Novalis

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Novalis, la última mirada

Esta vez nada ni nadie se me ha cruzado en el camino de la lectura de los Poemas tardíos, de Novalis. Nadie, salvo Novalis mismo. Leyendo estos últimos poemas del escritor alemán, inédito en España, magníficamente traducidos por Antonio Pau y editados con primor por Linteo, poemas que escribió entre los 25 y los 28 años, me pregunté si no estaba asistiendo en mi manera de enfrentarme a estos poemas, con una arqueología cultural  de trampa sabida. Es lo que suele ocurrir con movimientos artísticos del pasado que han condicionado nuestro presente pero que, por unos u otros motivos, no se inscriben en el imaginario cultural de nuestros días. Hörderlin, Novalis., von Kleist, Schiller… bastarían estos  nombres, por suerte el Romanticismo alemán fue caudaloso en talentos y hay muchos más, para conmover los cimientos de una cultura. Y la verdad es que los conmovieron, aunque no sólo ellos. Pero su ejemplo, señero en su brevedad, unos por la edad, otros por la locura, otros por una de las enfermedades de la época, la mortandad por duelos de honor, ay, Eugenio Oneguin, que ha durado generaciones enteras hasta lograr infiltrarse en la épica del rock hasta antes de ayer mismo, con oasis en las distintas vanguardias, como el surrealismo, ¿puede entenderse el mito de las grandes estrellas del rock, desde Jimmy Hendrix a Jenis Joplin pasando por Jim Morrison y tantos otros hasta llegar a Amy Winehouse, la última del Club de lo Veintisiete, sin el ejemplo de los románticos, sus ancestros?, parece desvanecerse hoy  a favor de los carentes del relato épico. Cada generación rebaña en el canon para constituir sus clásicos y hoy, en tiempos posmodernos, el XVIII, el siglo de las pelucas, parece cuadrarnos más en su acomodo ante los avatares de la vida, su cinismo a espuertas y la conciencia inminente del cambio que el Gran relato Romántico, justo aquel que sustituyó tras la Revolución Francesa los gestos del Ancien Régime. A Beethoven le sustituyó Mozart, a Hölderlin, Voltaire, mientras gentes como Novalis se mueven en el limbo de los profetas sin tierra…

De ahí que hablara de arqueología  aun a sabiendas de que esa opacidad actual tiene los días contados. Friedich Leopold von Hardenberg, no hace falta decir que el nombre adquiere unos matices aristocráticos que respiran a la perfección los aires de la época, fue un joven, no hay otra manera de definirlo, que quedó prendado de la filosofía de Fichte, uno de los padres del idealismo trascendental, y su obsesión habida en su intensa y cortísima vida, consistió en romper mediante una intuición casi cósmica que tendía a la armonía de los contrarios, a disipar esa antinomia yo -no yo fichteana. Casos de tamañas obsesiones no son únicos pero sí raros y certeros. Otro fue el de Von Kleist que no pudiendo superar las consecuencias que se derivaban de la Crítica de la razón pura, de Kant, puso fin a su vida, no pudiendo soportar la carencia de trascendencia objetiva que se desprendían de la definición de los juicios sintéticos a priori. Aquí parezco jugar con trampa pues no hay nada más acorde al espíritu romántico que el suicidio por razones estéticas, filosóficas o religiosas. Como no tengo aficiones de psicoanalista y me gustan los relatos tal y como nos llegan del pasado, no quiero caer en gestos sabidos y convertidos en tópicos de la filosofía de la sospecha porque, en cualquier caso, ¿qué ganaríamos con definir la enfermedad de von Kleist o la incidencia de la tuberculosis en el imaginario de estos jóvenes del XIX auroral? Me temo que poco.

Los Poemas tardíos son de una belleza convulsa, empleo esta definición surreal adrede, y constituyen una sorpresa por lo que tienen de disolución crepuscular entre la conciencia y el cosmos. Formados de las tres etapas finales en la vida del poeta, los llamados Poemas de Freiberg, los Poemas del regreso y los correspondientes a su novela inconclusa Heinrich von Ofterdingen, fue Novalis uno de los primeros en presentar al mundo una obra inconclusa, fragmentaria, su origen se remonta a la convulsión que le produjo la muerte, tempranísima, de su amante, Sofía von Kühn. Hay en ellos una intensidad de abrazar una armonía entrela Edad de Oro del Pasado y la del Porvenir, modo de exorcizar la miseria del presente, de nuestra existencia, que le hacen curiosamente un precursor, en más de una modalidad, del concepto de angustia presente en la filosofía existencial de finales del XIX y del XX. En este sentido, Fichte, también a su modo Schiller, le habían preparado el terreno: detrás de todo esto, de la disociación entre realidad del mundo y sujeto, estaba Kant, otra vez, de nuevo.

