Bajo la lente de Spinoza

Alfaguara nos ha regalado recientemente la edición española del último libro de John Berger, El cuaderno de Bento. Se trata de un libro delgado, de la extensión de un cuaderno de notas, que contiene anotaciones del propio Berger de no más de dos páginas de extensión cuando más dilatado se muestra, varias docenas de dibujos del autor, dibujos que van desde contornear una ciruela hasta retratar el rostro de su nieta mientras al lado muestra un dibujo de la niña de unos ojos que parecen dos collares de perlas y citas de libros de Baruch Spinoza, en especial, su Ética.

El título del libro no es enigmático. Sí afortunado. La familia de Spinoza era de origen portugués. De ahí que el nombre de Baruch, o Benedict, en latín, Benito en español, Bento en portugués, sea aprovechado por Berger  en su origen portugués para realzar el valor de la memoria en cualquier práctica humana. También porque es un tour de force inteligente que le encantan a nuestro autor  y por los que siente debilidad. Es su lado juguetón. Pero la verdad es que le dura poco pues Berger es un escritor que nunca se anda por las ramas y suele meterse en faena muy pronto Carece de retórica difusa y gratuita.

¿De qué trata este cuaderno? De todo y de nada, pues el método que ha utilizado Berger para escribirlo y dibujarlo es una simulación dotada de un maravilloso anacronismo. Spinoza, esto pertenece a la leyenda, dibujaba en un cuaderno de notas que nunca se encontró tras su muerte. Es fácil imaginar que a uno se le dispare la imaginación cuando fantasea sabiendo que pocos metros más allá de donde vivía Spinoza habitaba un tal Rembrandt. Que si se conocieron, que si hablaron, que si llegaron a apreciarse… nada de todo esto sabemos. Todo es conjetural, producto de la imaginación de un artista que sabe el dato y que se siente impelido a ello porque además es un excelente narrador.

Este anacronismo es producto de una afortunada intuición. Berger es autor dotado de un gran potencial intuitivo y posee la certeza del artista. No es de extrañar que a través de ese anacronismo haya conseguido dibujar unos esbozos al modo de la mirada de un holandés del XVII, escribir unos relatos de índole autobiográfica que podrían haberle sucedido a Baruch Spinoza de haber vivido ahora porque existe una cierta identificación que se cuela  a través del tiempo entre el autor del libro y el filósofo, y, claro, están las citas de los libros del filósofo, que corroboran  a cada momento lo dibujado y narrado o mejor, lo dibujado y narrado forman un todo con las citas de Spinoza.

El resultado es raro, pero dotado de cierta capacidad mística. Desde luego poética. Hay un ejemplo de lo que debe ser un dibujo, tensión, sobre todo, de lo contrario sería signo; hay referencias y comparaciones bellas, como la correspondencia entre conducir una moto y dibujar, y las relaciones que se producen en torno al objeto que debe ser recorrido o dibujado; hay alusiones a la naturaleza dual de la danza; hay referencias a ciertas obras de arte clásicas, no muchas, donde destaca Velázquez gracias a la visión del bufón; hay, en fin, algún que otro homenaje a amigos y familiares, pero lo que sobre todo destaca es su secreta afinidad con lo que está ocurriendo en los tiempos actuales y su defensa, apasionada, de lo que debe hacerse en momentos de penuria sin perder un ápice de humanidad. Berger es autor consciente de lo que se avecina. Hace años fue el único escritor de cierto renombre internacional que rindió justo homenaje a los restos del campesinado europeo en una trilogía narrativa que se ha hecho célebre. De hecho vive en un pueblo cercano a las montañas suizas donde asiste a los rituales que restan en la zona sabiendo que son los últimos de una estirpe de milenios y cuya descripción nos recuerda silenciosamente la desaparición, por otros motivos, de los pueblos indígenas. El autor es consciente de que hay islas en Europa que semejan reservas indias y nos lo deja caer en un mundo donde grandes corporaciones dictaminan los tipos de alimentos que hay que producir y los distribuyen, sustituyendo a los designios de ciertos oficios de otros tiempos.

Relacionar este tipo de acontecimientos con pertinentes citas de las obras de Spinoza, el filósofo que Gilles Deleuze nombró padre de la mirada moderna, es en el fondo realizar un bucle melancólico, pues todo comienza como ejemplo donde todo parece acabar. ¿Acabar? Hay un bello relato en este libro donde el autor describe los movimientos de un gran supermercado a las afueras de París como si se tratase de un campo de concentración temporal donde todo el mundo es acusado de ser un ladrón potencial. Al ser Betger narrador dotado ni que decir tiene que el agobio de la descripción es inaguantable porque la atmósfera no deja lugar  a resquicio alguno, salvo el hecho de una sonrisa franca, inocente, por parte de una mujer que está haciendo la compra semanal supone en su gesto el correctivo adecuado, justo, a tanta iniquidad. No todo está acabado, pues, y el hecho mismo de que estas cosas aún puedan decirse habla bien a las claras de cierta luminosidad en un mundo de tinieblas mentales.

El relato del supermercado es, junto al regalo de un pincel de dibujo japonés a una camboyana en una piscina de las afueras de París, dos ejemplos intensos y bellos de la narratividad de Berger y de su inmenso poder de catarsis. Luego, las citas bien colocadas, su buscado y querido homenaje a Platonov… en fin, un libro que se cuenta entre lo mejor publicado en mucho tiempo.

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