André Schiffrin, el editor de las dos orillas

Andrés Schiffrin ha muerto a los 78 años, víctima de un cáncer de páncreas en París, ciudad en la que pasaba largas temporadas y en la que había nacido cuando no habitaba en su ciudad de adopción, Nueva York. Editor de leyenda, al modo en que lo han sido Gaston Gallimard o Giulio Einaudi o Víctor Gollanz, y entre nosotros Jacobo Muchnik, o Carlos Barral, es decir, un editor cuya única y legítima obsesión era la literatura y el que supiera combinarlo con un rédito comercial adecuado, caso de Gallimard, para nada el de Barral o el de Jaime Salinas, en cierto modo su heredero entre nosotros, no restaba un ápice a su excelencia. Nunca dejó de creer en el oficio.

Yo le conocí gracias a Manuel Fernández Cuesta, un entrañable amigo y excelente editor, que publicó entre nosotros a Schiffrin. Era cuando Fernández Cuesta estaba en Península y editó ‘Una educación política’, ‘La edición sin editores’ y ‘El dinero y las palabras’ y cabe decir que como los grandes, sobre todo como deben ser los críticos y los editores, la modestia, la humildad le acompañaron siempre. Podía no haber sido así: su obra como editor es inmensa y representa lo mejor que ha dado la edición norteamericana respecto a una proyección literaria coherente , pero Schiffrin era hombre lúcido, había vivido lo suyo y, sobre todo, para remedar a Albert Camus, había padecido la condición humana.

Schiffrin nació en París en 1935 y su padre, Jacques Schiffrin fue un legendario editor de origen ruso que buscó refugio en la capital francesa , que creó en 1931 La Pleáide y Pantheon Books, más tarde, dos de las casas editoas legendarias del siglo XX. Fue contratado por Gaston Gallimard y fue en esa casa donde llevó a cabo ese enorme proyecto, el buque insignia de la editorial, pero cuando los nazis ocuparon Francia y decretaron la orden de arianización, Gallimard expulsó a Schiffrin y éste emigró con la familia a Nuava York. Esta anécdota la contó Schiffrin en ‘Una educación política’ y Gallimard amenazó con acusarle de difamación. La cosa no llegó a más pero es absolutamente cierta, lo que no era incompatible para que entre los lectores de la editorial, bajo cuerda, se escondieran activos representantes de la Resistencia.

En Norteamérica su padre creó Pantheon Books, editorial de referencia de la cultura europea en América, convirtiéndose en poco tiempo en una de esas casas editoras que ha hecho la leyenda de Nueva York. André, el hijo, más tarde, fundó The New Press, una casa editora que se fijó en los marginados, en los que hasta entonces estaban excluídos del sistema: fue una editorial rara, extraña, en el país donde el éxito y la cultura se tocan la ano irremisiblemente y sin redención. Cuando murió su padre, los responsables de Pantheon le llamaron para que ocupara el cargo dejado a su muerte.

André Schiffrin aceptó y durante años continuó esa labor que tenía mucho de visión mesiánica de la cultura. Schiffrin logró introducir en el mundillo norteamericano la cultura europea del momento, los existencialistas, Samuel Beckett, Boris Pasternak, Michel Foucault… en una labor espléndida que duró treinta años Cuando Pantheon Books se vendió a Randon House, Schiffrin, que había tenido problemas por discrepancias con la dirección debido a las crecientes presiones respecto a hacer de la editorial un proyecto exclusivamente comercial, fue despedido. Estamos en 1990 y si su padre creó Pantheon, André hizo lo propio ahora con The New Press, una editorial que fue capaz de publicar la obra de Chomsky y Eric Hobsbawm y vender centenares de miles de ejemplares con cada una de ellas.

Schiffrin era un rebelde… como pocos, y esa condición tan especial, proclive a la persistencia que va más allá de una actitud, es probable que le viniera de su condición de judío perseguido. La memoria ancestral se traspasa a los herederos y Schiffrn tuvo muy presente siempre el destino diabólico en la figura de su padre y de qué modo la lucha ante ese destino predestinado es cosa sólo de los grandes de espíritu. Esa lección, aprendida de sus ancestros, fue esencial para que no se planteara nunca abdicar de lo que creía debía ser un editor. André Schiffrin dejó el mundo de las publicaciones cuando la mercadotecnia se apoderó por entero de la industria y no había refugio, por pequeño que fuera, para editar literatura, a secas.

Entre la politica nefasta de los grades editores y la deplorable actitud de lo que Ramón Gómez de la Serna llamó, con lucidez terrible, la legión de lectoricidas, el mundo de Schiffrin ya no tenía lugar y desde la década de los noventa se dedicó a publicar libros donde alertaba de los peligros que nos vendrían. No se equivocó.

Así, rastreó la huella de la crisis que se avecinaba mediante el análisis de las publicaciones millonarias, una burbuja de lectoricidas que poco o nada tenía que ver con una situación real de la cultura… en este sentido bien cabe decir que Schiffrin ha sido el último de aquellos grandes editores que formaron parte de la leyenda de la cultura del siglo XX. Entre nosotros, dije, podemos establecer algunos paralelismos: al fin y al cabo si André Schiffrin es hijo de Jacques, y es judío, Mario Mauchnik es hijo de Jacobo y es judío también y los dos se caracterizan por poseer ciertos caracteres persistentes y muy precisos respecto al oficio de editor y lo que debe ser la cultura. Mario Muchnik es más proclive a la ironía como buen latino,pero no por ello debemos pensar que Schiffrin es autor menos dado a ello, y si Schiffrin editó a los grandes de la cultura europea en Nueva York, Mario nos descubrió a Elías Canetti, que no está nada mal.

En cualquier caso esto es un homenaje a André Schiffrin, el último de los grandes, que ha muerto batallando, como era su deber, batallando en todos los frentes. Fue un editor ejemplar, de lo mejor de la cultura de ambos mundos, un editor de las dos orillas.

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