Augusto, nuestro primer emperador

Juan Ángel Juristo / Madrid
París quiere conmemorar el bimilenario de Octaviano, el emperador Augusto. El Grand Palais, fastuoso espacio para muestras rutilantes, ofrece hasta el 13 de julio una exposición que, bajo el título de ‘Augusto, las promesas de la Edad de Oro’, intenta dar una idea al espectador de lo que supuso en realidad aquella frase que se le atribuye: “Encontré una Roma de ladrillos y he dejado una Roma de mármol”. Como si se quisiera ofrecer la idea de que en cierta forma fue nuestro primer emperador. Desde luego fue nuestro primer modelo político y es probable que esta exposición parisina exprese mucho más en el inconsciente colectivo que lo que da de sí una mera efeméride. Lo dijo Suetonio: “La mirada del Emperador refulge como los rayos del Sol”.
La exposición es enorme, más de 300 obras, entre esculturas, vajillas, bajorrelieves, joyas…, objetos que evocan la figura del Emperador, un hombre que no tiene el carisma de su tío, el dictador César, pero del que bien se puede decir que es el arquitecto de la idea de un Imperio, el protector de las artes y las letras, el legislador, el que establece costumbres justas, piadosas, el hombre en cuyo reinado se escribió ‘La Eneida’, de Virgilio, el canto de la fundación de Roma, y aquel en que nació Jesucristo, cuya doctrina iba a ser la destrucción de parte de su legado a la vez que la conservación del mismo por otros medios. Augusto…

Ahora celebramos el bimilenario de su muerte, tanto en Roma, claro, como en París, en esta del Grand Palais. En 1937, Mussolini había celebrado el bimilenario de su nacimiento. Eran los años de la expansión de Italia intentando ser una potencia mediterránea, con el modelo copiado del Imperio creado por Augusto. Eran otros tiempos, de expansión, de militarización. Ahora preferimos fijarnos, son otros tiempos, en su lado civilizador, de mecenas de las artes, de su aspecto de legislador, un poco como si hubiese ocurrido hace tiempo, dos mil años, que junto a la nacimiento del cristianismo nos acompañase también el del origen de lo que ahora es la UE, o de lo que queremos que sea, mecenazgo y legislación. Una vez más el anacronismo como sustrato del imaginario de una época. Siempre ha sido así en Occidente.

De esta manera la gracia de esta muestra sobre la monumentalidad de la época de Augusto es que es la que Europa quisiera poseer, una vez más, sin que los tiempos nos sean propicios: escultura, artes decorativas, arquitectura monumental, la esencia, por tanto, de la ideología de Augusto. No es baladí el que las dos exposiciones importantes sobre el personaje tengan como centro dos capitales monumentales: Roma, cuyas espléndidas ruinas son las creadas por el propio Augusto, y París, la ciudad europea que mejor ha emulado el legado del Imperio romano en su vocación monumental. No es baladí, digo, tampoco casual: es la muestra que los habitantes de Roma y París entienden a la perfección y por distintos cauces, unos con el inconsciente de las películas de Cinecittá y de Mussolini al fondo, otros porque aún resuena en su cabeza el cañón napoleónico.

Augusto, el hacedor de una revolución cultural. En eso estamos.

Los estoicos explicaban el desarrollo de la historia por la actividad incesante de un soplo divino, energía creadora cuya dilatación engendraba el universo en una condensación de aire y fuego; un fuego vital que reuniría los otros elementos en un orden que terminaría en una explosión capaz de crear un mundo nuevo. Los neopitagóricos pensaban más bien en términos más apacibles tomados de los caldeos, y que se contienen en Platón: todo concluye hacia un momento en que se anuncian por los astros tiempos armónicos después de años tumultuosos, anárquicos.

Los libros sibilinos, que habían dividido el tiempo en siglos, hablaban de que la era de Saturno estaba por concluir y vendría la de Apolo pítico, la de la luz. A eso se refería la Égloga IV de Virgilio que luego los cristianos interpretaron como el de la profecía del gran poeta romano sobre el nacimiento de Cristo: no se equivocaban o por lo menos, no menos que los demás, que creyeron ver tiempos propicios de Paz después de las guerras civiles. A eso se consagró el propio Augusto que hizo edificar en el 28 antes de Cristo un templo en el Palatino consagrado a Apolo pítico y como depósito de los libros sibilinos, edificado como una réplica del altar de la fundación de Roma y flanqueado por tres elementos: una biblioteca griega y latina donde tendrían lugar las sesiones del Senado, una casa del pueblo y su propia casa. Los dioses, los oráculos, las obras maestras, los senadores… figuras que adornan en el fondo la corona del Emperador.

Es este el contexto en que la exposición del Grand Palais insiste en hacer patente. No es para menos: Virgilio ya lo anunció en su obra maestra, haciendo realidad la otra profecía de Cumas que se anunciaba desde los tiempos de Sila: reinará la casa de Augusto, cuyo origen se remonta a Ilión y Eneas, y vendrán tiempos de paz, gloria y eternidad. Eso nos lo hace ver la muestra de manera evidente: las preces de Virgilio se cumplieron: duraron más de quinientos años, algo no otorgado a Imperio alguno bajo la tierra después de Roma… y ello si nos ahorramos el chino, que siempre está muy lejos de nuestros cálculos.

El Ara Pacis, con bajorrelieves que evocan las procesiones del Partenón, esculturas de la Basílica Julia, en el Foro, del Palacio de Augusto, de la Casa de Livia, el tesoro de Buscoreale, con sus ramas de olivo, son testimonio del legado de refinamiento de las vajillas de plata en ese periodo… finalmente, en la última sala, una enorme estatua que proviene del teatro de Arles: el emperador desnudo, en actitud divina. Es el último momento de esplendor antes de que a raíz de un viaje de inspección por la Campania cayera enfermo y pidiera regresar a la modesta casa de Nole donde había muerto su padre. Era agosto del año 14. Allí planteó, según Suetonio, a sus allegados si su reinado había traído paz y prosperidad. No deja de ser curioso que celebremos el bimilenario de su muerte con negros nubarrones cerniéndose en nuestro alrededor. La historia es ciega: Mussolini celebrando el nacimiento de Augusto y apenas tres años después el país ardería por los cuatro costados. Por lo menos en aquel entonces los ciegos creían a pie juntillas en el poder redentor de la violencia.


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