Cuando los galeristas eran cultos

Venecia siempre ha sido una ciudad proclive  a la nostalgia, incluso cuando no había razón para ello. En cierta manera es el parque temático europeo de la cosa, con sus calles hechas para que paseen los jóvenes enamorados, como preparándose para las decepciones del futuro, o los viejos que juegan a los mismo precisamente porque la decepción la han dejado ya atrás. Este espejo kitsch vino después del culto a la belleza de la ciudad que Ruskin recuperó para la sensibilidad europea y que, desde entonces, no ha parado de generar fantasmagorías sin fin, como si la ciudad fuese una máquina de crear cebos para que acudan en masa los turistas. Incontables son las excusas para que la capital del Véneto, de una u otra manera, se sienta obligada a rememorar tiempos idos, siempre mejores, más fantásticos, más elegantes… en una perversidad tolerada por unos y otros, tanto que han convertido en símbolo del amor arrullador, con sus murmullos, un puente donde sólo se oían durante siglos los gritos de los torturados. Venecia, ciudad kitsch por excelencia, capital del imaginario mid cult del turismo mundial, es también el rincón de los representantes eximios de la alta cultura. Una exposición que tendrá lugar hasta el 2 de octubre en el Palazzo Venier dei Leoni, el palacio de Peggy Guggenheim, Ileana Sonnabend. A Italian Portrait, nos recuerda, otra excusa para la nostalgia, que en un momento determinado, hubo en Venecia galeristas que sabían sin necesidad de consultar a uno de sus empleados que Zurbarán era un pintor español del Barroco o que sabían apreciar los inquietantes claroscuros de Caravaggio sin que se lo chivaran al oído. Tiene gracia que la exposición lleve el sello de la nostalgia hasta antes de ayer mismo, Ileana Sonnebend murió en 2007, y que sea la sede de una galerista que vivió en Venecia, Peggy Guggenheim, la que acoja el legado de otra de las legendarias mujeres de la Venecia del glamour hight cult, y, además, con el añadido de que esa nostalgia, el envoltorio, se vea arropado por un contenido de obras que han hecho el arte moderno, aquel que desplazó el centro de gravedad de París a Nueva York en los años sesenta, y que Ileana Sonnebend contribuyó a ello de manera determinante. Ya digo, cualquier excusa es buena para la nostalgia.

La exposición, por supuesto, es magnífica pero conviene que nos fijemos, por aquello de la nostalgia, en lo que han cambiado los tiempos en pocos años que, en el fondo, es la sensación que invade  a cualquiera que visite la muestra. Ileana Sonnebend, heraldo del arte norteamericano, pasaba los veranos en Venecia en compañía de su marido, Michael, un apasionado de Dante, del que poseía todas las ediciones que encontraba y al que leía todos los días, en italiano e, incluso, en el toscano original. Sobre todo a partir de 1965, un año antes de que Robert Rauchemberg, se llevase el Gran Premio de la Biennale, que marcó ese desplazamiento de la Escuela de París a Nueva York en el arte moderno, Ileane no pasó un verano de su vida sin trasladarse a Venecia, a su jaula dorada, no tan grande como la de la Guggenheim, pero si lo suficiente para hacer oídos sordos a los murmullos de las masas de turistas que poco a poco han transformado el rostro de la peste medieval de esqueleto danzante al perfil de un crucero atracando en sus muelles. Ese prurito por frecuentar el arte europeo, embeberse de su esencia y comprenderlo, al fin y al cabo fue educada en él, se advierte en la exposición del Palazzo Venier dei Leoni: es verdad que se encuentra Rauchemberg, un collage de 1973, por ejemplo, titulado Venitian; es verdad que por ahí anda un Andy Warhol, con un retrato de la propia Ileana; incluso un Jeff Koons, uno de los últimos descubrimientos de la galerista, pero luego hallamos algún que otro Fontana, un Kounellis, a Mario Merz o a Manzini, que ella llevó a Nueva York en su momento. Además, no hay más que fijarse en los títulos de muchas de las obras para comprender que Italia, en especial, lo impregna todo: Anne y Patrick Poirier han hecho un montaje inspirado en el cementerio de Ostia, el fotógrafo japonés Sugimoto presenta obra que refleja el monumento a los muertos de Sant Èlia, el escultor californiano Philip Haas se inspira claramente en Arcimboldo. Hay, incluso un Claes Oldenburg que se titula Vitello Tonnato. Más italiano, imposible.

De las sesenta obras expuesta destacan las de pequeño formato porque representan mucho más la intimidad propia de un gabinete, algo que la exposición pretende subrayar, que la sala amplia de una muestra diseñada para dejar boquiabierto al público: un dibujo de Sol LeWitt que se reproduce y que estaba en el muro del apartamento de los Sonnebend en Venecia; también El retrato de Mike Sonnebend , que le hizo Arman en 1969 y que consiste en un conjunto de libros, por supuesto el Dante que amaba hasta la exasperación, pero también El lamento de Portnoy, de Philip Roth, aparecido ese mismo año y que se convirtió en un best seller poco después.

Ya digo, nostalgia a raudales. Una nostalgia que poco o nada tiene que ver con las piedras derrumbadas de Ruskin, ni con la presencia de figuras finiseculares, como Richard Wagner,  ni con la muerte en sus aguas, como le sucedió a Diaghilev, ni con la visión torturada de un escritor enamorado de un efebo, en la novela de Thomas Mann, y que Visconti transforma en un músico acorde con la sensibilidad exacerbada de un Gustav Mahler  en su célebre película. No. Una nostalgia que se conforma con menos, con recordar los tiempos del pop art y de las elites culturales de hace cuarenta años. Venecia se renueva todos los años, incluso su nostalgia: tiempos vendrán en que celebraremos las pisadas de Georges Clooney por los salones dela Mostra. Al tiempo.

 

 

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