Cleopatra se enfrenta a Augusto en París

Juan Ángel Juristo / Madrid
La exposición de Augusto que se acaba de inaugurar en el Grand Palais es magnificente, como corresponde al creador de la Pax Romana. Pero sólo una ciudad como ésta es capaz de albergar otra gran exposición de quien fue su rival, Cleopatra, con casi el mismo fasto que la del primer emperador. Esta vez no ha sido necesario desenterrar la Batalla de Actium, aun sea de manera simbólica, porque el gran ausente, Marco Antonio, está a punto de convertirse también en héroe mediático ya que parece ser que se tienen serios indicios de que las tumbas de ambos amantes se encuentran en Taporisis Magna. A la espera del descubrimiento, un hito en la arqueología, el público se contenta con asistir en la Pinacoteca de París a la exposición ‘El mito de Cleopatra’, abierta hasta el 7 de septiembre. El mito renace una vez más, esta vez el Imperio Romano y Alejandría se han adueñado de la capital francesa. Como una versión más culta de la película de Joseph Mankiewicz.
Y es que seguimos imaginando a Cleopatra con los rasgos de Elisabeth Taylor y la culpa de todo ello la tenga quizá el propio Shakespeare, que en ‘Antonio y Cleopatra’, desmontó el mito vigente hasta entonces de una reina perversa y frágil. El Bardo la iluminó con todos los atributos de la mujer madura; el siglo XVIII, luego, le dio atisbos de belleza y el Romanticismo la elevó a semidiosa, y para rematar, el siglo XX la recreó en imágenes movientes, algo con lo que no podía competir la pintura histórica del XIX. Tanto es así que la muestra parisina, que consta de 351 piezas, entre lienzos, joyas, restos arqueológicos, vestidos, esculturas, se cierra con la capa que llevó la Taylor en la película, junto al vestido que lucía Richard Burton. Al fin y al cabo, no seamos mojigatos, el noventa por ciento del público europeo tiene la idea de la historia de Roma que le ha trasmitido el cine. La exposición, por tanto, al ser histórica, ha dado muestras de ajustada fineza la incluir el vestuario del film.

Porque en realidad Cleopatra es uno de los grandes mitos del imaginario occidental. Tengo para mí que representa, elevada a categoría de mujer, a categoría erótica, ese vínculo de fascinación que siempre sintió Occidente por Oriente. Es probable que la persistencia del mito de Cleopatra tenga que ver con el misterio que asociamos a las culturas orientales comenzando, desde luego, por el propio Egipto, que disparó el imaginario de la era napoleónica y del espíritu romántico, aunque bien es verdad que esa fascinación recorre la historia europea desde que la propia reina viajó a Roma y ello a pesar de la nefasta publicidad que de ella hizo César Ausgusto, publicidad que la condicionó durante siglos.

La arqueóloga Kathleen Martínez anda desde hace años detrás de las tumbas de Marco Antonio y Cleopatra y parece ser que la pista de Taporisis es bastante plausible. El exministro egipcio de Antigüedades Zahi Hawas, que era todo con Mubarak, fue el instigador de esa pista y cree en ellas a pie juntillas, hasta el punto de que piensa que este mismo año se produzca la feliz resolución. Algo estupendo para la arqueología… y para él, cuya rehabilitación sería segura.

El descubrimiento de las tumbas no nos va a desvelar grandes cosas sobre Cleopatra, de ahí que el director de la Pinacoteca Marc Restellini, se muestre más acorde con el relativismo histórico, con las representaciones de ella a través de las edades. Y añade que, “todo el mundo está de acuerdo en que fue una mujer muy bella, aunque nadie sabe con exactitud como eran sus rasgos… ha sido representada con facciones negras, egipcias o nubias, pero nunca griega, que es lo que era ella”. Algo cierto, tan cierto que ahora nos la imaginamos con ojos violeta, bajita y algo regordeta, tal como Liz Taylor. La realidad no nos gusta.

De ahí que la exposición gire en torno a la época de Cleopatra pero nunca sobre ella, porque no hay representación antigua fiable, lo que la Pinacoteca ha sustituido por cuadros modernos con su temática o figuras de cine. Algo conveniente y que no nos debe chocar ya que la exposición de Augusto en el Grand Palais posee profusión de estatuas del Emperador pero no deja de ser un modelo de poder muy alejado de cómo era en realidad.

Así que vayamos a sus representaciones. La exposición recoge todas. Desde luego las primeras, cuando la Pax Romana quiso reproducirla como una loca, una meretriz poco digna de confianza, lo que en mundo tan vesánico como el romano llama la atención. En el Renacimiento, con Boccacio y Dante, nos topamos con una Cleopatra que era prostituta de los reyes orientales, devoradora de hombres y epítetos así, y es a partir del siglo XVII, que es cuando se descubre a Plutarco, como se la concibe como mujer de destino trágico. Ahí entra Shakespeare.

Luego, ya dijimos, el Romanticismo y su pintura histórica, más tarde el cine… hasta llegar al mundo de las conjeturas prolijas que es donde nos movemos ahora, que si Cleopatra murió d e una sobredosis de opio, cicuta y acónito; que si fue una adelantada del culto al cuerpo, del fitness, vaya, y ello hasta el punto de que Angelina Jolie ha afirmado que el papel que tiene pendiente antes de retirarse del cine sería el de hacer de Cleopatra.

Una exposición profusa y, sin embargo, fantasmal. Después de ver piezas arqueológicas a decenas y esculturas salimos de la sala imaginándola con los rasgos de Liz Taylor. ¿Qué tendrá el cine?

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