El martes, 9 de noviembre, se ha abierto al público en el Museo del Prado la que de seguro es la exposición estrella del año: la muestra que el Hermitage, dentro de los actos del Año Dual España-Rusia 2011, expone de sus inmensos fondos, 180 de un cálculo que alcanza los tres millones de piezas, entre las que se encuentran algunas de las más representativas, como El Tañedor de laúd, de Caravaggio, el único del pintor que posee el museo, o, como colofón de la exposición, el Cuadrado negro sobre fondo blanco, de Malevich, un lienzo que bien podemos tomar como metáfora final de ese enorme recorrido por la historia del arte que es esta exposición y que sorprende encontrar en un museo de las características conservadoras del Prado.
La exposición es la contrapartida de otra que tuvo lugar en el museo ruso entre el mes de febrero pasado y el mes de mayo en que se expusieron tesoros del Prado y cuyo éxito de público fue tan enorme, 630.000 personas, que se calcula ha sido la mayor afluencia de público que ha tenido el museo en toda su historia, según palabras de Mijail Piotrovski, director del Hermitage, oídas en un vídeo que se expuso a la prensa en la presentación de la muestra y donde se excusó de no poder asistir en persona por problemas de salud. La verdad es que las expectativas de que la muestra supere a la tuvo lugar en San Petersburgo son enormes, ello se notaba en el ambiente, y los esfuerzos para hacer de ella un gran acontecimiento cultural han sido enormes: desde la organización de Acción Cultural Española y el patrocinio de la Fundación BBVA hasta el excelente montaje que han realizado los comisarios de la muestra, Gabrielle Finaldi y Svatoslav Savvtateev. Y lo cierto es que la muestra abruma: hay que imaginarse por un momento que a la exposición permanente del Prado, un imaginario que vale por todo un mundo, se añaden piezas valiosísimas del que pasa por ser uno de los grandes museos que existen por su concepto enciclopédico, moderno, de la historia del arte y cuyos fondos no se limitan a la pintura y escultura, algo muy propio de los antiguos gabinetes reales, sino que se expande también hacia las artes decorativas y, por tanto, ante muestras de un modo de entender el arte mucho más moderno, y ello hasta el punto de que pocos museos existen con el catálogo de piezas de esta modalidad tan exquisitas como el Hermitage. Baste recordar algunas de las piezas que tendremos la suerte de contemplar en el Prado estos cuatro meses que dura la exposición: desde el peine escita, de la colección siberiana de Pedro el Grande, de una delicadeza que causa estupor, hasta algunas de las fabulosas joyas de Fabergé, nunca hasta hora sacadas de los límites físicos del Museo.
El recorrido es cronológico, ante una muestra de estas características no puede ser de otra manera, ya que abarca 25 siglos de historia, del V antes de Cristo al siglo XX, y, a la vez, se detallan aspectos del Museo, el Hermitage cumplirá próximamente los 250 años de su fundación, donde se nos cuentan detalles de la fundación de la ciudad de San Petersburgo y los orígenes del Museo con sus tres protagonistas principales, Pedro el Grande, Catalina la Grande y Nicolás I, los hacedores de ese inmenso catálogo de las maravillas que abarca desde la biblioteca de Voltaire, comprada por Catalina II , a los grandes pintores del Barroco español e italiano pasando por los interioristas holandeses y que, luego, con el añadido de los fondos de las excavaciones arqueológicas y de las artes decorativas, desemboca en un siglo XIX que tiende un puente a la explosión de las vanguardias, los Picasso, Kandinsky, Matisse que podemos contemplar en Madrid son espléndidos, y que se desvanece en la muestra conceptual de Malevich. Un recorrido que no puede ser más que histórico y que asombra por la densidad de lo expuesto, asombro que Miguel Zuzaga, director del Prado, resumió a su manera cuando dijo que esta exposición era lo más parecido a “el gran teatro del Mundo”. Lo parece.
Un ejemplo del escenario por el que nos vamos deslizando: un San Sebastián, de Tiziano, de trazos temblorosos, muchos estiman que fue su última pintura sin terminar, la Lamentación sobre el cuerpo de Cristo muerto, de Veronés, el Caravaggio mencionado antes donde vemos a un joven de ambigua belleza, ahora se sabe que era un músico español, interpretando un madrigal, Perseo y Andrómeda, de Mengs, El almuerzo, un cuadro del primer Velázquez del que el Hermitage no supo su verdadera autoría hasta finales del XIX, pensaban que era de un pintor flamenco, San Sebastián curado por las santas mujeres, de Ribera, San Pedro y San Pablo, de El Greco… y esto por no hablar más que de los pintores afines a los fondos del Prado.
Seguimos deslizándonos. No encontramos un Rembrandt, Retrato de un estudioso, y dibujos de Durero, Rubens, Watteau e Ingres , sólo cabe citar sus nombres, un boceto en terracota de Bernini para El éxtasis de Santa Teresa, la Magdalena penitente, de Antonio Canova, la Primavera eterna, de Rodin, una bella muestra del escultor francés donde Psique y Cupido se desvanecen en el éxtasis amoroso, un Friedrich ciertamente misterioso, y la llegada abrumadora, todavía, después de tantas obras maestras ya medio vistas, de las vanguardias: cuatro picassos, dos de ellos, Mujer sentada y Bebedora de absenta, Composición VI, de Kandisnky, una de las obras maestras del artista ruso, también Monet, Cézanne, Gauguin, Renoir, Léger, Derain, hasta acabar con el cuadro de Malevich , un alivio de fondo perdido ante al abrumador baile de formas y colores de la exposición.
El 25 de marzo finalizará esta muestra estrella del Año Dual, lleno de eventos fantasiosos e imaginativos. Pocas veces se nos ha otorgado tamaña vista panorámica de la historia del arte europeo con la suma de tantas obras maestras, tantas que sólo podemos recurrir al catálogo para mostrarlas, agotadas las posibilidades emocionales de aprehenderlas en lo que vale cada una de ellas. La exposición abruma, ya digo.