Alfredo Conde: “La política cultural española es prostática, de mear y no echar gota”

Alfredo Conde (Allariz, Orense, 1945), Premio Nacional, de la Crítica, Nadal, Blanco Amor, Grinzane Cavour, amén de otros referentes a la labor periodística, como el Julio Camba, ha publicado El Beato, (Algaida), con el que ha obtenido el LXII Premio Ciudad de Valladolid de Novela. La narración es una obra histórica de singular fortuna, como lo fue en su momento El Grifón o Siempre me matan, por citar dos de sus novelas más celebradas. El Beato trata de la investidura de santo al fraile Julián de Chaguazoso, que desde su Galicia natal se dirige al México de Hernán Cortés donde, después de mil peripecias descritas en las pinturas de Fray Tadeo sobre su vida y que cuelgan de una iglesia, al modo de los pliegos de cordel, acaba levitando en su condición de santo al que le han alzado ciertas tribus indias. La novela, compleja en su estructura, revisa tanto la historia oficial de la Conquista como la Leyenda Negra y, en este sentido, representa un modo nuevo de afrontar nuestro pasado imperial en América.

Mantuvimos esta entrevista con el autor, donde Conde se explaya sobre la obra, amén de iluminar aspectos insospechados de la política española actual y revela ciertas claves de la generación literaria a la que pertenece, la que apareció coincidiendo con la publicación de La verdad sobre el caso Savolta y que creció en los años de mandato de Felipe González.

El Beato es una novela histórica bastante compleja y fascinante. No es la primera vez que incurre en el género. ¿Qué significado tiene para usted la novela histórica? Alguna vez hemos hablado de la admiración mutua por Opus Nigrum, de la Yourcenar…

El hecho de escribir una novela equivale a robarle a la muerte tantas vidas cuántas quepan en ella, a habitar en tantos tiempos y lugares como los que abarquen los hechos recogidos en las novelas; por lo tanto, si la novela es histórica, esa circunstancia se expande al tiempo en el que sucede la narración de esos hechos. Como llevo escritas unas siete novelas históricas que suceden en distintos siglos pudiera decirse de mí que soy el novelista español que ha vivido, que ha habitado, en más siglos de nuestra historia de modo que he sido Inquisidor en el XV, beato en el XVI, heroína en el XVII, ilustrado en el XVIII, hombre lobo en el XIX, homosexual en la Guerra Civil Española, etc.

La Yourcenar es una escritora inmensa y rigurosa a la hora de escribir novelas históricas, al menos en mi opinión. En El Grifón le rindo un pequeño homenaje que cualquier lector atento encontrará sin mayor esfuerzo.

La novela se enmarca en pleno siglo de Oro. ¿Cómo llegó a usted esta historia del fraile Julián de Chaguazoso que desde Galicia va a México y acaba convertido en santo?

Una hermana de Manuel Fraga, amiga mía, me habló del personaje real en el que se basa la novela. Llegué a casa, me informé, leí y vi clarísima la historia: la historia de un emigrante gallego en el México de Hernán Cortes, que tampoco fue un conquistador al uso, sino un empresario que había pasado por la universidad, el único de los grandes conquistadores que lo había hecho, autor de una obra grandiosa que ahora se está empezando a valorar, no era sin tiempo, en el propio México: en donde tienen bastantes más cosas importantes y actuales que superar y de las que liberarse en vez de hacerlo de los gachupines, es decir, de nosotros. Ese fue un argumento políticamente válido para independizarse, pero doscientos años después es perfectamente inútil y solo sirve para mantener en el poder a un estamento social que sorprendentemente sobrevive después de siglos.

En la novela es esencial la visión desprejuiciada que ofrece de nuestro Imperio en América, alejada tanto de la denostación como de la apología… ¿Podía abundar en ello?

De algún modo acabo de hacerlo, creo. Lo digo porque, cada vez que me he manifestado así en México, he suscitado inesperadas reacciones de simpatía entre los estudiantes de varias universidades. En Tlaxcala, mientras me pronunciaba abundando en estos términos, dos personas evidentemente indígenas, se levantaron y se fueron. Creí que les había faltado al respeto y moderé el tono, pero al poco tiempo regresaron con una enorme bolsa negra de esas que sirven para depositar en ellas la basura. La dejaron en medio del pasillo y se volvieron a sentar. Al finalizar se acercaron con ella hasta mi, la posaron en el suelo y me dijeron: “Doctorsito , nos agradó mucho lo que dijo, queremos agasajarle con esta zamarrita de puritito borrego tlaxacalteco para que se acuerde de lo que dijo cada vez que se lo ponga y no lo olvide nunca”. Para el frío es impagable. Tuve que probar varios hasta que di con la talla pertinente. Espero poder seguir vistiéndolo hasta el día de mi muerte.

