Cuando Marcel Proust hablaba en español

Juan Ángel Juristo / Madrid
‘Cartas a tres amigos hispanos’, que se presenta como inédita en España, es una recopilación de la correspondencia que Marcel Proust dirigió a tres personajes, un español y dos argentinos, con los que el autor de ‘En busca del tiempo perdido’ tuvo alguna relación. Las cartas, 36 misivas, han sido entresacadas de la enorme ‘Correspondance’ y poseen un valor testimonial de primer orden para nosotros en tanto en cuanto reflejan la importancia que la cultura hispana, de una u otra manera, tuvo que ver con cierta conformación en la vida del escritor, y ello por no referirnos al más obvio de todos ellos, Reynaldo Hanh, el músico venezolano que fue amante del propio Proust.
La edición, publicada en Pre-Textos, se complementa con un poema introductorio de Luis Antonio de Villena, y tres prólogos, prolijos, detallados hasta la erudición filológica más acorde con el corpus proustiano, de la mano de David Guillermo y de Herbert Craig, reconocido estudioso del escritor. El primero se dedica a la figura de un argentino, Gabriel Yturri, mientras que Herbert Craig estudia a un personaje español muy curioso, Illán Álvarez de Toledo, Marqués de Casa Fuerte, amén de Max Daireaux, un argentino muy vinculado a Reynaldo Hahn.

Gabriel Yturri, un tucumano de buena cuna algo legendaria –hay quien le adjudica una madre peruana que no se ha podido demostrar– fue amante y secretario de Robert de Montesquiou, amigo íntimo de Proust y en el que se inspiró para formar algunos caracteres aparecidos en su gran obra, por ejemplo, Saint Loup. Como dato curioso de la vida de Yturri, entre otros muchos, habría que decir que fue alumno de Paul Groussac, que le saca en sus Memorias, cuando éste, a quién Borges adoraba, daba clases en Tucumán.

En esas memorias Groussac relata una anécdota sobre Yturri en la que éste ya apuntaba maneras: se vistió de mujer, durante una representación escolar, y el escándalo fue tan mayúsculo, hay que imaginarse a la pacata sociedad tucumana enfrentándose con el que fuese quizá el primer travestido que contemplaban, que huyó con una compañía de circo a Buenos Aires, algo muy de la época, y luego, junto a un amigo de la familia, a Portugal, donde se le pierde la pista hasta que le encontramos en París, siendo secretario de Montesquiou.

Proust le dirigió algunas misivas, teniendo en cuenta que era el modo habitual de comunicarse entonces, no muchas y alguna de este jaez. “¿Cuándo volverá Monsieur de Montesquiou a consolar Versalles que llora con todas sus hojas y con todas sus ruinas desde que ya no tiene que llorar más que a Luis XIV?”, lo que podría ser tomado como una débil declaración política sino fuera porque sabemos que aquí nos las tenemos que ver con una retórica feliz sobre la fortaleza de carácter de su amigo.

Illán Álvarez de Toledo era un aristócrata nacido en Italia que perteneció al grupo de amigos españoles de Proust, como lo fue Federico Madrazo y Mariano Fortuny, de quien estaba muy interesado por sus diseños de vestidos que descubrió en la guardarropía de Albertine o Josep Maria Sert. El personaje de Illán, que era un dandy muy al estilo de los que Marcel Proust gustaba de describir, pertenece a esa exclusiva sociedad que el escritor reflejó en ‘Le coté de Guermantes’, y sirvió a éste para diferenciar gestos de suprema elegancia y distinción dentro de los cánones de aquella sociedad regidos por patrones de movimientos de rechazo o amistad tan sutiles que hacía falta un personaje como Proust para poder describirlo. No de otro modo cabe entender la pasión de Marcel por Saint Just.

Proust escribe cartas de este tipo: “Querido, cada vez más querido, Illán. Es definitivamente en el Ritz. Yo le espero, al igual que a Madame de Casa Fuerte a las diez en punto. Creo que la música les interesará. Tendrán cierto número de suites de Fauré, etc., interpretadas por el autor y Mademoiselle Hasselmans”. En otra misiva Proust le confiesa estar enfermo desde hace cuatro meses y siente no poder atenderle porque ello sólo podría tener lugar a las diez de la noche. En fin…

Respecto a Max Daireaux, decir que la obra de Marcel, ‘Los placeres y los días’ está dedicada a Max y que mantuvieron una relación literaria muy intensa, sobre todo en la época en que Proust frecuentaba Neuilly, donde los Daireaux tenían una casa, y en Cobourg, donde la familia del argentino veraneaba. Es el epistolario más profuso respecto a los tres personajes, conservándose veinte cartas según la obra de Philip Kolb referida a la correspondencia proustiana y que se ha convertido en referencial.

El joven Max terminó convirtiéndose en un escritor francés muy curioso: entre sus obras se encuentran un ‘Panorama de la literatura hispanoamericana’, cosa a tener en cuenta y que demuestra que en aquella época aún los franceses no habían cambiado la denominación por Latinoamérica y una antología de cuentos peruanos titulado ‘La venganza del Cóndor’. También publicó un libro, ‘Melgarejo’, subtitulándolo ‘Un tirano romántico’. En realidad Max Daireaux debería pasar a la historia literaria, dejemos aparte su amistad con Proust, Paul Morand y Valery Larbaud, por ser el primero en tender lazos entre la literatura francesa e hispanoamericana. Tradujo a Alfonsina Storni y a José Martí.

La correspondencia que mantuvo con Marguerite Yourcenar y Alfonso Reyes es más importante que la que tuvo con Proust, pero rebasa el ámbito de este artículo cuyo protagonista es Marcel.

Las cartas de éste dirigidas a Daireaux son elegantes, finas, puro Proust… pero sólo le habla de enfermedades y de ir a Cabourg.

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