En más de un aspecto Novalis es un poeta de una sorprendente modernidad. El valor que otorga a la palabra, origen de la conciencia del poeta consciente de su instrumento, aquí otra vez Friedich Schiller, que en su ensayo De la poesía ingenua y la poesía sentimental, tomando el término prestado de Laurence Sterne, establece de una vez por todas la diferencia esencial entre poesía consciente y poesía falsamente inocente, valor que es capaz de exorcizar esa disociación fatal entre yo y naturaleza, entre sujeto y objeto y que se constituye como modo de conocimiento, como único modo de conocimiento, es el impulso que lleva hasta Rimbaud, hasta Mallarmé, hasta Valéry, hasta Eliot… Hay, pues, una correspondencia que se quiere fastuosa en toda la obra de Novalis: en este libro de poemas de una rara visión existe un paralelismo con su celebrada obra en prosa, obra de una sugerencia ilimitada, sus Fragmenten, también conocidos como La Enciclopedia, donde Novalis trata de fundar la armazón de unas intuiciones del conocimiento mediante un discurso fragmentado que en la literatura alemana encontrará luego acomodo idóneo: Walter Benjamin, Peter Handke… en nuestros días, herederos de Nietzsche, el aforismo como dardo del conocimiento. Novalis, como antes Lichtenberg, están en esa onda. Estos poemas sancionan esas intuiciones mediante la palabra que dice. En este sentido este libro es un regalo, también un don. El que se haya publicado ahora debería ser motivo de regocijo.

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Menchu Gutiérrez

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Leer en los cuerpos fugitivos

Hace tiempo, mucho tiempo que sigo la obra de Menchu Gutiérrez, una de nuestras escritoras más interesantes y más secretas. Su trayectoria es larga desde que comenzó con un poemario en el año 81, El grillo, la luz y la novia, cuyo título, escueto, está sin embargo lleno de elementos de sugerencias múltiples, hasta este Decir la nieve, publicado por Siruela, y que se me ha vuelto a cruzar en ese una y otra vez dilatado comentario a los Poemas tardíos, de Novalis, como si el poeta sajón quisiera dar paso antes a otros de constancia más urgente, también más perecedera. De Menchu Gutiérrez leí también algunas traducciones suyas, de William Faulkner, de Edgar Alan Poe, donde realiza en el terreno de la versión su personalísima postura respecto a la creación de cualquier género. Dije que la obra de Menchu Gutiérrez es larga. No la he leído toda y dejé constancia de esas frecuentaciones con alguna reseña de libros de narrativa, Latente, además de la lectura de poemas, pertenecientes a  La mano muerta cuenta el dinero de la vida y a La mordedura blanca. Tengo que decir, sin embargo, que donde más he admirado la labor de esta escritora es en la narrativa y el ensayo, algo muy antipático para alguien que se considera poeta. El problema no es de Menchu Gutiérrez sino mío: gozo con sus múltiples géneros pero siento debilidad por su prosa: la tendencia a la abstracción, por ejemplo, que no ahorra cierto dramatismo y tensión extremas en aquello que se lee, ausente por otro lado, y adrede, de elementos de suspense narrativo y emocional ligados a la forma convencional en que estos elementos se presentan aún en la novela y en el relato. Desde luego ese enrocarse, cabría llamarlo así, de la intensidad con que despliega todo un mundo de referencias cerradas hasta la meditación sobre el desvanecerse y su suprema condición, la muerte. Pensar ésta ha sido, quizá, su disparadero como escritora: en cierta manera cabría decir que su obra remolonea alrededor de esa condición. Su adherencia  a las filosofías y estéticas orientales la delata como signo propicio a este revoloteo.

Este Decir la nieve es un breve ensayo sobre el fenómeno metereológico que en el arte, la literatura y la música se ha convertido en signo de lo fugaz, lo transitorio, de lo que se transforma, en definitiva. El modo en que Menchu Gutiérrez aborda el hecho de la nieve es claramente fenoménico, lo que no es de extrañar tratándose de alguien vinculado a la poesía. El origen del libro se encuentra en una invitación a una serie de conferencias dedicada a las imágenes en la literatura. Según cuenta la autora en el prólogo al libro, le vino entonces a la memoria los versos: “Con hilo rojo/la mujer de luto/bordaba rosas en la nieve”. De ahí, tirando de ese hilo ojo, que contrastaría de manera brutal en el fondo blanco de la nieve, y con la ayuda de otros escritores que han pensado el meteoro, la autora ha desplegado unas páginas tan fascinantes por la pertinencia de las citas como fascinante puede suponerse es el fenómeno.

