¿Criticar al crítico?

Pertenezco a una generación de críticos a los que siempre nos ha corroído, dicho el término con toda la buena intención, cierto gusanillo melancólico respecto a la suerte de la generación de críticos, españoles y europeos, inmediatamente anteriores a la nuestra, generación a la que en el caso de España pertenecía con pleno derechos y poderes Josep María Castellet. Ese gusanillo tenía que ver no tanto con una cuestión de estatus, que también, como de acomodo de una cierta misión. Y esa misión tenía que ver, a la vez, todo respecto a un modo de entender la cultura y el aparejamiento que la labor del crítico realizaba hacia la sociedad, al modo de un puente tendido entre ambos. Ni que decir tiene que tamaño estatus de misión otorgaba no sólo cierta satisfacción sino que llegaba a justificar una vida y si es cierto que al final todo en esta es cuestión de distintas oficinas, pero oficinas, como dijo alguien con vocación de cínico en alguna película de espías, no lo es menos que durante los años de madurez esa generación de críticos se otorgó la consideración de ser la lógica continuación de una corriente de alta cultura donde lo didáctico tenía cabida, tanto como el descubrimiento de lo mejor que se hacía en otras tierras. Y así, por arte y parte de esa corriente subterránea, implícita que ligaba a personajes tan distintos como Walter Benjamin o Ernst Robert Curtius a otros como Ciryl Connolly o Reich Ranicki, si me apuran, y que entre nosotros no están tan lejanos, me refiero al ejemplo, los casos de Corpus Barga y Ortega y Gasset, junto a quienes podríamos colocar sin rebozo alguno, en cierto sentido, a Castellet, a pesar de distancias y excelencias.

Todo eso se ha perdido y mi generación no lo ha conocido sino es bajo forma de deje melancólico. De ahí que la muerte de Josep María Castellet me haya servido para reflexionar sobre el modo en que esa muerte está ligada indisolublemente a una manera de entender la cultura crítica que comenzó en el siglo XVIII y que ahora hace aguas sometida a poderes difícilmente abarcables. Castellet perteneció a una generación politizada bajo la férula del pensamiento marxista, algo que luego ha sido criticado hasta la extenuación, pero habría que dejar claro que la cuestión social, pública, es lugar preferente en la cultura desde la Ilustracion y si, por ejemplo, entre Walter Benjamin y Ernst Jünger, y los cito como teóricos de radicales maneras distintas de entender la cultura, las diferencias entre ambos son abismales, no lo es menos que sus propios orígenes y caracteres, pero existía un nexo que les unía, a todos, por cierto:se tenía en cuenta siempre la cuestión social, aun fuera para ilegalizar a los sindicatos. Pero se la tenía en cuenta. Era una obligación intelectual y moral.

Cuando la cosas se derrumban es difícil sustraerse a ese derrumbe. De ahí que las etapas donde se han tenido puentes y construido singulares sistemas se tengan por especialmente proclives a ser mitificados. Es probable que con Castellet la cosa fuera así, pero en la época que le tocó vivir era urgente tender puentes entre la cultura catalana y española, por ejemplo, y Castellet lo hizo, al igual que dar a conocer las tendencias europeas y norteamericanas en el mundo literario, especialidad del personaje. ¿Qué otra cosa hizo en su momento una figura tan estelar como Cesare Pavese? La generación de Castellet quiso jugar a ser los cesare pavese del momento. Eran ya otros tiempos, pero lo cierto es que, aunque apartados del impulso original, los resultados, aunque un tanto espurios, seguían siendo reconocibles en una tradición cultural que se contaba en siglos. Castellet, así, siguió unos primeros pasos ligados al falangismo de la revista Estilo para vincularse de inmediato a un pensador de la talla de Manuel Sacristán, amigo y compañero de muchas cosas, e impulsar publicaciones como Laye y asistir al Congreso para la Libertad de la Cultura, en los años cincuenta en París, un Congreso lleno de intelectuales marxistas y que luego muchos supieron financió la CIA. Avatares de la Guerra Fría…

Castellet, Carlos Barral, Alfonso Costafreda, Alberto Oliart, los Ferrater, Jaime Gil de Biedma… amigos y componentes de una generación, la de los cincuenta, porque por entonces el computo de movimientos culturales se hacía por estricto orden de calendario, y no por imposiciones de técnicas publicitarias, como lo de generación Nocilla, sin ir más lejos, que consiguieron desde una labor estrictamente cultural de desprovincianizar España, lo que no era tarea fácil. Castellet, aprendiendo del Jaime Salinas de Seix Barral, en Edicións 62 y luego en Península, realizó un labor editorial encomiable pero no habría que olvidar su labor crítica, y no sólo por la ya legendaria ‘Nueve novisimos’, sino por libros como el que dedicó a Josep Pla, sin ir más lejos, o el libro homenaje a Salvador Espriu… cosas así es la que nos ligan a una tradición cultural de aspecto y querencia sólida. Y este tipo de actividad es impagable, lo que no quita también tener en cuenta cierto anecdotario que con el tiempo se revela gracioso… el encierro en Montserrat en 1970 donde coincidió con un joven y magnífico y apasionado Mario Vargas Llosa . . . Así eran esos tiempos.

Le conocí a raíz de la publicación en Anagrama de la traducción castellana de ‘Els escenaris de la memoria’ en compañía de César Alonso de los Ríos, que me lo presentó. Pasamos una tarde estupenda, donde hablamos de tiempos pasados, los suyos, yo entonces no poseía el corrosivo gusanillo, el ligado a lo melancólico de ciertas situaciones que uno imagina mejores porque no las ha vivido y absorbí de buen talante todo el anecdotario de unos años bastante terribles pero llenos, ya digo, de esperanza, que el sabio Dante sabía era lo que nos apartaba realmente del Infierno.

Conviene no olvidar cosas así cuando rememoremos destinos como el de Josep María Castellet. Lo digo para que sirva como exorcismo del nuestro.

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