Scott y Zelda

Scott y Zelda

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El hilo narrativo del amor

Se acaba de inaugurar el Festival de Cannes y la frialdad con que seaha acogido la película de Baz Luhmann, El Gran Gatsby, protagonizada por Leonardo Di Caprio, Tobey Maguire y Carey Mulligan, llena todos los comentarios ya que el film intentaba ser, a pesar de su condición de remake mil veces revisitado, acordémonos de aquellos actores, Robert Redford, Alan Ladd, que interpretaron al solitario excéntrico en la pantalla, una metáfora sobre los excesos de los tiempos anteriores a la actual crisis económica. Alrededor de este fenómeno, que se quiere enormemente mediático sin terminar de conseguirlo, han aflorado viejas y nuevas ediciones de ese enorme escritor llamado Scott Fitzgerald. Lumen, aprovechando la ocasión, ha vuelto con la muy buena edición de Jackson R. Bryer y Cathy W. Barks, de las cartas de amor que se dirigieron Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald durante años. El título, Querido Scott, querida Zelda, lo dice casi todo.

Jay Gatsby es el mito americano que os habla del fracaso del éxito, del sueño utópico  de la riqueza sin fin, de la juventud eterna … En ese sentido muchos quisieron ver cierta correspondencia entre el destino rutilante y luego moroso y finalmente catastrófico, como todo destino que se busca trágico, de su creador.

He coincidido con escritores que se pirriaban por los gestos elegantes ante el mundo y, por lo tanto, adoraban a Stendhal, bajo, gordinflón y feo, eterno enamorado de aristócratas, también a los viejos seductores románticos, Byron siempre por medio, también Brummel, siempre Baudelaire, pero inevitablemente terminaban en Scott Fitzgerald dando antes un giro por su personaje, Jay Gatsby.  La razón no es sólo la del gesto desdeñoso ante los miedos perezosos de la clase media sino algo consustancial al dandismo: la de la búsqueda y significado de la condición trágica en el mundo moderno, el del mundo burgués.

De ahí que toda interpretación de Jay Gatsby como joven adinerado y solitario termine estrellándose con la insatisfacción del público que no quiere asistir a la caída de un broker de los años veinte vestido con gestos decó, sino su condición épica, trágica.. Pero esa condición termina ofreciendo su última condición d e realización en el amor.

La luz verde, obsesiva en la novela, que es promesa de futuro en Gatsby es, también, aquella que le lleva querer especular con relaciones amorosas donde la realidad se pliegue siempre ante el sueño, ante la tiranía evanescente del deseo. Ahí aquí una épica y un hilo que nos lleva directamente al amor como condición trágica. Scott Fitzgerald y Zelda Sayre, su mujer, así lo quisieron y vivieron un océano de retos absurdos e incertidumbres plenas.

El resultado, por supuesto, es la autodestrucción, pero decir esto es casi no decir nada, porque la cuestión está en el proceso de ese amor, lleno de dolor y penalidades de purgatorio. Estas vivencias agónicas las reflejó Fitzgerald en Suave es la noche, una bella y triste novela, que nos relata la caída tras los retos de la pareja. El incurrir en la esquizofrenia, la frecuencia en la salida del alcohol. ¿Dónde  se halla ya el rayo luminoso en que se le había aparecido envuelta  la top girl Zelda Sayre? ¿Dónde volver a reencontrar ese aura?

El libro de la correspondencia entre ambos es, en el fondo, una callada respuesta a estas preguntas, porque el problema es que si hay una respuesta ésta debe encontrarse cuando Zelda y Scott se encontraban juntos, pero en esas situaciones no sentían la necesidad de escribirse cartas, que son siempre producto de la distancia. En ese sentido este libro posee el aura de Gatsby: es el fracaso de una búsqueda por parte del lector desde el principio mismo.

Eso sí, según uno va leyendo imagina a la chica flapper forrada de ginebra inmiscuyéndose cada vez más en el imaginario deseoso y delirante del chico católico de Minnesota, y no sólo la imagina sino que asiste, gracias a estas misivas, al acercamiento entre el cadete y la última belleza sureña y  a sus bailes de época, y luego, a su matrimonio y a una serie de desventuras locas que no eran desventuras sólo porque estaban basadas en la confianza mutua. Fue el surgir de una sospecha, el que Zelda tuviese una relación con un aviador francés en 1924, el que dio  al traste con esa confianza. A partir d e ahí la lucidez entró en la conciencia de él y como era la locura lo que los unía, el menor atisbo de conciencia fue el veneno que destruyó una relación que quiere ser mito del siglo y colocarse por encima incluso de la obra de sus creadores.

