Albert Camus abre el otoño teatral madrileño

Dos obras muy distintas de Albert Camus se estrenan en un espacio de pocos días en la escena madrileña, ‘Calígula’ y ‘Los justos’. La primera en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, en el Teatro Fernando Fernán Gómez, del 11 al 28 de septiembre, y la última, en las Naves del Teatro Español-Matadero, del 2 al 26 de octubre.

Juan Ángel Juristo
 
Se da así la feliz circunstancia de que dos obras de Camus, algo muy raro ya que el autor francés no posee una extensa obra dramática, se den prácticamente la mano en los escenarios madrileños en poco menos de un mes. ‘Calígula’ es obra que se repone cada cierto tiempo, no ‘Los justos’, pero aún y así conviene estar atentos ya que las obras camusianas suelen ajustarse a ciertos temas de la actualidad en los tiempos en cada una de las versiones en que se estrenan.
‘Calígula’ se muestra en versión y dirección de Joaquín Vida, un afamado director que ha llevado a escena obras como ‘Madame de Sade’, de Yukio Mishima; ‘El león en invierno’ de James Goldman o ‘Mariana Pineda’ de Federico García Lorca. Este ha querido ofrecer un Calígula poco dado a ser comentado por sus extravagantes anécdotas, sino que ha incidido en otorgar la mayor importancia a lo que sucede cuando un desequilibrado alcanza el poder absoluto. No se dice, pero Camus sí lo deja entrever: cualquiera que ejerza el poder absoluto es un desequilibrado. Vida, pues, cree que esta explicación, aun existiendo otras, puede ser la más pausible. Lo cierto es que la obra comenzó a escribirse en 1938 aunque se publicó en Gallimard en 1944, siendo parte, junto a ‘El Extranjero’ y ‘El mito de Sísifo’, de lo que el mismo Camus llamó “el ciclo del absurdo”. Se estrenó en 1945 y fue la revelación de un joven actor llamado Gérard Philippe. Inquietante, la obra respira las consecuencias morales surgidas de la Gran Guerra y el ambiente prebélico de la II Guerra Mundial. Esta versión de Joaquin Vida, aun remitiéndose a la atmósfera más abstracta, hace justicia a esa frase de Camus en sus ‘Carnets’ donde imagina un proyecto de epílogo para ‘Calígula’ : “ No. Calígula no ha muerto. Está aquí y allí. Es cada uno de nosotros. Si se os da el poder, si tenéis corazón, si amáis la vida, veréis como se desencadena en vosotros ese monstruo o ese ángel que lleváis dentro. Nuestra época muere por haber creído en los valores y que las cosas podrían ser bellas dejando de ser absurdas”. Javier Collado, hijo de Manuel Collado y María José Goyanes, interpreta a Calígula, mientras Alejandra Torray, hija de Nuria Torray y de Juan Guerrero Zamora, da vida a Cesonia; Fernando Conde actúa en el papel de Helicón y José Hervás en el de Quereas. Interpretaciones que han sido ya muy bien valoradas por la crítica.

‘Los justos’ abre la programación de las Naves del Español de Matadero Madrid, dirigida por Javier Hernández Simón y en versión del dramaturgo José A. Pérez que ha situado el texto de Camus, de 1949, en el Madrid de 1979, con el terrorismo etarra como transfondo político de la acción. Los actores Lola Baldrich, Pedro Alonso, Alex Gadea, Ramón Ibarra Rafael Ortiz y Pablo Rivero Madriñán dan vida a esta obra que fue estrenada hace casi un año en el Gran Teatre d´Alzira y que ha cosechado un enorme éxito en su gira por Valencia, Valladolid, Durango, Mérida, Baracaldo y Palencia.
Estaba cantada una versión como esta realizada por 611Teatro. Albert Camus dedicó buena parte de su obra a desentrañar los mecanismos del nihilismo, consecuente modelo de nuestro tiempo, y siempre estuvo atento a las formas que ese estado adoptaba en Rusia. De ahí que para esta obra se inspirara en una acción que tuvo lugar con un grupo de revolucionarios rusos en contra del Zar, cuando atentaron contra el mismo Serguei Romanov. ‘Los justos’ recoge parte de la imaginería terrorista: Boris Annenkov, el que planea el atentado y siempre templa gaitas; Kalyayev, el ejecutor, convertido en héroe; Stapan Federov, frío, no siente el más mínimo valor de la vida humana y finalmente Foka, verdugo de la cárcel y que ejerce el oficio como parte de redención de su pena.

La correspondencia está clara, como lo está cualquier acción que emplee el terror como estrategia para conseguir un fin. La acción se traslada, por tanto, a Madrid en el 79, con el estreno de nuestra incipiente democracia, como se ha dicho tantas veces, y el Gran Duque es sustituido aquí por un miembro del Gobierno español. El atentado se frustra y ello produce una escisión, incluso ideológica, en la célula etarra, incidiendo así en un repaso a treinta años de existencia y evolución de la banda armada.

Dos obras que, por motivos muy distintos, coinciden en la escena madrileña. Una , sobre el poder absoluto; otra sobre el terrorismo… Camus, profundo diagnosticador de las enfermedades morales de nuestro tiempo, sigue siendo el referente obligado de nuestro desconsuelo.


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