el 9 de noviembre de 1953, a los 37 años.

En su tumba, en Lughane, sólo una cruz blanca recibe al visitante. No hay sitio para un epitafio. Nos queda leerle. Ya nos advirtió que no entráramos dócilmente en esa buena noche.
Ni que decir tiene que Bob Dylan actuará en Gales en los actos previstos en el centenario.


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