Creo que es aquí donde se ve la condición de falsa leyenda de todo esto. En la correspondencia atisbamos, es más, comprobamos, que el mito no puede sustentarse en personajes que, como Zelda, rozan los límites de la gramaticalidad y escriben siempre en metáfora. Por lo menos no es lo que requiere su condición épica y me temo que como el cine tampoco ha sido capaz de ofrecerlo, desde luego no una colección de cartas que son el salvoconducto a la intimidad pero no al mito, que siempre es público, este libro no es apto para esos consumidores de espejismos que son los mitómanos de hoy.

Eso sí, es materia estupenda para gentes como esos escritores amantes de Stendhal, de Byron, de los gestos baudeleianos y de Jay Gatsby a los que me refería antes: les procura deliciosas demoras en el cotilleo perpetuo que es el adorno literario, tan diabólicamente necesario. Como este libro.

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Rosalía de Castro

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¿Qué hacemos con Rosalía de Castro?

Se celebra estos días los 150 años de la publicación de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro, la obra que, según se admite, abre la etapa del Rexurdimento, el Resurgimiento de la literatura escrita en gallego, el equivalente gallego de la Reinaixença catalana, vale decir, el vehículo hecho ya cultura de una lengua hasta entonces preterida por vincularla a las clases incultas, al campesinado y ser tratada como un vestigio de épocas felizmente pasadas. En 1863, Manuel Murguía, esposo de Rosalía y afamado escritor, entregó el manuscrito a Juan Piñel, el impresor vigués. Tal fue el éxito del libro, que Rosalía fue invitada a participar en los Juegos Florales de Barcelona, que rehusó, por aquel entonces semillero de poetas tardo románticos y de veladas reivindicaciones nacionalistas. De la importancia de la publicación del libro da cuenta el hecho de que poetas portugueses de la talla de Antero de Quental y Teófilo Braga celebraron la aparición del libro, quizá como reivindicación de una lengua tan próxima al lusismo. Del eco que despertó en la Barcelona atenta a las reivindicaciones nacionalistas habla el hecho de que Víctor Balaguer tradujo al catalán, en 1868, dos poemas del libro.

Costumbrismo, ternura lírica, el intimismo tan propio de la época y un patriotismo ligado a la tierra, donde se recogen temas como la emigración, el trato denigrante dado en tierras lejanas a los gallegos, la pobreza del campo, el abandono de éste, hicieron del libro una fascinante amalgama de temas donde reivindicación social e imaginario popular se unían en algo que iba mucho más allá de la reivindicación nacionalista. Es un libro que inaugura en cierta manera el galleguismo, un sentimiento ligado a la tierra no siempre acorde con las reivindicaciones nacionalistas más políticas.

Pero esta temática, tan acorde con el momento tardo romántico en que se produjo, murió de su propio éxito y ya gentes como Luís Cernuda, relegaron a Rosalía, aun sabiendo de su excelencia literaria a la categoría de poeta regional. Esa incomprensión, esos malentendidos, parecen darse aún hoy día, donde tirios y troyanos quieren apropiarse un botín, el del legado de la poeta, que parece rebasarles.

Así, hace pocos días, el mundo cultural gallego se sorprendió ante la publicación de un poema inédito de Rosalía que un estudioso de su obra, Francisco Rodríguez, autor de Rosalía de Castro, extranjera en su patria, ha recuperado gracias a una pista que le llevó a las páginas del diario madrileño La Soberanía Nacional, donde el 4 de junio de 1866, Rosalía publicó este poema en honor del político progresista Salustiano de Olózaga, hacedor de la Constitución liberal de 1837, derogando el Estatuto real de 1834:

 

Señor, no me conocéis

    Mas porque yo os conocí,

    Aunque quien soy no sabéis,

    Sabed que sois para mí

    Recuerdo de sagradas armonías,

    Dulces esperanzas de mejores días

 

Escrito que vienen  a demostrar, una vez más, la ligazón que la poeta tuvo siempre con las ideas progresistas de la época, en claro contraste con la manipulación que la derecha tradicional hizo de los poemas de esta escritora arrumbándolos a un costumbrismo indolente y al tópico del gallego llorón pero ligado a la tierra por sentimientos conservadores al modo de la Vandée francesa.

