Agustín Tena, el hombre delgado

Me entero de la muerte reciente de Agustín Tena y lo primero que se me figura es su imagen de hombre delgado, esto en pleno sentido metafórico, y su hermoso pelo blanco. Esta figura tiene todo que ver con su carácter: fue hombre elegante, sobre todo elegante, lo que implicaba una discreción que muchos confundían con timidez, extremadamente culto y tenue, de ahí esa imagen de delgadez que tiene que ver con su figura, claro, pero sobre todo con su carácter: algo recordaba en él a alguna estatuilla de Giacometti avanzando hacia adelante con pasos quedos, como pidiendo permiso.

Agustín era un colega. Desde luego generacional, pero también porque se dedicaba al periodismo cultural, a la novela, era guionista, se dedicó a alguna labor cultural institucional, en una palabra, se ganaba la vida como muchos de nosotos, con mayor o peor fortuna, pero siempre con el ánimo de deslizarse después de una jornada en la intimidad y ponerse a escribir desde ella, es decir, escribir literatura. Agustín tuvo su momento, que fue cuando publicó en Anagrama, la editorial de Jorge Herralde, El carnaval de Colonia, narración que le colocó dentro de los nuevos valores de la eterna joven narrativa española, denominación que tuvimos que soportar en la década de los ochenta y noventa hasta que felizmente ha desaparecido en favor de literatura escrita por jóvenes, que es más real, pero Agustín era hombre que iba por libre y poseía su propia manía, que era la de la independencia, y eso se paga en país de tribus.

Si tuviera que resumir en una palabra la actitud de Agustín frente a la vida, y por supuesto a la literatura, la gestión cultural, fue responsable del CEAC de a Comunidad de Madrid hasta que fue relevado el año 93 aunque siguió programando el Festival de Otoño, el periodismo, la traducción, versionó a Julian Barnes, entre otros, creo que es la independencia su cualidad más sobresaliente. Esa cualidad, probablemente, le vino de pertenecer a una familia vinculada siempre al mundo de la cultura, desde su hermana, María, novelista ella también y que fue directora del Instituto Cervantes de Nueva York, a su padre, diplomático, valedor principal de la acogida privilegiada que tuvo Juan Carlos Onetti cuando decidió venirse a vivir a España y amigo de escritores como Alfredo Bryce Echenique y que estuvo cenando con él la misma noche en que murió de un infarto en Puerto Rico. Bryce estuvo contándome con terror y agrado, a la vez, aquellas horas pasadas con su amigo. Supersticioso, creyó que su vículo personal tuvo que ver con el destino de su amigo, que sólo otorga la vida misma. Como le ha sucedido a su hijo Agustín, el hombre delgado con el pelo blanco. Tenía 56 años.

Nos acordaremos siempre de él por sus atributos, que fueron muchos. Yo, desde luego, gustaba de sus artículos de prensa y de ciertos descubrimientos, como el de Concha Piquer como hacedora de la primera película sonora de la historia del cine, antes de Al Johnson. Lo dicho. Un buen periodista cultural.

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