En El Beato parece redescubrir la figura de Hernán Cortés…

Sí. Y la de los franciscanos. La de estos ya la había percibido en Texas, en San Antonio. Hernán Cortes consiguió ser autorizado a que fuesen los franciscanos quienes fuesen con él en vez de los dominicos. En los dos primeros años, en Tlaxcala, los franciscanos formaron a quinientos muchachos tlaxcaltecos en náhuatl, latín y castilla, que es como allí le siguen llamando al español. Imaginémonos la potencia intelectual que ese cifra supondría entonces y reflexionemos en el hecho de que, muerto Hernán Cortés y sustituidos los franciscanos por los dominicos, nunca más se volvió a saber de ese medio millar de seres.

El libro se apoya en las pinturas que Fray Tadeo hace de la vida de Julián, al modo de los pliegos de cordel, tan presentes hace poco en las aldeas gallegas, y no gallegas. Parecería un trasunto casi simbólico de esos pliegos…

En cierta medida lo es. Fue la mejor manera que encontré para contrastar una hagiografía con la biografía real de un ser normal pese a su excepcionalidad. San Cosme, San Lesmes, San Juan o Santo Domingo de la Calzada son santos no por castos o por sabios, sino por haber construido puentes, albergues, hospitales. El Beato Sebastián de Aparicio lo fue por haber creado el primer camino transitable para carros, los primeros carros y con ellos la aplicación de la rueda, que ellos desconocían, la aplicación, no la rueda; lo fue por haber domado caballos y vacas y por enseñárselo a hacer a los indios chichimecas , los más fieros guerreros de entonces, cuyos descendientes todavía hoy lo veneran pues de él también aprendieron técnicas agrícolas y gracias a él liberaron del mecapal, entre otras cosas.

Usted escribe indistintamente en gallego o castellano, Parece que no se perdona estar en terreno no favorable a tirios y troyanos…

Los dos son mis dos idiomas propios y nunca estuve dispuesto a renunciar a ninguno de ellos. Con mi padre hablé siempre en gallego; con mi hermano, si hablo en castellano, nos puede dar a los dos la risa floja; con mis hermanas, si no hablo en castellano, genero una violencia innecesaria. Con mi hija mayor que vive en Caracas, hablo en castellano; con la segunda lo hago en gallego, pero solo por teléfono y, con la tercera, siempre hablo en gallego. ¿A cuáles de estos miembros de mi familia pretenden que renuncie? ¿Qué hago con los de izquierdas y con los de derechas, con los agnósticos y con los creyentes?

Sé que mi actitud es considerada políticamente incorrecta en ambos lados del conflicto en vigor y que auto traducirme implica haber escrito el doble de los que llevan escrito el mismo número de novelas, diecinueve, que yo ya llevo escritas, amén de los libros de cuentos, poemas, etc… He trabajado el doble y he obtenido la mitad o menos de los “beneficios” esperables. Digamos, pues, que escribo en las dos lenguas puesto que esa es la condición del animal, es decir, la mía. Y con ella he de morir, sin duda.

Parece que la novela estaba esperando, dos años, mejores tiempos en Xerais y fue cuando decidió presentarla al premio Ciudad de Valladolid. ¿Para cuándo la edición en gallego?

Ya salió después de dos años y medio. Se ve que tesis doctorales sobre mi obra en universidades extranjeras, doctorados h.c. premios, once novelas editadas en ruso; otras en inglés, italiano, chino… etc., varios premios importantes y digamos que cierto reconocimiento internacional no pesan nada la lado de los prejuicios dominantes a un lado y a otro. La verdad es que todo esto resulta un poco coñazo.

Usted perteneció a la llamada nueva narrativa española, donde había gentes como Mateo, Merino, Pombo, Muñoz Molina, Javier Marías. Mendoza… en fin, un galimatías. ¿Considera que había unas señas de identidad, siquiera mínimas, entre ustedes o fue sólo cosa de marketing?

Sí. Lo que no hubo fue, precisamente eso: marketing. Entonces comenzaron para la Literatura, para la cultura en general, entendida esta en la manifestación que abarca lo que antes se conocía como las Bellas Artes, estos tiempos que ahora vivimos en los que lo que importa es el ruido que arme el autor más que el que pueda despertar su obra.

