Ana María Matute, el Paraíso está deshabitado

Juan Ángel Juristo / Madrid
 
Ahora que Ana María Matute ha muerto a los 89 años, después de una vida dramática, con sus luces y sombras, como otra vida cualquiera, no estaría de más intentar resumir en una sola frase, aunque ello sea imposible, lo que ha dado de sí su literatura, hecha de dos formas aparentemente disímiles de enfocar la realidad, y creo que el título de su último libro, que acababa de dar a la imprenta y se publicará en septiembre, con la rentrée, se ajusta como un guante a esa pretenciosa pretensión, ‘Demonios familiares’. Lo póstumo, aquí, da en el clavo.
Se nos ha muerto una gran dama de las letras españolas, la única que nos quedaba después de la de Mercedes Salisachs, ocurrida hace pocas semanas y de las que pocos se percataron. Que la vida es cruel nos lo ha dicho esta mujer de la que única manera que sabía hacerlo, viviéndolo y escribiéndolo, y bien puede decirse que la literatura de Ana María Matute es en el fondo una indagación sobre la crueldad, algo que a muchos extrañará porque habrán leído ‘Olvidado Rey Gudú’, pero a lo mejor no ‘La torre vigía’, y habrán leído también su último novelón publicado, ‘Amanmanoth’, pero a lo mejor no se habían percatado de la llamada de ‘Paraíso deshabitado’, tan desesperanzada, desde luego mucho más que el desesperanzado verso de Alberti, “Paraiso perdido, perdido por buscarte/yo, sin luz para siempre”, porque el desierto, es decir, la falta de humanos, es la falta real de esperanza y en el paraíso no se puede habitar sin compañía.

Ana María y la desolación. Pocas escritoras han sabido reflejar esa ambigüedad esencial en la vida que se da en la tenue línea que separa el anhelo del Paraíso de la desolación. Pocas lo han hecho como ella en aquellas novelas de posguerra, ‘Los Abel’, ‘Pequeño teatro’, ‘Los hijos muertos’, ‘En esta tierra’, ‘Primera memoria’, la Ana María Matute que describió la opacidad deshabitada de la posguerra tan bien como sólo supieron hacerlo las escritoras españolas de aquellos años, una generación de novelistas que se refugió en la intimidad de la narrativa en agudo contraste con los años de la República, que dio estupendas periodistas.

Soy de los que prefiero esa primera etapa de la narrativa de Ana María Matute a la que se inauguró con ‘Olvidado Rey Gudú’ y eso que fui un defensor apasionado, todavía en manuscrito de aquel novelón que aún en folios se desparramaba, literalmente. Y lo prefiero aunque sé que Ana María resucitó como escritora de ese modo y que la única forma de hacerlo era con esa ambigua modernidad, tan moderna que se adelantó unos años a los estragos de Harry Potter. Colaboré en lo que pude, poco, en la publicación de esa novela y, desde luego, en su difusión, pero soy de los que creo que su etapa posterior ha dado alas a los malentendidos, algo de lo que la vida, que es el mayor de ellos, no nos redime en modo alguno.

Recuerdo muchos descontentos que leyeron desprevenidos sus libros porque, decían, los personajes infantiles de los libros de Ana María Matute eran proclives a la crueldad. Ana María Matute era escritora aterrorizada por los ‘raids’ aéreos, como cualquiera, por otro lado, y supo de la desolación en aquellos bombardeos de Barcelona en los que muchos fueron sacrificados, pero combinó con terrorífica sabiduría el conocimiento del terror con la fascinación por el mismo que tienen los niños. Estos son eternos, y bien lo supo ver Charles Laughton cuando dirigió aquella maravillosa ‘La noche del cazador’. Sí, los niños son eternos porque son indestructibles, como la vida, y de ahí esa inquietud que siempre se nos subía por algún lado cuando leíamos libros de esta mujer, que, además, engañaba con esa dramatización, se lo pasaba en grande, de gran dama de las letras españolas, con su pizca de extravagancia y sufrimiento real, una dramatización que su nuera, caribeña irredenta, definió con todo su amor y su pizca de ironía definiéndola como “la señorita Escarlata”, algo que encantaba a Ana María. Hasta ahí podíamos llegar.

Dramatización, señuelos complicados, una nueva vida después de años de depresión y alcoholismo…. sólo por eso merece que la nueva etapa literaria de Ana María Matute sea recordada y celebrada. También por su excelencia, cómo no, aunque sea de los que se decantan por aquellos primeros títulos ya tan lejanos. Pero Ana María Matute supo del don, reservado a muy pocos, de ser figura importante y referente de varias generaciones. Sólo ella fue capaz de fascinar a una jovencita de los años cincuenta, inquieta y culta, y volver a fascinarla años después, ya madre, y fascinar, de paso, a su hija, joven inquieta y culta, que no podía despegar los ojos de ‘Olvidado Rey Gudú’.

Posición envidiable que llena de gozo a cualquiera pero que en su caso, que jugaba a niña perversa, parecía que ese gozo se justificaba por el atisbo de una mirada inocente, ya en la vejez. Pero, ¿no habíamos pensado que crueldad infantil y fascinación van unidas? Lo inquietante en Ana María Matute no es esa afirmación, que cualquier psicoanalista avala, sino que quisiera trasplantarlo a la vejez, que convencionalmente son años de reconciliación aunque también de rabia. Tan poco convencional y sabia era, que se mostraba, a pesar, o quizá por ello mismo, por su timidez.

Se nos ha ido la gran dama de las letras españolas y me la imagino riéndose ante tamaño topicazo. En lo que acierta, pero les digo que se divertía jugando a ello. Ana María, la pícara.

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  1. Pubiicado en ARN Digital

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