En los recientes homenajes que se ha hecho a la escritora, ha vuelto a surgir la polémica, ahora en torno a otros aspectos de Rosalía que, en el fondo, son los mismos de siempre: la manipulación que unos y otros quieren hacer de una escritora cuyo pensamiento y sensibilidad son mucho más complejos que los reduccionismos al uso. La Xunta había invitado a Marta Rivera de la Cruz, escritora gallega que escribe en castellano y que se ha mostrado siempre muy crítica respecto a la inmersión lingüística gallega, que todo hay que decirlo es pecata minuta comparada con la catalana. Colectivos como la Mesa por la Normalización Lingüística llegaron a afirmar que la Xunta aprobó la intervención de Marta Rivera, no por su calidad literaria, sino por su posición frente a la normalización lingüística. Ana Pontón, diputada gallega y portavoz en el Parlamento de Galicia del BNG, ha acusado a Marta Rivera, incluso, de “beligerante contra el idioma gallego”.

Ni que decir tiene que la aludida lo tuvo fácil pues en su defensa ante estos ataques aludió a que Rosalía terminó escribiendo en castellano por gente como las que le han atacado. A estas alturas, aunque los ánimos se han calmado, tirios y troyanos siguen disputándose actitudes particulares de la escritora porque en realidad no saben muy bien que hacer con ella. La Xunta, mientras, como es su obligación, la editado una bonita publicación de la obra celebrada.

Por cuestiones personales he estado muy vinculado a Galicia durante más de un cuarto de siglo y sé que las actitudes nacionalistas más rabiosas no pasan allí del ámbito de la discusión, lo que no deja de ser una bendición. Pero lo cierto es que el nacionalismo  a ultranza no sabe nunca que hacer con sus mejores escritores: llegué a ver un programa de teatro para jubilados en Santiago donde junto a la obra Os vellos non deben de namorarse, de Castelao, se decía que se representaría al día siguiente Divinas palabras, de Ramón del Valle Inclán, ¡en gallego! Sorpresa similar a la que tuve cuando vi en Barcelona una edición catalana de El Quijote.

Ante el ridículo continuo de este tipo de posiciones de un provincianismo ni tan siquiera chato, propongo la solución que los irlandeses dieron al problema James Joyce, que se les atragantaba de continuo  a los nacionalistas más extremos del Sinn Fein: lo elevaron  a categoría casi semidivina… y ahora son legión los que cada 16 de junio van a celebrar a Dublín el Bloomsday.

 

 

 

 

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Konstantinos Kavafis

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Kavafis, el poeta que vino al mundo para leerlo

Se celebran estos días dos aniversarios referidos al mismo autor: el día 29 de abril de 1863 nací en Alejandría Konstantinos Petrou Kavafis; el día 29 de abril de 1933, moría en Alejandría Konstantinos Petrou Kavafis convertido ya por obra de su amigo E.M. Forster en una leyenda de la poesía griega del siglo XX. La fecha, de matiz casi órfico para sus muchos seguidores, no debería esconder, en sus fastos, la importancia real de su legado, una importancia decisiva para el desarrollo de la poesía griega, que se incorporó con su figura al mundo moderno, e, incluso, en un país como España, con seguidores tan tempranos como el poeta gaditano Irnerio Martín que vivió en Alejandría con Kavafis durante tres años.

Historia temprana de una acogida curiosa por parte de los escritores de un país, España, que siempre se sintió bajo su férula, igual que le ocurrió con Rilke. Así, este Irnerio Martín, poeta de Cádiz, hijo de una acaudalada familia de la zona, su madre era una poeta amiga de Fernán Caballero, poeta romántico, influído por la estela de Espronceda, que va a viajar por medio mundo y que en una conferencia de prensa en Liverpool, conoce a Konstantinos Kavafis, y que  a raíz de ese encuentro le acompañará a Alejandría donde por espacio de tres años se dedicará a la droga y a la vida nocturna, dejando completamente de escribir, y siendo rechazado por su burguesa familia hasta que, de vuelta a Cádiz, casi a la edad de cuarenta años, no hará otra cosa hasta su muerte, que frecuentar los fumaderos de opio y ver amanecer entre brumas. Murió acuchillado en una trifulca y bien puede afirmarse que la temprana influencia de Kavafis en España comenzó por su lado menos luminoso y prácticamente quedó reducido  a una persona que, a su vez, era casi un completo desconocido.