La nómina de los citados es impresionante y constituye por sus nombres todo un manifiesto estético: desde luego Blancanieves, donde el meteoro se encarna en parte del imaginario colectivo  del horror, Anna Ajmátova, Taneda Santôka, Marina Tsvétaieva, , el dibujante Hokusai, que miró la nieve sobre el Monte Fuji de forma incesante, obsesiva, Yasunari Kawabata, cuya novela, País de nieve, fue el primero que leí de él, Guy de Maupassant, Junichiro Tanizaki, el afamado novelista autor de un pequeño ensayo que fascinó a Occidente, Elogio de la sombra, Dostoievski, Hemingway, Saint John Pers,  y, por supuesto, Robert Walser, del que se adjunta una fotografía del escritor muerto el día de Navidad de 1956, una fotografía inquietante y que en gran parte cierra el libro, lo resume porque en ella, en esa instantánea, casi abstracta a base de blanco, parece condensarse gran parte de los motivos de la estética de la propia Menchu Gutiérrez, de la búsqueda incesante de lo transitorio en las huellas sobre todo, pero también en los cuerpos, que se saben fugaces.

La música, con Molton Friedman y su experiencia de la falta de teatralidad en la ejecución, actuaría a modo de caja estética en que este ensayo quiere acomodarse. Es uno más de los escenarios posibles en que esta escritora, persistente, machacona, tiende a extender sus intereses, que parecen no descansar en sitio alguno. Mientras leía este ensayo me venía de forma persistente a la cabeza aquella división, tan llena de gracia y verdad, de sir Isaiah Berlin de escritores erizos y zorros donde pretendía en esa inteligente dicotomía dividir, clasificar,  a buena parte de lo mejor que ha dado la literatura occidental: en realidad da igual que el primero que formulase la feliz dicotomía fuese Arquíloco, sir Isaiah fue su afortunado conductor:  Dante sería paradigma del erizo, Shakespeare, odiado por Tolstoi, y Tolstoi mismo, que quería ser erizo sin serlo,, del zorro. Pues bien, Menchu Gutierrez es gozadora de poetas rusas, como sir Isaiah, y además de las mismas, y la memoria se me desplazó hacia el dicho del pensador nacionalizado británico. No hay duda: Menchu Gutiérrez es un escritor erizo porque sólo sabe de una cosa. La cuestión estriba en que no quiere saber de otra.

Esa cualidad, que la hace tan intensa, es la que, por otro lado, es origen de la fascinación que produce. Es cierto que en la concepción de la poesía moderna está muy arraigado el gesto del erizo y que el privilegio de lo particular, lo que caracteriza a los zorros, parece quedar para los narradores. Dejemos la cosa así aun la sepamos falsa por insuficiente, pero llena, por otro lado, de aparente verdad, brillante, rutilante. Este libro de Menchu Gutiérrez es prueba palpable de que ha visitado erizos por doquier y de todos los pelajes, sobre todo orientales.

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Voltaire y Diderot en el café Procope

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La cuenta pendiente

Recientemente se ha publicado entre nosotros el que es el tercer libro de ensayo de su autor, Gente peligrosa, Editorial Angrama, que completa en cierta forma un hilo deductivo que perfiló en sus anteriores libros, Enciclopédye, el triunfo de la Razón en épocas irracionales, su espléndido y quizá por ahora, mejor libro, Años de vértigo, sobre la sociedad europea poco antes del estallido de la I Guerra Mundial, esa Belle Époque tan citada como mal conocida y comprendida. Con este ensayo, Philipp Blom, un señor de Hamburgo nacido en 1970 que escribe indistintamente en alemán e inglés, que se educó en Oxford, doctorándose allí en Historia Moderna, que ha trabajado como periodista en Londres, París y Viena y que recala también en la radio y, a veces, en la novela, lo que nos señala una versatilidad propia de esa sociedad líquida en la que nos movemos, ha vuelto a meterse en la piel de nuestros ancestros, como ya hizo en Enciclopédye…, para introducirnos de golpe en un debate que en estos tiempos de la posmodernidad creíamos arrumbado ya en el cajón de la historia. Se trata del viejo enfrentamiento entre los materialistas extremos en torno al salón del Barón de Holbach, un salón abierto entre 1750 y 1770, donde se reunieron gentes como Denis Diderot, David Hume, Adam Smith, Horace Walpole, Benjamin Franklin, Ferdinando Galiani y Jean Jacques Rousseau, donde se sentaron las bases de las discusiones más extremas que derivaron luego en los enfrentamientos sociales del siglo XIX. Philipp Blom nos relata, porque este autor formado en el periodismo, sabe que una verdad bien contada vale por cien relatadas con mediocridad, los enfrentamientos entre Rousseau y el grupo más radical del Salón del Barón Paul Thiry Holbach, esa coterie holbatique que solía presidir Diderot y que contaba siempre con algún extranjero de paso por París, ya fuese Adam Smith, David Hume e, incluso, el increíble Laurence Sterne , enfrentamientos que derivaron en posiciones tan extremas que tuvo que poner fin a todo esto un personaje como Robespierre. Para Blom la postura de Jean Jacques Rousseau, como la de Voltaire, como la de Kant, es vista como una la claudicación de los principios materialistas en que se basaban los philosophes y fue la base para que la emergente burguesía se apropiara del imaginario cultural de la vieja aristocracia, incluida la religión, y no diera el paso definitivo hacia una nueva sociedad basada en los principios de la ciencia.

