Chesterton y la inspirada defensa del sentido común

Editorial Renacimiento, en su colección Espuela de Plata, acaba de editar ‘El hombre corriente’, una selección de artículos y ensayos de Gilbert Keith Chesterton, que fueron publicados en 1936, un libro en cierta manera póstumo, pues murió cuando estaba corrigiendo las pruebas. La traducción, de Abelardo Linares, es excelente, Chesterton siempre tuvo suerte con sus traductores al esapñol, desde Alfonso Reyes a Manuel Azaña pasando por Méndez Herrera, Antonio Marichalar, Mariá Manent… y bien puede decirse que este libro, aunque reitera todo el ideario de Chesterton, desde sus artículos más humildes hasta sus libros más famosos, como ‘Ortodoxia’, resume como pocos de su autor su postura ante la defensa del sentido común que es sustancial a la gente corriente. En realidad es el pivote en que gira la critica a la Modernidad de Chesterton, su intuición más lograda.

Intuición que le diferencia enormemente de la defensa del sentido común del pueblo de otros autores, sobre todo españoles. Porque entre nosotros esa defensa fue siempre una postura irredenta, propensa a hacer la hagiografía del analfabetismo, sea en clave humorística y un tanto terrible, como en Julio Camba, o como defensa ante la ideología standard de lo Moderno, en José Bergamín, sin ir más lejos. En Chesterton esa defensa no pasa por ahí porque carece, aunque no lo desconoce, del lado brutal, un tanto cainita, de nuestro imaginario. Chesterton, como buen británico, siempre se reserva una Arcadia refugiada en lo que en esa Isla han llamado siempre la vida privada. La defensa del sentido común se refugia en ese ámbito, un ámbito que puede inmiscuirse en gestos y reflexiones de sutilidad extrema o, simplemente, derivar en Harry Potter. Su éxito, por otro lado, sería comprendido por Chesterton si hoy viviera, y la gracia de esa defensa es que diferiría radicalmente de los defensores a ultranza de la saga. Esa es su esencia, su fascinante independencia.

Estos ensayos y artículos tocan muchos palos porque no hay que olvidar que Chesterton fue periodista, uno de los grandes del siglo pasado y, por tanto, tuvo la singular deferencia y genio de saber aunar la noticia del momento con lo atemporal, porque poseyó la genial intuición de saber que el tiempo, eso que no sabemos en qué consiste pero sabemos que existe, en frase de San Agustín, tiene que ver todo menos con lo lineal, y que ésta es una de las supersticiones en que se basa el mundo moderno.

De ahí que podamos decir que la paradoja en Chesterton, que es explicación tópica de su modo vivo de pensar tiene que ver todo con la conciliación de unos contrarios que lo son porque así se han empeñado en hacérnoslo ver desde la infancia. Tengo para mí que Chesterton, que fue hombre que sufrió a pesar del engañoso estado placentero de su prosa, realizó un bucle con el pensamiento, con las ideas recibidas de la educación para introducirlas en el olvido primordial de la inocencia de la ifnancia y, luego le dejó salir, de nuevo pero transformado. Sólo así cabe entender que la felicidad, la conciliación, lo luminoso, la risa, lo ocurrente, la pobreza, tengan lugar preponderante en el modo de construir un mundo mejor y más sabio.

Chesterton nos habla en este libro de la superioridad del hombre corriente respecto al excéntrico, que es al que la Modernidad ha mimado, arremete contra la vulgaridad, el nudismo, nuestra idea de la educación… en fin la serie en que la Modernidad se manifiesta en el imaginario colectivo y que Chesterton defiende o fustiga siempre con un elenco de nombres que le acompañan de forma pertinente, tanto que parecería que a veces sólo han existido para acompañarle en una cita: Henry James, Elisabeth Barrett Browning, Charles Dickens de quien escribió la mejor biografía que he leído del escritor, en fin, Tolstoi… Uno de los ensayos más graciosos y excelentes del libro es aquel en que se plantea los grandes temas históricos con el tópico del ‘What it’, el ¿qué hubiera ocurrido si…? A este respecto no tiene parangón cuando imagina si don Juan de Austria se hubiera casado con Maria de Escocia.

No hay tema que se le escape, o eso parece, los monstruos de la Edad Media, la nigromancia, el patriotismo, para qué sirven los novelistas, la risa como modo idóneo de discusión… y los vándalos, a quienes dedica párrafos brillantes: “Hay dos tipos de vandalismo, el negativo y el positivo, el de los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios, el de los vándalos del mundo moderno, que los erigen… Puestos a elegir entre dos cosas malas, es mejor ser el bárbaro que destruye algo que por algún motivo le disgusta o no comprende, y a quien sinceramente pueden gustarle otras cosas que comprende, antes que ser el hombre vulgar que erige algo exactamente expresivo de lo que le gusta, y con ese acto levanta una imagen colosal de la estupidez de su alma”.

El libro, digo, es como un resumen del sempiterno Chesterton pero con el estilo tardío de sus últimos años, un estilo aún más luminoso y prístino que el de su juventud. Chesterton es un hombre cuerdo, cuerdo de verdad, como Alonso Quijano, y de ese sentido de la cordura hablan estas páginas. Si usted fuma y ha sido tratado como un delincuente y se inquieta por haber matado a una mariposa de un pisotón, no sea que se le acuse de haber causado problemas irresolubles a una especie protegida, que contempla las probables penas que le pueden caer a una pianista por tocar su instrumento en casa y que es casi superior a la de un asesinato sin premeditación… en fin, si está tocado por el marasmo siempre puede leer a Chesterton, que le hará reconciliarse con su alma. Hay otros pero pocos tan luminosos como este gran gordo donde parecía caber toda la humanidad. Hay otros, claro, pero ahora estamos con Chesterton.

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