Anton Chejov, la precisión de los sentimientos

Juan Ángel Juristo / Madrid
Páginas de Espuma es una editorial que ha conseguido renombre y excelencia ciñéndose a un género, el cuento, como elemento imprescindible de su justificación. Con ello, que en principio podría parecer un cercenar ciertas expectativas, esta editorial ha logrado profundizar en un género, y de paso dignificarlo, que en España siempre fue preterido respecto a la novela. De hecho esta casa editora ha logrado incorporar a su catálogo la obra completa de autores cuyos títulos se encontraban dispersos en libros profusos, muchas veces muy poco accesibles, como Javier Tomeo, cuya edición es bella y referencial. Ahora, Páginas de Espuma nos anuncia la salida estos días del primer tomo de los ‘Cuentos Completos’, de Antón Chéjov, uno de los grandes escritores del siglo XIX, que brilló especialmente en el relato y en la escena.
La edición, debida a Paul Viejo, es ingente y de una importancia enorme ya que por primera vez se reúnen los relatos de Chéjov en español, gracias a los inéditos hallados ya que Aguilar hizo en su momento una buena edición de los ‘Cuentos Completos’, y en traducciones ya existentes, lo que hace de esta edición algo único y, además, servirá para que el lector de Chéjov pueda hacerse una idea precisa del modo en que evolucionó su obra, ya que hasta ahora nos teníamos que contentar con antologías o recopilaciones copiosas pero que nunca llegaron a asumir el compromiso de dar a conocer todos ellos quizá por entender que sólo habría que atender la obra de madurez.

Son cuatro tomos de 1.200 páginas cada uno, lo que da idea de la vasta obra que Chéjov proyectó respecto al género, donde quiso abarcar el gran teatro del mundo. El primer tomo, el que ahora se publica, consta de 240 relatos, de los que casi cincuenta han permanecido hasta ahora inéditos entre nosotros, y dan una idea precisa de la calidad que poseía este hombre tocado para el relato cuando a los veinte años escribió el primero de los suyos, y veinticuatro años después publicó el último. Sobrecoge pensar la enorme dedicación, casi obsesión, que Chéjov, de salud delicada, médico él mismo, dedicó a lo literario, una actividad casi frenética que explica bien Raymond Carver y que recoge José Andrés Rojo cuando describe la visita que Chéjov realizó a Tolstoi. Ante la visión del monstruo, del genio, del gigante de las letras rusas, el autor de ‘Guerra y Paz ‘y ‘Ana Karenina’, el hombre que tenía más de una visión del mundo, y además incompatibles, el enclenque y enfermizo Chéjov justificó su propia escritura afirmando que como no tenía una visión del mundo, tenía que conformarse con dar cuenta de cómo sus personajes “aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan”. Sobre todo, cómo hablan. Ahí está la clave.

Es evidente que la mayoría de los inéditos pertenecen a su primera etapa como escritor y no es fácil determinar la cuantía ya que según Paul Viejo, “no es fácil comprobar si a alguien se le ocurrió hacer la traducción de un relato del que no tenemos noticias en, pongamos, una revista de Paraguay”, pero según el responsable de la edición ha llegado a calcular que pueden ser más de noventa. Tratándose de una obra que consta de unos 650 relatos, no parece una cantidad ingente, pero poseen una importancia enorme en la estructura de esta edición porque son reveladores de la evolución de un escritor que, como Chéjov, poseía la clave secreta de la precisión, algo esencial en el género.

De ahí que la estructura sea la de un estricto atenerse a lo cronológico, algo que hace también la edición canónica de la Academia de las Ciencias de Moscú, que es la que ha servido a Paul Viejo para realizar la de Páginas de Espuma. Para el editor lo cronológico es el modo adecuado de entender esta obra, pues vemos claramente la evolución de un Chéjov joven que escribe muchísimo y en clave satírica sobre a sociedad rusa, en relatos muy breves, de apenas 15 líneas, hacia el escritor maduro, preciso, ajustado, dueño de un estilo y de una manera insobornable de confrontar el mundo.

Una manera que le lleva a revolucionar la estructura del género, hasta entonces tremendamente ligada a la fórmula, planteamiento, nudo y desenlace, al modo de los tiempos del teatro, para desembocar en los famosos finales abiertos de Chéjov, esos finales que el inventó y cuya influencia fue determinante en la conformidad del género en la Modernidad, tan determinante que bien puede decirse que hay dos autores esenciales, y muy distintos, para entender la evolución del relato moderno: uno es, reconocido sobre todo gracias a Baudelaire, Edgar Alan Poe; el otro, sin discusión, es Antón Chéjov.

Hay dos Chéjov, sin embargo, el autor de cuentos y el dramaturgo y esa elección de géneros tiene que ver todo con la evolución hacia la piedad, la tristeza, el dolor, que le afectó sobre todo en sus últimos años. El satírico, el irónico, el que dijo que la literatura era su amante, vio como en sus últimos años el concepto de travieso, con el que quiso retratarse en una antología de sus cuentos que nunca llegó a ver la luz, su apego a la profundidad negra de las cosas le hizo volverse a las tablas y escribir ‘La gaviota’, ‘El jardín de los cerezos’, ‘El tío Vania’… obras que veneró hasta el paroxismo Konstantin Stanislavski.

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