En España la independencia no se entiende

El jueves por la tarde viví una especie de inane terremoto por parte de amigos que están en los medios de comunicación y que me decían con el ánimo de aquel que te está contando que ha comenzado la III Guerra Mundial que Javier Marías había rechazado el Premio Nacional y que daría una rueda de prensa en el Círculo de Bellas Artes para dar las razones de ello. Había tensión mientras me lo anunciaban y, a la vez, me quedaba con la boca abierta pensando que este escritor lleva mucho tiempo diciendo que no aceptaría premios institucionales de su país y que lo único que había hecho era haber sido fiel a  su palabra. El colmo fue cuando amigos que tiene uno en el jurado del premio aseguraban que la cuestión se había planteado mientras se llevaban a cabo las votaciones y que habían sido Teresa Lizaranzu, Directora General de Políticas e Industrias Culturales y del Libro, y Mónica Fernández, Subdirectora Genaral de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras españolas, que tienen voz pero no voto, las que habían justamente animado a que se le concediera el galardón al autor de Los enamoramientos. Una frase de Teresa Lizaranzu, “Javier Marías lo que no acepta son viajes subvencionados”, parece ser, fue la que decidió en última instancia que los miembros del jurado  se animaran a votarle. En resumen, un disparate cuya raíz está en el malentendido habido entre una sociedad que no cree ya en las palabras porque piensa que bajo ellas se ocultan intereses varios, espurios, y gentes, personas, ciudadanos, que siguen pensando que cuando dicen algo es para que el interlocutor que tienen enfrente confíe en esa palabra. Dicho de otro modo, una sociedad que vive una descomposición moral y que esa descomposición, como bien vio Valle Inclán, nos cuadra inmejorablemente en la farsa. Lo que viví el jueves de marras fue eso, un esperpento digno de Max Estrella. Luces de bohemia sigue hoy día tan vigente como el de su aparición. Lo que parece irredimible es el propio país, es del que dijo Max Estrella que si lloviera como en Inglaterra sería un corral húmedo.

Aquí no acabó la cosa. Me metí en las redes sociales, en Facebook, que es la que manejo por edad y condición con cierta comodidad, y me topé con el consabido sinfín de opiniones que es condición inexcusable y seña de identidad de este tipo de artilugios. De entre todas ellas me agradó el apoyo incondicional de Miguel Sánchez Ostiz, un escritor al que admiro desde hace mucho tiempo por su independencia y radicalidad, a Javier Marías, y el rechazo, que noté sencillamente no entendía, por una escritora catalana nacida en Mataró cuyo nombre no doy porque me consta  sabe tiene una obra suya finalista en el Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil que se falla el martes 30. Estas dos posturas fueron para mí una metáfora de cómo vivieron el jueves el rechazo al premio por parte de un escritor que dio una rueda de prensa llena de sentido común sus propios colegas: todavía los hay que creen que detrás de esta postura hay un cierto afán de notoriedad, descartado ya el tema político, o un orgullo desmedido. Lo espurio no descansa. Se pega como un cáncer loco.

Lo curioso, además, de todo este asunto es el clasismo tonto que subyace detrás de la expectación surgida. Santiago Sierra, que es un artista muy respetable, rechazó el Premio Nacional a las Artes en su momento; en el año 94, Albert Boadella, por boca de Els Joglars , rechazó el correspondiente al Premio Nacional de Teatro y Daniel Gil, la mención especial al Diseño que otorgaba el Ministerio de Cultura. Son tres creadores bastante respetables en sus respectivos campos y dotados de cierta excelencia, con el parangón a Javier Marías, sin lugar  a dudas, y en alguno de los casos me atrevería a subir el listón sobre el narrador mismo. ¿Por qué, entonces, la importancia otorgada al escritor en detrimento del artista plástico, del titiritero, del diseñador? Creo que aquí subyace un motivo legítimo, como ocurre con la importancia concedida al Premio Nobel de Literatura sobre todos los demás, y es el del respeto ancestral al representante de la palabra, y también otro no tan legítimo, como es el saber que éste tiene más repercusión mediática. Repercusión, todo hay que decirlo, inventada en exclusiva por los medios ya que Javier Marías, como todo buen escritor, no vende gran cosa si lo comparamos con cualquier Premio Planeta o cualquiera de esas autoras que escriben novela histórica.

Javier Marías no ha sido el único en rechazar el Premio y, por si fuera poco, si ha sido el único en avisar de antemano. En esta ocasión no se puede decir que no estuviéramos todos avisados lo suficiente. ¿Por qué, entonces, tamaña sorpresa ante la decisión? Me temo que en España la independencia no se entiende y, además, es comprensible que muchos tengan motivo para ello porque todo en su experiencia de la vida le lleva  a pensar que siempre hay un interés oculto hasta en la más inocente de las acciones, en apariencia. En este sentido vivimos en un mundo en que los pensadores de la sospecha, Marx, Freud, Nietzsche, se han quedado a la altura de arcádicos querubines en un mundo en que el imaginario colectivo se rige por The Wire o Los Soprano, una sociedad en que lo único que parece regir es la fealdad, la delincuencia, la deslealtad, el crimen… en una especie de metáfora de la vida de cada uno de nosotros. Lo terrible del asunto es que esa sordera ante la palabra la profesen colegas, instituciones culturales, profesionales del mundo de la cultura… y es probable que esa sordera tenga mucho que ver con que, en realidad, lo que no le perdonamos a Javier Marías es que nos haya puesto en evidencia ante nosotros mismos con esa acción.

El que nos remita a su padre, Julián Marías, a Juan Benet, a García Hortelano, a Thomas Bernhard, para justificar su acción nos da igual  No se lo perdonamos. Tampoco el que haya perdido 35.000 euros este año por haber rechazado dos premios. Como cunda la cosa, de verdad, de verdad, que se nos hunde el chiringuito

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