Aquello no cuajó como debiera haber cuajado, según yo lo entiendo. Nos unía una visión común y democrática de España, un sentido de la convivencia y de la interrelación entre las diferentes culturas que la constituyen, un sentido de la vida basada más en el respeto mutuo que en la tolerancia, que es un término que a mí me gusta más bien poco cuando implica el olvido del respeto que todos nos debemos a nosotros y a nuestras ideas, a las ajenas pero también a las propias. Vínculos literarios no existían muchos, es verdad, pero ¿cuántos de estos hubo entre los del 98? Fue la idea de España, más bien la idea de Castilla la que los unió. Y ahí siguen. ¿Y con los del 27? Nosotros “pillamos” o a nosotros “nos pillaron” otros tiempos. Las páginas que antes dedicaban los periódicos a estas cosas de las que estamos hablando ahora se llaman de “cultura y sociedad” de “cultura y espectáculos” y lo que más abunda en ellas no es precisamente lo referente al primero de los términos citados. No pasa nada. La vida sigue.

¿Podría hacernos una somera valoración de la literatura en gallego que se escribe ahora, la gran desconocida?

Es una gran literatura a la que le está sucediendo lo que ya le sucedió a la latina: que no tiene lectores…o apenas. Extenderse en explicar las razones quizá no sea algo propio de este ámbito en el que se celebra la entrevista. Pero el fenómeno no afecta sólo a la gallega, compare la expansión de la literatura española en castellano refiriéndola a la francesa, italiana, alemana, holandesa, incluso a la danesa o a la griega y verá que el problema es relacionable con la dedicación que los distintos gobiernos españoles han venido prestando al mundo de la edición que, fíjese, con todo y con eso supone el 1% del PIB español. Es como para mear y no echar gota, si usted me permite la expresión. La política cultural española, en su conjunto, es prostática.

Usted ha ejercido diversos oficios y cargos públicos, desde marino mercante a conselleiro de cultura en la Xunta cuando el gobierno socialista? Desde su experiencia, ¿Cómo ve el actual momento que estamos viviendo? ¿Es tan apocalíptico como algunos pretenden?

Sí. El mío fue un paso intenso y breve por la política ejecutiva, bastaron dos años para que saliese corriendo. Mi dedicación a la política venía de atrás, de los tiempos de la clandestinidad, en los que no vi a mucha de la gente que después afirmó haber participado en ellos.

La Transacción política, más conocida de soltera como La Transición, eso fue antes de que la violaran, por decirlo de un modo fino- fue llevada cabo, por un lado, por personas que veníamos de la clandestinidad y por otro por los que procedían del propio régimen franquista. En la clandestinidad los que se defienden no son nunca intereses personales, sino colectivos. Lo que puedes ganar practicando la oposición son desde unas bofetadas, hasta un exilio, prisión, expedientes académicos, etc. Eso ha cambiado, ahora se defienden intereses de partido, que es tanto como afirmar que se lucha por defender los dictados de las cúpulas directivas, mayormente compuestas por políticos del partido formados en las escuelas de verano, por los fontaneros, en el mejor de los casos, y por los formados en las cloacas en el peor de ellos.

Al otro lado de los políticos de izquierdas, estaban las gentes procedentes del propio régimen, convencidas todas ellas de la necesidad del cambio y de lo inevitable de las pérdidas personales que ese cambio habría de suponerles y que fueron enormemente desinteresadas y generosas; yo no conozco muchos antecedentes históricos equiparables al harakiri de los diputados de las cortes franquistas.

De aquello a esto median explicaciones difícilmente resumibles. La democracia representativa, las listas cerradas, la profesionalización del político inducida por las aportaciones de Abril Martorell y Alfonso Guerra, entre otras razones nos han traído hasta aquí haciendo imprescindible la introducción de enmiendas en la Constitución, la desaparición de las provincias, cuya creación se realizó, en pleno siglo XIX en tres meses, y hoy su desaparición se nos presenta como un oficio de titanes, etc….es muy largo y poco literario, así que vamos a dejarlo aquí.

Algunos tienden a la superstición y no sueltan prenda sobre lo que están escribiendo ¿podría adelantarnos algo?

Tengo dos novelas en proceso de edición, una saldrá en septiembre, otra lo hará un poco más adelante, después de la aparición de un libro de cuentos que se titulará La secuela y otros cuentos del carajo. Abandoné el articulo diario después de veintisiete años escribiéndolo; unos diez mil artículos, y ahora escribo solo literatura he ahí la razón de tanta abundancia, si me deja que la llame así..

El caso es que estoy documentando otra, histórica, sobre el Batallón Literario que combatió contra los franceses durante la que los ingleses llaman la Guerra de la Península y nosotros llamamos de la Independencia. El Batallón ya había sido convocado en el XVII y volvería a serlo en 1840 cuando el levantamiento liberal de Solís en Galicia. Estaba compuesto por estudiantes universitarios. En una ocasión luchó por una causa a todas luces retrógrada y en la otra por una progresista y liberal. El personaje principal de la novela interviene en los dos momentos.. En fin, ya veremos. Se ve que en mi predomina siempre esa condición del animal de la que antes le hablé.