Habría, pues, una cuenta pendiente que arrastraríamos desde esos años del Salón de Holbach, y que obras como El cristianismo desenmascarado o Examen de los principios y los efectos de la religión cristiana, de nuestro Barón, o su Sistema de la Naturaleza, muy influido por Hobbes, Locke, Condillac y La Metrie, han sido preteridas a favor  de las de un Rousseau o un Voltaire o un Kant, de claro signo conciliador. Reconozco que la tesis de Philipp Blom tiene su gracia porque viene a advertirnos de un debate que en realidad no tiene hoy día significación alguna. Imagínense por un momento al Barón enfrentándose con esa concepción dadaísta del comportamiento de la materia como la que se halla en la teoría cuántica, por no hablar de los fractales o las cuerdas, pero leyendo el libro de Blom nos percatamos de que, poco a poco, y según transcurre su lectura, las tesis que defiende se le vuelven en contra. Gente peligrosa, que se subtitula, El radicalismo olvidado de la Ilustración europea, trata justo de eso, de una rememoración, escrita con el obligado fingir de un buen narrador, de lo que fue el salón de Holbach, en la parisina rue des Moulins, de lo que significó como centro d e lo mejor, más juvenil y más granado de las ideas de la Ilustración, hasta Madame de Geoffrin se encuentra por allí, y poco más. Porque afirmar que gentes preteridas como Diderot, según Blom, a favor de Voltaire o de Rousseau, podían haber dado un giro radical a nuestra historia posterior es, me temo, no tener ni idea de por donde se mueven los canales ocultos de nuestro devenir. Ni Diderot ha sido preterido, ni Holbach, ni Buffon, y menos a favor de pensadores menos radicales como Rousseau o Voltaire o Kant. La verdad es que, comenzada la segunda década del silo XXI, estos nombres siguen ahí y están puestos donde deben estar. En mi caso, sin ir más lejos, releo más a Diderot o a Sterne que a Voltaire, que también, o a Rousseau, pero esas relecturas poco o nada tiene  que ver con las ideas salidas del Salón de Holbach. El materialismo radical del XVIII no estaba equivocado, era sólo insuficiente, como el idealismo trascendental de nuestros pensadores románticos, pero sería insensato no inferir que fue gracias a la aportación de ese idealismo que las ideas científicas modernas adquirieron un progreso que las viejas concepciones materialistas a lo Lucrecio no podían desarrollar. Bastaría para entender esto comparar la idea del número, tan física, tan dada  a la forma, a la composición apolínea, tan alejada del horror vacui, de los griegos y romanos, con la hindú: la creación del cero es una de las aportaciones mayores que ha habido para el desarrollo de la cultura, según Paul Valéry. No habría, pues, que olvidar que un griego o un romano hubiese sido incapaz de concebir una idea como la del cero para inferir que el materialismo simplón de Holbach, no falso, simplón, o de Buffon, hubiese dado paso, con el tiempo, a las concepciones cuánticas, ya digo, tan dadaístas, o a las más espinozistas de un Einstein, sin ir más lejos. Mi relectura de Diderot o de Sterne tiene otras causas, la de su profunda afiliación a una Modernidad que no terminó nunca de desarrollarse, por eso son tan actuales. Tristam Shandy y Jacques le Fataliste son fantasmas contemporáneos vestidos con pelucas atiborradas de polvo de arroz, pero contemporáneos a rabiar. Blom no se ha dado cuenta de ese otro radicalismo porque estaba interesado en lo que de mediático hay en reabrir viejos debates que, sabe, no llevan a parte alguna porque ya no estamos en esa confrontación dialéctica, Hegel dixit. Aún y así el libro s elle con apasionamiento. Ya digo, no es Años de vértigo, pero quizá tampoco lo pretendía. Y con ello me voy  a otra fascinación, la de la Belle Époque. Pero esto ya es otra cosa.

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José Hierro

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