Josep Pla, el andarín despegado

Se publica por primera vez desde su única edición en Destino en 1949,  gracias al concurso de Josep Vergés, el ‘Viaje a pie’, un libro que Pla escribió en castellano en la posguerra y donde describe sus paseos por el Ampurdán del momento. Publicado casi al mismo tiempo que ‘Viaje a la Alcarria’, es un libro superior a éste pero preterido respecto a la fama del libro de Camilo José Cela. Traducido al catalán en 1981, cuando se editaron sus ‘Obras Completas’,  muchos creyeron que había sido escrito en esa lengua. Ediciones  98, pues, rescata una obra fundamental de la narrativa de viajes de la España del siglo pasado y, de paso, ayuda a conocer a literatura de Pla escrita en castellano.

Pues en realidad se calcula que la tercera parte de sus escritos, unos diez mil folios, fueron escritos en esta lengua y que abandonó esa costumbre cuando decidió con Vergés la publicación de sus ‘Obras Completas’. A partir de ese momento se dedica  a escribir todo en catalán, llevando así su destino como escritor por vericuetos diferentes a lo que la fama posterior, al modo de un curioso malentendido, le tenía preparado. Porque lo cierto es que en sus ‘Obras Completas’ los libros publicados en castellano se tradujeron al catalán, por lo que muchos pensaron que las ediciones de esos libros en castellano eran traducciones de un original catalán que nunca había existido. Es más, se ha dado el caso de libros escritos por Pla en castellano traducidos al catalán por Bardají que, posteriormente, fueron de nuevo traducidos al castellano. Un disparate.

Si  a eso sumamos que al mismo tiempo que se producían estas cosas  Josep Pla irrumpía en el panorama literario español gracias  a la traducción que el matrimonio Ridruejo realizó de ‘El Quadern gris’, un libro cuya versión era tan personal que hay que decir que en gran parte se veía hasta el estilo y el gesto anímico de Dionisio Ridruejo en esas páginas, el malentendido respecto a esa ingente obra y que dura hasta nuestros días estaba servido.  Josep Pla , por cierto, añadía más confusión si cabe a todos estos asuntos filológicos pero de cierta importancia porque se desatendía de ellos. Le importaba poco, por no decir nada. De hecho nunca corrigió pruebas. Así, los errores y las numerosas erratas de la edición de ‘Viaje a pie’, de Destino, era memorable: había incluso faltas de ortografía.

Tamaños malentendidos han salpicado la obra de Pla desde hace decenios y lo cierto es que poco a poco las aguas parecen volver a su cauce. De ‘El cuaderno gris’, Destino ha realizado una edición nueva de ese diario que, respetando la traducción de los Ridruejo, ha revisado más de tres mil términos mal empleados. ‘Viaje a pie’, por otra parte, se dirige justo en la dirección opuesta: dar a conocer una obra fundamental en la literatura de Pla, que es una literatura indiferente a la lengua ya que escribía indistintamente en los dos idiomas.

Pla fue amigo de Jaume Vicens Vives, con el que le unió un destino común en dar a conocer la cultura catalana desde la inmediata posguerra, “para levantar la autoestima de la gente”, como le diría Vicens Vives. Fruto de esa amistad, y por encargo del historiador, que le sugirió que la autoestima empezaba por la buena comida y que Pla debería escribir un libro de cocina ampurdanesa, es este ‘Lo que hemos comido’, que reedita ahora Austral justo al mismo tiempo que ‘Viaje a pie’. Así, en un corto espacio tenemos publicado en castellano dos clásicos de Pla referidos al Ampurdán: su visión de la comarca a pie y, de paso, un tratado sobre la cocina tradicional de la zona. Impagable.

Pla nos regaló una mirada deliciosa de la zona en sus años de juventud en ‘El cuaderno gris’ y allí aparece el Ampurdán del noucentisme, no muy diferente del Ampurdán ancestral, pero donde se apreciaba ya una incipiente industria del corcho e incluso un aleteo de lo que sería luego el Dorado del turismo. En ‘Viaje a pie’ el Ampurdán que refleja es ese mismo país pero cubierto con más miseria. Pla es hombre que parece rechazar la lírica, pero sólo rechaza la retórica. Se consideró siempre un realista y cuando decía esa palabra hay que suponer que miraba a la literatura del estilo eficaz de los años treinta, la de Hemingway, la de los Simenon, no en vano era periodista, fundamentalmente articulista. En el libro esa eficacia es esencial.

De ahí que este libro, como gran parte de los suyos, se apoyen en los pareceres salpicados de frases metafóricas que actúan al modo de aquellos cohetes tan queridos por Baudelaire y alimentados por José Bergamín: el aforismo como arma punzante sin necesidad de recurrir a la metáfora. Pla es sarcástico con sus paisanos, nunca hiriente, pero avisa en el libro de que no se deja engañar respecto a  la naturaleza de sus habitantes, “una clase antigua, estática, inconmovible” frente al hombre moderno, el de Barcelona, el que estaba instalándose ya en la comarca, “ un material humano standard”, en fin, una clase ensimismada en los placeres de la avaricia desde tiempos inmemoriales por lo que no tiene más remedio que cantar las virtudes del cura rural, la mayor parte de las veces el único humano dotado de sentido común en leguas a la redonda.

Merece la pena leer los dos libros. Nos vuelve, una vez más,  a descubrir el alto valor literario del patriarca de las letras catalanas.

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