Victus Barcelona 1714, publicado por Editorial La Campana, ha sido considerado por la crítica catalana como el mejor libro publicado allí el año 2012, además de ser el más vendido, más de sesenta mil ejemplares en un mes, lo que da idea, si tenemos en cuenta que en el resto de España las ventas han sido mucho menores, de la fiebre que se ha desatado en Cataluña con esta novela, hasta el punto de convertirse en un fenómeno editorial de primer orden. Desde luego aquello de lo que trata es fundamental para entender esta fiebre, pero sólo en parte: Victus historia la Guerra de Sucesión, cuando las tropas borbónicas derrotan la resistencia catalana y bombardean Barcelona, donde mueren Rafael Casanova y el general Villarroel, el encargado de defender la ciudad, en 1714. El día, el 11 de septiembre de ese año, es una fecha impresa en el imaginario colectivo catalán: el la conmemoración de una derrota, sí, pero una conmemoración épica. Como Maratón.
Lo curioso es que su autor, Albert Sánchez Piñol, un escritor en catalán, que es antropólogo africanista, hizo la tesis doctoral durante los años 90 en el Congo cuando comenzó la guerra civil en aquel país y tuvo que abandonar el trabajo de campo, ha redactado y publicado esta novela en castellano, idioma que utiliza en sus escritos por primera vez. Preguntado por esta cuestión, Sánchez Piñol contestó que la mayoría de los documentos de aquellos sucesos estaban en castellano y que estuvo inmerso mucho tiempo en este tipo de documentación, de tal manera que cuando se puso a la tarea le salió de manera natural el escribir en esta lengua. . El autor, que ya había conseguido fama en varios países europeos con una estupenda novela, La piel fría, de la que se han tirado 32 ediciones en catalán y estipulados los derechos de traducción para 37 lenguas, ha visto incrementada su fama con la traducción de Victus al francés, al holandés, al alemán, cosechando elogios por parte de la crítica muy elocuentes, muy significativos. Desde luego el año pasado fue el año de Sánchez Piñol. Pocos escritores españoles han sido tan elogiados dentro y fuera de su país. Todo ello incrementa la curiosidad por saber qué formula se esconde detrás de esta novela para que haya tenido un éxito tan rotundo, amén de que la editorial que lo publica, La Campana, no es casa de altos vuelos económicos.
Leí Victus con cierta atención no exenta de admiración en algunas partes. El título, paródico, es ya un logro de lo que el lector se va a encontrar cuando comience a leer la novela: de la alocución de Julio César sobre la batalla de Zela, “Veni, vidi, vici”, pasamos al victus, vencido, de cualquier hijo de vecino que soporta el poder y ni siquiera pretende olerlo. De César a Martí Zuviría, héroe de la novela, ayudante del general Villarroel, testigo de la masacre, hay el mismo abismo que ha existido siempre entre los que juegan a la Historia y los que apenas se mantienen en un relato con minúscula. Ni que decir tiene que Sánchez Piñol, y con él el lector, piensa que por ello mismo la lucidez en cuanto a la situación de lo ocurrido está siempre de parte de los Zuviría, de los miserables. Es parte de la fascinación que despierta la novela. Hay más.
La técnica del flashback, sin ir más lejos, ayuda. La novela está construida al modo de unas memorias sobre aquellos sucesos que el viejo Zuviría, desde Austria, en vísperas de la Revolución Francesa, relata a la secretaria Waltraud. El desparpajo de la mente ya descreída y un tanto distante ayuda a crear cierto tufo de objetividad a unos sucesos cargados de pasiones incontrovertibles desde sus orígenes. Precisamente Sánchez Piñol, su astucia como artista, ha conseguido que, gracias a esa distancia, los discursos oficiales, tanto de un lado, el borbónico, como del otro, el catalanista, queden diluidos en aras de la historia, del relato modesto de un superviviente y, por supuesto, esta labor de modestia, tan profundamente enraizada en nuestro presente, es lo que ha hecho irresistible esta novela para el común de los lectores: la épica es la del pueblo, la de los que siempre pierden, de una u otra manera, y esa épica, la de la supervivencia, está muy alejada de la de los discursos oficiales. Vengan de donde vengan. Una desconfianza muy de ahora, muy enraizada en la España que padecemos.
Se ha hablado de cierta deuda con la mirada de otro catalán, Eduardo Mendoza, y es cierto que el deje irónico es común a ambos, y que los dos han incurrido en la novela histórica. Pero si tuviera que elegir un personaje que se pareciera a Zuviría me quedaría con el modélico de la literatura checa, el soldado Schweick, porque la actitud ante el poder es la misma, y ambos beben de la tradición de la picaresca, que es tradición del pueblo cuando pasa hambre, injusticia y el rodillo de la Historia, con mayúsculas, les pasa por encima. Es la única actitud filosófica que le queda al desposeído. De esto bebe Schweick, cierto, pero también ese personaje de El viaje al fin de la noche, en su cósmico asco, y desde luego Zuviría, y esto es lo que distingue, la cuestión de la rabia, soterrada o no, esta mirada de la que nos describe nuestro galdós en Los episodios nacionales, una épica forjada en la Nación, la Historia, y aunque la mezcla de personajes reales con ficticios sea en Galdós hallazgo de persuasión, el refinamiento posmoderno en la cosa llega a límites virtuosos. Tal en esta novela.
Arturo Pérez Reverte, triunfador en el género, ha señalado la alta calidad de esta novela. No podemos por menos que estar de acuerdo. Incluso en los que muchos han destacado como defectos, como la excesiva información técnica sobre ingeniería militar, con sus planos y todo. A mí me han interesado mucho y creo que al igual que las informaciones técnicas del tío Toby en Tristam Shandy, son esenciales a la misma. Ayuda para conseguir esa rotundidad antes aludida que el autor nos ha hecho creer a todos que la batalla de Barcelona fue lo más parecido a un western. Es probable que no le falte razón, sobre todo porque el western es un género exclusivamente literario, nada apegado a la realidad. Nosotros nos lo creemos a pie juntillas precisamente por ello.
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