Arquitectura y guerra, la perversión de un oficio noble

Juan Ángel Juristo / Madrid
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En el fastuoso distrito XVI parisino, en el Palais Chaillot, se ha inaugurado ‘Architecture en uniforme’, una exposición interesantísima, de lo más curiosa y extraña a pesar de su obviedad, sobre las relaciones entre la arquitectura y la II Guerra Mundial. La muestra abarca un abanico de actitudes extremas, que pueden ir desde la implicación extrema de Albert Speer, que todo el mundo cita como arquitecto asociado a proyectos bélicos, a Szymon Syrkus, un resistente polaco de Auschwitz, que trabajó en la construcción del campo de exterminio y, sobre todo, en los campos hortícolas del mismo y el periodo se extiende desde el bombardeo alemán a la ciudad de Guernica en 1937, a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Siete años que le han servido al comisario de la exposición, arquitecto él mismo, Jean Louis Cohen, para exponer toda una serie de documentos sobre las relaciones entre arquitectura y guerra en las que lleva trabajando 25 años.
La muestra del Palais Chaillot no es la primera que realiza Jean Louis Cohen, arquitecto del pabellón francés en la próxima Bienal de Venecia, sino que este trabajo de recopilación le llevó a exponer en Montreal en 2011 en el Centro Canadiense de Arquitectura. Esta exposición parisina, sin embargo, se distingue de la anterior porque ha sido enriquecida con las aportaciones de los documentos franceses sobre el conflicto.

Por ejemplo, la nueva ciudad de Drancy, modelo de arquitectura moderna, a lo Le Corbusier, con sus cinco torres de catorce pisos cada una y que sirvió como habilitación a un campo de concentración para judíos: 70.000 de ellos estuvieron en Drancy antes de ser trasladados a campos de exterminio.

Este tipo de relaciones ha sido pasado por alto en las historias de arquitectura o en los estudios consagrados a la relación entre arquitectura y guerra, que son escasos. En esos siete años que transcurren entre Guernica e Hiroshima miles de arquitectos fueron movilizados al servicio de una producción industrial sin precedentes motivados por las nuevas estrategias de agresión y defensa. Las innovaciones fueron tantas que, después de la guerra, la arquitectura ya no volvió a ser la misma y el conflicto, en este campo como en muchos otros, dio paso a la Modernidad. La guerra abrió la posibilidad de experimentar con nuevos materiales y supuso un giro radical en la manera de aplicar estas innovaciones.

Como estamos en época de crisis se impone la sobriedad y, de esta manera, en el vestíbulo del Palais Chaillot 41 retratos de arquitectos reciben al visitante. De Albert Speer al polaco Szymon Szirkus hay lugar para ejemplo señeros: Alvar Aalto, Charles Eames, Le Corbusier, Richard Neutra, Bruno Zevi e incluso un clásico ya en esa época, Auguste Perret, que encarnó como nadie la ambigüedad del Gobierno de Vichy y su mariscal Petain. Todos, unos más cercanos, otros más lejanos, participaron en los proyectos de guerra, unos con gestos hipócritas, otros con lealtad y sentido de la ética… La exposición, dividida en veinte temas, da idea cabal de todos los campos en que trabajaron los arquitectos desde Francia a los Estados Unidos en 300 obras que han sido halladas en museos, fundaciones y bibliotecas. Así, esas estupendas fotos sobre el arte del camuflaje para que los trabajadores de la industria de la aviación no fueran detectados, como los de la Douglas en Santa Mónica, en California.

Como siempre, lo noble, lo bien realizado, se alía a la perversión, convive con ella. En el caso que nos ocupa, se muestran las habitaciones para obreros hechas por Jean Prouvé con un mobiliario revolucionario para la época, o las casas de madera diseñadas en serie por el arquitecto alemán Konrad Wachmann.Y junto a esto, las fábricas ultramodernas, asépticas, que son sistemas de producción de la muerte en masa. En la muestra hay dos ejemplos paralelos: la base alemana de Peenemünde, que se extendía durante 12 kilómetros en la isla de Usedom , en el Mar Báltico, de donde partían diariamente las V 2 con su ración de muerte para Londres, y la ciudad de Oak Ridge, lugar en que se construyó la bomba atómica y que empleó a 73.000 personas que no sabían para qué fin estaban trabajando.

La destrucción masiva y sistemática: el arquitecto Konrad Meyer, creador del ‘General Plan Ost’, que bajo las órdenes de Himmler extendió un exterminio sistemático de la población y sus ciudades y pueblos en una extensión de 200.000 kilómetros cuadrados, la mitad de España: polacos, bálticos, bielorrusos, ucranianos, masacrados con las técnicas y la planificación de una fábrica al uso. O las limpiezas de los enclaves llamados degenerados, como los barrios norte del Viejo Puerto de Marsella por orden del propio Himmler a principios del 43 porque estaba repletos de razas inferiores que contaminarían al resto de la población.

En fin, una colaboración que no desdeña los campos de exterminio. Antes al contrario: Fritz Ertl, antiguo discípulo de la Bauhaus, que diseña el campo de Birkenau, o Hans Stosberg, que se ocupa de Auschwitz… todo ello hasta llegar al joven paisajista Dan Kiley, que es el encargado de adecentar y poner al día el Palacio de Justicia de Nuremberg, donde fueron juzgados los criminales del Reich ya extinto. Una excelente exposición… por su calidad y rareza.


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