Luego, esto es ya bien sabido, la influencia en Luís Cernuda, fundamental no tanto por influencia directa sino por una cuestión que tenía más que ver con las afinidades electivas, y que de seguro le llegaría al poeta español a través de los lectores británicos de Kavafis, poeta que tuvo una acogida muy amplia en los círculos poéticos ingleses a raíz de la intensa publicidad que le hizo E.M. Forster, uno de los mandarines más acendrados del llamado Grupo de Bloomsbury.

También en Jaime Gil de Biedma, claro, donde esa influencia, de nuevo, como en Cernuda, tiene que ver mucho en la afinidad con el modo de percibir de la poesía de tradición anglosajona, pero es con los llamados poetas Novísimos, con José María Álvarez a la cabeza, donde hay que mostrar el punto álgido de esa influencia cavafiana en España. Ese legado de José María Álvarez lo recogió posteriormente, otro poeta, Luís Antonio de Villena, que estudió a Kavafis y llegó a escribir un libro, Carne y tiempo. Lecturas e inquisiciones sobre Constantino Kavafis, amén de una somera biografía del poeta alejandrino.

Rainer María Rilke, Konstantinos Kavafis… su influjo en España se correspondió con una enorme profusión de traducciones, casi todas afortunadas. De Rilke, del que no hay motivo aquí para referirnos a su legado, cabría decir que este fue motivo de un grueso volumen de Jaime Ferreiro Alemparte, España en Rilke, donde está dicho casi todo sobre las relaciones del poeta con nuestro país. Kavafis, sin embargo, conoce un boom debido a esa influencia de los Novísimos, que hace de él uno de los poetas extranjeros más y mejor traducidos al español, hasta el punto de constituir casi una prueba de fuego para el establecimiento de cierta excelencia entre los traductores españoles al griego… sí, están las versiones homéricas, pero las de Kavafis no las desmerecen respecto a la leyenda que se otorga a sus traductores.

Confieso cierta debilidad por la que manejo con más frecuencia, que es la traducción de Alfonso Silván de la Obra Poética Completa, que en edición bilingüe publicó Ediciones La Palma. No digo que sea la mejor pero es la que más se acomoda  a mi modo de leer al poeta: el original griego, a la izquierda, la versión española a la derecha, y con espacio suficiente para no ahogar la tipografía, hace de esta edición un hito de las versiones al español.

Pero hay otras, muchas, ya dijimos, la mayoría excelentes. La más alejada en el tiempo, la edición que publicó Hiperión, Poesías Completas, en traducción del inglés de José María Álvarez, de quién bien se puede decir fue el más decidido introductor de Kavafis entre nosotros; desde luego, la de Alianza, la más concurrida, Poesía Completa, de Pedro Bádenas;  la versión de Ramón Irigoyen, excelente traductor, en Poemas, que publicó Seix Barral; la traducción conjunta de Anna Pothitou y Rafael Herrera, en Visor; la titulada Kavafis íntegro, en traducción de Miguel Castillo Didier para la editorial de la Universidad de Chile…

Sería inevitable aunque falso otorgar cierta correspondencia entre ciertos escritores homosexuales y Kavafis. Es cierto que E.M. Forster lo introdujo en Europa y le puso de moda en los ambientes intelectuales homosexuales en Gran Bretaña, discretos pero muy influyentes; es cierto en Luís Cernuda, en Jaime Gil de Biedma, incluso en Luís Antonio de Villena, pero ese influjo tuvo que ver muy poco con la creación de un símbolo gay, y sí con otras afinidades de índole más evidentes, como la marcada sensibilidad hacia ciertas formas de enfrentar el mundo.

No de otra manera cabe entender al personaje de Pursewarden en El Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, trasunto de un Kavafis pasado por el modernismo británico, o la traslación moral que realiza J.M. Coetzee de un poema de Kavafis muy famoso en su novela Esperando a los bárbaros. Bien valen como muestra de un influjo que se abre en múltiples caminos y que es un buen colofón para dar cuenta de los fastos de un aniversario convertido por la suerte órfica en dos y que están celebrando los poetas de medio mundo.

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Reseña de Arturo García Ramos en ABC CUltural de mi novela Vida fingida

vida fingida reseña de arturo garcía ramos

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